Rara vez se ensanchan los límites de lo posible sin una referencia previa que señale el camino. Quienes abren una senda inédita suelen avanzar a tientas, asumiendo en soledad la incertidumbre de inaugurar un terreno sin mapas previos. Para las generaciones que vienen detrás, ese horizonte se transforma en una meta alcanzable gracias a la…
Rara vez se ensanchan los límites de lo posible sin una referencia previa que señale el camino. Quienes abren una senda inédita suelen avanzar a tientas, asumiendo en soledad la incertidumbre de inaugurar un terreno sin mapas previos. Para las generaciones que vienen detrás, ese horizonte se transforma en una meta alcanzable gracias a la presencia de un espejo.
Durante décadas, la gimnasia artística de élite pareció un territorio reservado a potencias históricas. Esa barrera mental empezó a fracturarse en Cúcuta gracias a la visión de Jairo Ruiz Casas y a la irrupción de Jossimar Calvo, cuyos podios internacionales demostraron que el escenario mundial no era inalcanzable.
Tener un referente cercano cambia la relación con la meta. Ángel Barajas creció en el mismo coliseo viendo entrenar a Jossimar, compartiendo la repetición cotidiana y el manejo del error. En ese relevo generacional, donde el testimonio pasa de mano en mano en el mismo gimnasio, las fronteras se ensancharon hasta materializarse en el reciente Mundial de Róterdam: Barajas alcanzó un histórico 5.° lugar en el All-Around individual, disputando el podio frente a gimnastas de China, Japón y Ucrania.
Ese hito cobró mayor fuerza en conjunto. La gimnasia encierra una paradoja que en comunicación y cultura de equipo resulta fascinante: es rigurosamente individual en la soledad frente al aparato, pero se transforma en una obra colectiva cuando la suma de cada rutina teje la puntuación de un país.
En nuestras organizaciones ocurre exactamente lo mismo. Convivimos a menudo con roles ultraespecializados donde cada quien ejecuta su tarea en aparente aislamiento técnico. Sin embargo, el impacto real emerge cuando esas individualidades no compiten por protagonismo; más bien, se sincronizan con confianza al servicio de un propósito compartido. El talento individual solo cobra sentido cuando fortalece el resultado común.
Así se explica el inédito 8.° puesto de Colombia en la final por equipos en Róterdam, compartiendo escenario con potencias como Japón, China y Estados Unidos. Un logro sostenido por Ángel Barajas, Camilo Vera, Yan Dairon Zabala, Thomás Mejía y Jorman Álvarez, dirigidos por Jairo Ruiz.
El caso de Norte de Santander es un enclave merecedor de estudio en un país al que, a partir del trabajo de las entidades rectoras, le cuesta construir procesos deportivos a largo plazo. Así como Colombia descubrió la velocidad del atletismo en Turbo y el Urabá, la resistencia del ciclismo en las alturas de Boyacá, o la fortaleza del boxeo en el Caribe, en Cúcuta se forjó una escuela de gimnasia basada en el rigor diario y la cercanía comunitaria. Cuando una generación corre la frontera y entrega el testimonio, el punto de llegada de unos se convierte en el punto de partida natural de los que vienen detrás.
📸 Unión Panamericana de Gimnasia.
Pablo de Narváez
Bogotano, modelo 84. Comunicador social y periodista deportivo formado en la Universidad de Palermo, en Buenos Aires. Con más de 15 años de trayectoria, ha construido una mirada que busca ir más allá del resultado y la estadística. Le interesan las historias que aparecen alrededor del juego: los símbolos, las identidades, los rituales y las tensiones que hacen del deporte una forma de entender la cultura y la sociedad.
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