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Palma de aceite: el monocultivo que puso en jaque la biodiversidad del Pacífico colombiano

  • La apuesta por la palma de aceite le quitó terreno a cultivos nativos. Una grave enfermedad atacó también al tradicional chontaduro. Los químicos usados habrían afectado a los polinizadores de plátano, banano y otras plantas.

(Mongabay Latam / María Fernanda Lizcano) 

El tapete verde de palmas africanas alineadas una tras otra, como si estuvieran en una formación militar, ya no es tan grande como antes en el municipio de Tumaco, en Nariño, uno de los departamentos de Colombia que limita con Ecuador. Este cultivo, que prometió ser el más rentable en esta zona del país, llegó a ocupar más de 36 000 hectáreas del territorio hace más de 12 años, un tamaño incluso más grande que Malta, ese país europeo incrustado en el centro del Mediterráneo. Ahora esa cifra alcanza las 20 000 hectáreas. Y aunque intenta volver a ser lo que era, no la tendrá fácil: campesinos de Tumaco están convencidos que “de eso tan bueno no dan tanto”. La historia se los dejó claro.

Palmeros con capitales de dudosa procedencia devastaron la biodiversidad de una rica zona del departamento de Chocó y causaron desplazamiento. Foto: Palmasur
Palmeros con capitales de dudosa procedencia devastaron la biodiversidad de una rica zona del departamento de Chocó y causaron desplazamiento. Foto: Palmasur

Desde que la palma africana (Elaeis guineensis) llegó ofreciendo nuevas opciones de vida a las comunidades, cultivos tradicionales de la región, como el chontaduro y el cacao, empezaron a ocupar un segundo lugar, sobre todo desde finales de los años 90 e inicios de la década del 2000. Y no era para menos. La bonanza financiera que prometía esa planta extranjera era la única que se acercaba a los rendimientos económicos de los cultivos ilícitos. Era un negocio que no se podía dejar pasar.

“Antes, con una o dos hectáreas de cacao, mensualmente una familia podía obtener entre 400 000 y 500 000 pesos (entre 130 y 160 dólares). Mientras que con una sola hectárea de palma de aceite le quedaban 800 000 pesos (260 dólares)”, cuenta César Quiñones, miembro del consejo comunitario Alto Mira y Frontera, que administra el territorio cercano a la parte alta del Río Mira, el afluente que nace en Ecuador y pasa por Colombia. El ‘boom’ fue tan grande que cientos de tumaqueños hicieron a un lado sus cultivos de pancoger, como el chontaduro y el plátano, para no desaprovechar la tierra y sembrar la palma. “Durante un tiempo la gente salía a comprar plátano, cuando el territorio es apto para sembrarlo”, añade.

Y es que no solo los costos de producción de este negocio eran más bajos ─comparado, por ejemplo, con el cacao─ sino que también brindaba cierta estabilidad a los pequeños productores, pues estaban las plantas extractoras que les garantizaban la venta del producto. Con esas promesas, el cultivo terminó de extenderse por el territorio que está sobre la vía Panamericana ─que conduce de Tumaco a Pasto (capital del departamento de Nariño)─ y alrededor de los ríos Mira, Rosario y Caunapí.

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SE ACABÓ LA BONANZA

Todo parecía perfecto hasta que, entre 2006 y 2007, la enfermedad Pudrición del Cogollo (PC), la más devastadora en toda América Latina, afectó las 36 934 hectáreas que estaban sembradas en ese momento. “Se murieron cerca de 35 000 hectáreas”, confirmó Jens Mesa Dishington, presidente ejecutivo de Fedepalma, a Mongabay Latam. La crisis resultó tan fuerte que las más de 12 empresas palmeras que están en este municipio, como Palmas de Tumaco, Palmeiras, Salamanca y Astorga, aún no se reponen del todo. Y ni qué decir de los pequeños productores. De las 1200 hectáreas de palma que tenían sembradas en la zona del Alto Mira y Frontera, solo se han reactivado actualmente unas 300.

Pero no es el único padecimiento que ha vivido la zona. El Anillo Rojo, que es diseminado por un insecto conocido como picudo (Rhynchophorus palmarum), también ataca a la planta de aceite y a otros cultivos como el chontaduro. “En condiciones naturales es muy fácil que la palma controle ese proceso, pero cuando están en un área reducida ─pues una hectárea puede tener 1000 palmas de una misma especie─, es más probable que se propague. Muchas de las especies nativas empezaron a manifestar la enfermedad con más frecuencia”, explica Giovanny Ramírez, subdirector del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP).

Y es que todo monocultivo es un detonante para las plagas, sobre todo en una región tan biodiversa como el Pacífico. Es así como esos bichos que afectan, en este caso, a la palma de aceite, también terminan perjudicando a otros cultivos. William Tolosa Montaño, ingeniero agrónomo y profesional de Investigación de Agrosavia, la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria, antes conocida como Corpoica, cuenta que desde hace dos años descubrieron que el insecto Dynamis borassi, parecido a un cucarrón, que se sabía que afectaba a la palma aceitera, ahora también ataca al chontaduro. “Cuando te extiendes en un área muy grande y no diversificas, estás más expuesto a que te lleguen las enfermedades”, añade.

La palma africana (Elaeis guineensis) llegó ofreciendo nuevas opciones de vida a las comunidades a finales de la década de 1990. Cultivos tradicionales de la región, como el chontaduro y el cacao, empezaron a ocupar un segundo lugar. Foto: Palmasur
La palma africana (Elaeis guineensis) llegó ofreciendo nuevas opciones de vida a las comunidades a finales de la década de 1990. Cultivos tradicionales de la región, como el chontaduro y el cacao, empezaron a ocupar un segundo lugar. Foto: Palmasur

Aunque todos estos insectos tenían reportes desde hace más de 30 años, se han fortalecido desde hace poco. Hay quienes no dudan en responsabilizar de esa situación al monocultivo de la palma africana. Es el caso de Dalila España Solís, especialista en proyectos productivos y miembro del Consejo Comunitario Acapa, quien cree que el Rhynchophorus palmarum acabó con el chontaduro de la región. “Ese picudo busca llegar al palmito, el corazón de la palma, y cuando se lo come, la acaba completamente”, explica y, al mismo tiempo, resalta que estos insectos se están propagando porque se ha acabado con sus hábitats, como los bosques de la palma naidí, que crecen en zonas húmedas inundables.

Para ella, la clave está en sembrar diversidad y tener modelos agroforestales que permitan hacer control biológico. Cree que el monocultivo es enemigo del medioambiente y no es sostenible en el tiempo. “Todo esto sin contar que la palma africana es exigente en fertilizantes y ocasiona otro tipo de daños”, explica.

Palmasur en Tumaco cree que la palma en la región no fue dañina como en otras zonas colombianas. Foto: Palmasur
Palmasur en Tumaco cree que la palma en la región no fue dañina como en otras zonas colombianas. Foto: Palmasur

Este último punto también lo comparte Giovanny del IIAP, sobre todo después de estudiar el daño que ocasionó la palma de aceite en las comunidades de Curvaradó y Jiguamiandó, en el departamento de Chocó, en donde los habitantes fueron desplazados por grupos paramilitares y empresas (no vinculadas al gremio de palmeros colombianos, Fedepalma) que llegaron a sembrar el cultivo y que, ahora, están en procesos de restitución de tierras ─un programa estatal que pretende devolverle sus tierras a las víctimas del conflicto armado en Colombia─. Al investigar ese caso, Giovanny comprobó que los químicos que usaban para manejar el cultivo mataron muchos de los polinizadores de otras plantaciones, como abejas y escarabajos, que garantizaban el funcionamiento de los cultivos de plátano, banano y chontaduro.

Celso Tenorio, presidente de la junta directiva de Palmasur, la organización que reúne a los pequeños productores de palma de aceite de Tumaco, no cree que su plantación afecte tanto al medioambiente como dicen algunos. “Nosotros le hacemos un tratamiento a la palma con fertilizantes para no deteriorarla y que no cause daño. Hay otros cultivos que son más contaminantes, como los de uso ilícito”, dice, y deja claro que la llegada de esta planta en Tumaco “mejoró los ingresos de las personas” y “no desplazó” poblaciones, como ocurrió en otros lugares de Colombia.

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UNA PALMA BAÑADA EN DOLOR

Mientras en Tumaco la bonanza de la palma aceitera llegó a ser una esperanza para muchos; en Chocó llegó con desplazamiento y muerte. Allá, a finales de los 90, el grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) se encargó de despojar las tierras de los habitantes de las cuencas de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó, mientras varias empresas palmeras, como Urapalma S.A., se beneficiaban de la violencia para apropiarse de los territorios de las comunidades afrodescendientes e implantar su modelo productivo.

Jens Mesa Dishington, director de la agremiación que reúne a los palmicultores, Fedepalma, asegura que este caso fue ajeno al sector y que siempre estuvieron al margen. “En Fedepalma nos sorprendimos tanto como muchos colombianos de esos desarrollos en este departamento.  En su momento, cuando tratamos de averiguar, pudimos establecer que estos cultivos se estaban adelantando por personas y capitales muy poco claros”, aclara.

Los nexos del paramilitarismo con los empresarios fueron comprobados por las autoridades y poco a poco han ido capturando a los responsables de este atroz episodio, que se terminó convirtiendo en uno de los emblemas del desplazamiento forzado en el país. Tan solo el año pasado, el Tribunal Superior de Medellín condenó a 10 años de prisión al socio de Urapalma, Antonio Nel Zuñiga, por sus vínculos con las AUC. Ahora, esas más de 100 000 hectáreas del Bajo Atrato chocoano deben regresarse a las comunidades negras y se encuentran en procesos de restitución de tierras.

Palma lista para sembrar. Foto: Palmasur
Palma lista para sembrar. Foto: Palmasur

Por más que pase el tiempo y las comunidades chocoanas intenten olvidar esa época lúgubre, el daño ambiental que ocasionó la palma les recuerda nuevamente toda la película. Esa plantación llegó a una tierra en la que no tenía cabida: un lugar de ciénagas y ríos que tuvieron que intervenir y que desencadenó un secamiento de los ecosistemas, que pertenecen a bosques cenagosos e inundables.

“La palma necesita suelos bien drenados, y los del Bajo Atrato son demasiado saturados de agua. Tuvieron que bajar 6, 7, hasta 12 metros para hacer drenajes”, explica Giovanny Ramírez, a la vez que resalta que las empresas que se apropiaron de las tierras de Jiguamiandó y Curvaradó también “taponaron” caños y modificaron la dinámica hídrica de muchos cuerpos de agua. Fue así como muchas ciénagas se secaron; especies endémicas de fauna desaparecieron; y los químicos que usaban para tener la planta libre de hongos y enfermedades terminaron en los ríos, matando a los polinizadores de otros cultivos de pancoger.

Los bosques, como era de esperarse, se destruyeron. Eran tan grandes las extensiones de palma, que las empresas trazaron carreteras ilegales para movilizar los elementos de trabajo y poder comunicarse entre fincas. Un daño irreparable.

Como si todo esto fuera poco, Giovanny resalta que las enfermedades que afectan a la planta africana, también perjudicaron ─y casi acabaron─  con varios grupos de palma que se encuentran especialmente en la Costa Pacífica, como los ‘naidizales’, que son asociaciones casi puras de la palma naidí (Euterpe oleracea), y los ‘panganales’, conformados por la palma pangana (Raphia taedigera). El primer ecosistema prestaba muchos servicios ambientales para la fauna nativa, como dantas (Tapirus) y chigüiros (Hydrochoerus hydrochaeris); y el segundo era casi el principal hábitat de los monos aulladores (Alouatta seniculus) y otros mamíferos.

El experto explica también que el monocultivo hizo que, al igual que en Nariño, se aumentaran las poblaciones del picudo, el enemigo número uno de los cultivos de chontaduro. Esta fruta nativa “era muy importante en la agricultura de las comunidades étnicas, y para el caso de Chocó todas desaparecieron”, dice. Pero no fue lo más grave. El funcionario del IIAP explica que, un alto porcentaje de las comunidades que vivían del chontaduro, al no saber de qué iban a subsistir, se pasaron a la minería.

“En el caso de Chocó hay una relación directa entre la palma de aceite y la pérdida del chontaduro. Además de que se transformó el uso del suelo de la agricultura a la minería. El impacto ambiental es muy alto. La gran minería de Chocó, que se fortaleció desde 2006, se hace en el Alto San Juan, que era un territorio altamente productivo en chontaduro”, dice. Su afirmación la confirma Luis Gindrama, el consejero de la comunidad indígena Emberá de este departamento, quien agrega que apenas la palma se terminó, los grupos al margen de la ley que operan en la zona fueron los principales encargados de incentivar la minería ilegal.

Una versión ampliada de este reportaje fue publicada en Mongabay Latam. Puedes leerla aquí.

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