Al provocador se le debe responder con una provocación, pero inteligente: hagamos que cada cuadro o pieza censurada en la Republiquita de Abelardo, recorra el país en un viaje itinerante por la historia, el dolor y la memoria.
Al provocador se le debe responder con una provocación, pero inteligente: hagamos que cada cuadro o pieza censurada en la Republiquita de Abelardo, recorra el país en un viaje itinerante por la historia, el dolor y la memoria.

Fotografía tomada de la cuenta de María Paz Gaviria Muñoz en redes sociales.
“El presidente Abelardo de la Espriella y dos de sus ministros (…) están cometiendo un acto de deshonestidad intelectual con el país”: Editorial de El Espectador.
Desperté preguntándome si existe un remedio para la ignorancia. Espero haberlo encontrado al terminar de escribir esta columna.
La mezquindad es el camino más expedito para hacerse coger rabia, en tanto que la sola mención del verbo eliminar produce escalofríos en un país acostumbrado a quitar de en medio a aquellos que sienten distinto o aquello que estorba.
Colombia parece haber caído en manos de provocadores. No es solo un estilo de gobierno; es una dinámica psicológica, ¿acaso patológica? Da la impresión de que nos gobierna alguien movido por un profundo complejo de inferioridad o por traumas no resueltos. El presidente Abelardo de la Espriella pareciera disfrutar genuinamente de humillar a los demás, ejerciendo el poder como un instrumento de dominación mezquina.
Los ejemplos abundan. En su reciente visita a San Andrés, el mandatario sometió a un descortés matoneo a la gobernadora de la isla, expuesta a la burla pública, sin darle tiempo para hablar.
Días después, el turno fue para Rodrigo Lara Restrepo, a quien fulminó como ministro del Interior mediante un destemplado mensaje en la red social X. Ambos actos dicen mucho más —y mucho peor— del propio presidente que de los funcionarios agraviados. (El episodio me hizo recordar el caso de una compañera de trabajo, notificada del despido por el celador, fuera del edificio: “Señorita, usted no puede ingresar. De la oficina de Personal le dejaron esta carta”, contó ella en la calle a quienes quisimos escuchar su doloroso relato).
A nadie le escrituran el puesto, pero hay formas consideradas de hacérselo saber.

Del caricaturista @majanmz
Vino luego el nombramiento de Alejandro Ordóñez, un septuagenario extraviado en los dogmas del Medioevo, recordado como un provocador profesional, auto incriminado como torturador de libros, porque quemarlos, como ordenaba la Inquisición, debería considerarse un crimen y de los más aberrantes. Ya veremos hasta dónde llega esta vez el inquisidor Ordoñez como ministro de Gobierno.
A esto se sumó el doloroso episodio en el Museo Nacional, un recinto sagrado que terminó custodiado por una tanqueta y con varias de sus piezas descolgadas a la fuerza. ¿Qué sigue mañana: militares dentro de las salas de redacción de los periódicos con tijera en mano?
En el fondo el problema no es que quieran eliminar cuadros o piezas museísticas. Lo grave es que hayan eliminado personas en el pasado y ahora se les quiera borrar de la memoria colectiva como si tales hechos no hubieran ocurrido. O como si la historia fuera una barra de ensalada, de donde cada quien sirve lo que le apetece, y lo demás se tira a la basura.
Digno de aplauso y análisis el editorial de El Espectador:

Esta afrenta debe entenderse como lo que es: una provocación directa a las élites bogotanas que han contribuido a enaltecer el arte sin que jamás alguien haya insinuado que un cuadro o una pieza histórica sean armas de adoctrinamiento. Si tal cosa fuera cierta -si los museos y las bibliotecas fueran lugares hechos para adoctrinar, quizás el mundo sería un lugar felizmente progresista, civilizado —y no hablo necesariamente desde lo político—.
Lo que se exige hoy es, también, respeto por el dolor ajeno; esto es, respeto por los muertos que escribieron la historia con su sangre. El país no puede permitir, como ya permitió en el pasado, que se use la censura como forma de dominación política.
La historia está llena de personajes detestables que han utilizado la provocación para marcar territorio, tal como hacen los perros con su orín. Desde las agresiones de Benito Mussolini hasta las mofas despectivas de Donald Trump o las afrentas de Nicolás Maduro, los líderes débiles suelen acudir al atropello para disimular su inseguridad o sembrar miedo. O ambas cosas a la vez.
Hace un tiempo sugerí en este blog que los días de Rodrigo Lara estaban contados por su tono arrogante frente a la oposición, cuando ni siquiera se había posesionado. Lo que no preví era que su mayor enemigo estaba dentro de Palacio. Como aprendiz de brujo, vaticino que otros altos funcionarios saldrán también humillados y condenados al ostracismo. El siguiente en la lista podría ser el ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, nieto de Laureano Gómez. Lo pienso después de leer este titular: “Sale el equipo legislativo de Hacienda tras un error en el trámite del Presupuesto”. Queda notificado en todo caso.
Menos mal, la prensa empieza a despertar y ya hay quienes califican a esta administración de “sádica”. Escribe Juan Pablo Calvás de forma valiente en El País de España: “La APA incluyó en sus rasgos del sádico otros puntos que curiosamente parecieran describir al Gobierno de Abelardo y sus amigos. El sádico muestra fascinación por la violencia y por las armas. El sádico restringe la autonomía de las personas cercanas (como está pasando con los ministros con cartera, pero sin voz). El sádico compensa su inseguridad e impotencia con comportamientos destructivos hacia otros que le hacen sentir omnipotente”.
Lo que el oficialismo llama “batalla cultural” no es otra cosa que pisotear al contradictor ideológico en un juego peligroso que está alimentando -¡otra vez!- la hoguera del resentimiento en una nación que lleva décadas apostando su suerte al verbo eliminar, como ya dije. Ojalá y no sea esto el principio de lo que el presidente llamó “destripar a la izquierda”, cuando era candidato.
En el reino de la provocación hay que defenderse con inteligencia y, hasta donde sea posible, dejando en evidencia la ignorancia ajena. No hay otro camino. Por eso, el señor presidente y sus súbditos están cordialmente invitados a cruzar las puertas de un museo o una biblioteca. Porque hay vida más allá de la buena vida.
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