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03
05
2013
Camilo Hoyos Gómez

Tannhaüser en Bogotá (y de cómo Baudelaire lo defendió en París)

Por: Camilo Hoyos Gómez

 

El próximo 22 de mayo se cumple el bicentenario del nacimiento del compositor alemán Richard Wagner. Hoy en Bogotá la Orquesta Sinfónica de Montreal, bajo la dirección de Kent Nagato, interpretará una de sus más célebres piezas: la obertura de la espléndida ópera Tannhaüser.

Si bien la obertura de la ópera wagneriana Tannhaüser ya forma parte del canon musical de occidente, el contenido dramático que elabora no ha dejado de lado su capacidad sugerente y poética. La historia va más o menos así: por allá en el siglo XIII el caballero Tannhaüser despierta luego de un largo sueño en el Venusberg, es decir, en la Montaña de Venus, donde dicta la leyenda que la diosa del amor se escondió tras la llegada del cristianismo a tierras germanas. Desconocemos cuánto tiempo lleva Tannhaüser habitando la montaña, pero sabemos de sobra que se encuentra refugiado en el templo de lo profano, dedicándose a los placeres de la carne en constante amorío con la diosa del amor sensual. Luego del despertar que bien ilustra la obertura wagneriana, Tannhaüser comienza a añorar los campos y los valles, y se lo hace saber a la diosa en su canto, cerrando cada una de sus estrofas con el estribillo “¡Oh reina, Diosa, déjame partir!” Venus no tarda en comprender el rechazo al cual está siendo sometida: por encima de ella se encuentra Elisabeth, amor virtuoso y terrenal, que se encuentra en el castillo de Wartburg. Venus, como amante malherida, lo invita una y otra vez a disfrutar de “la fuente de gozo” del Venusberg. Tannhaüser la rechaza: pareciera que se invierten los papeles entre la diosa y el humano, puesto que luego de la partida del caballero, la diosa emite un juicio que creíamos únicamente existente en boca de un mortal: “No sentiré el placer de perdonar a mi ser amado.” Termina el primer acto con Tannhaüser llegando al castillo entre algunos peregrinos que regresan de Roma. El hijo pródigo ha vuelto: por encima de lo profano se encumbró la virtud cristiana.

Si no hubiera sido por el estrepitoso fracaso de Tannhaüser en París, hacia 1861, nunca hubiéramos comprendido de primera mano lo que la música wagneriana y esta obra en particular representó para el poeta francés Charles Baudelaire. Gran crítico de arte, y aún más literario, nunca desarrolló plenamente la crítica musical, razón por la cual la acérrima y valiente defensa que elabora tanto de Wagner como de su obra meses después del fracaso resulta excepcional. Esto se debió a que el público francés no fue complaciente ni tolerante con Wagner, y eso que el compositor se vio obligado a modificar algunas partes y elaborar otras nuevas. Pero todo fue en vano: la obra no tuvo más de tres presentaciones en París y fue sacada de cartelera debido a los constantes chiflidos y vituperios.

Baudelaire, por su parte, venía de unos años bastante complicados. La segunda edición de Las flores del mal acababa de salir de imprenta, pero cuatro años antes Ernest Pinard (es decir, la repúblique française) la había acusado de inmoral y había obligado al poeta a eliminar seis poemas y asumir los gastos del juicio. Pinard fue el mismo que, meses antes de acusar a Baudelaire, ya había acusado a Flaubert y su Madame Bovary, resultando en una especie de Edward Carson francés avant la lettre. Baudelaire, por haber cantado en “El viaje”, uno de sus poemas más representativos, los versos

sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?

¡Hasta el fondo de lo Desconocido para encontrar lo nuevo!

no le costó mucho reconocer la naturaleza de Tannhaüser y, por ende de Wagner: los dos tenían ese carácter artístico que él había adquirido, y que en tierras francesas había sido comprendido como maldito.

Baudelaire, en su artículo “Richard Wagner y el Tannhaüser en París” publicado en La revuée européene en 1861, desglosa la musicalidad de Wagner a partir de su propia noción de correspondencias, siempre teniendo en mente lo que ya Liszt había escrito sobre el alemán. Pero cuando se trató de realizar un análisis intimista (es decir: de verse él mismo correspondido en la música de Wagner), llevó a cabo un juicio de difícil fecha de expiración: “Tannhaüser representa la lucha de los dos principios que ha escogido el corazón humano como principal campo de batalla: la carne contra el espíritu, el infierno contra el cielo, Satán contra Dios. Y esta dualidad está representada en la obertura, con una incomparable habilidad.” Y esto es precisamente lo que vemos musicalmente en el momento en que Tannhaüser no ha abandonado el Venusberg: lo voluptuoso, lo erótico y lo sensual se mueven en un carrusel perpetuo. No está simplemente amando, sino que está amando a la diosa del amor profano. Luego del gozo de la carne, Tannhaüser se encamina hacia el gozo de la virtud: Elisabeth representada en la Virgen.

Al llegar al castillo se lleva a cabo el concurso de canto, y es allí cuando Tannhaüser, frente a todos los invitados del landgrave Hermann (dueño y señor del castillo), canta acerca de su estancia en el Venusberg, y lo hace a sabiendas de que nadie podría hablar mejor que él del amor (en su caso, profano). La expulsión es inmediata; Elisabeth, con piedad cristiana, pide clemencia para que el caballero pueda purgar sus pecados en vida. Tannhaüser caminará hasta Roma junto con otros peregrinos para pedir perdón directamente al Papa: en vano. Únicamente la muerte de Elisabeth le devolverá la pureza, al finalizar la obra, luego de haber intentado regresar al seno de Venus; también en vano.

Baudelaire exaltó las obras de Wagner sobre todas las cosas por su carácter sugerente. ¿Existe vida sensual después de haber habitado el Venusberg? ¿Cómo pueden perfilarse los humanos ante los ojos de aquél que ya ha visto el placer en estado puro, lo ha saboreado, ha arrastrado sus manos por el cuerpo divino, ha simpatizado para siempre con el placer pagano? Venus desciende de su pedestal para otorgarle al humano cada uno de sus secretos voluptuosos: para invertir su condición, y suplicarle a su amante que jamás marche. Tannhaüser es el epítome del artista, y en ello reside precisamente su tragedia.

Esperamos que Kent Nagato logre capturarnos de esta manera esta noche en el Teatro Mayor Santo Domingo. Un trozo de Wagner esta noche sonará en Bogotá.

 

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