BLOGS Cultura

20
07
2016
Daniel Ferreira

Médicos invisibles

Por: Daniel Ferreira

Curaciones
jose gregorio hernandez oracion para salud y favores 3
Fui con mi madre a ver los médicos invisibles. Tenía un problema en la matriz y los médicos invisibles operaban a bajo costo en un hotel de media estrella los primeros sábados del mes. En el patio de la vieja casona donde estaba el hotel se daban cita campesinos y mujeres del pueblo. La mayoría era gente de avanzada edad categorizada como “enfermos de caridad” en el antiguo régimen de salud. Gente que no tenía para sufragar servicios médicos. Para convocarlos, los médiums, encargados de invocar a los médicos invisibles, usaban la emisora radial del pueblo.

Mi madre esperó el turno sentada en un taburete rígido de cuero sin pelo, mientras yo trataba de bajar mangos del solar. Cuando le correspondió pasar al diagnóstico, la hicieron entrar con otras dos personas y yo iba a su lado, un niño. La habitación estaba ataviada con los enseres propios de esos hoteles espartanos, una cama, una mesa con silla y espejo y un rincón donde habían instalado un altar con veladoras ardientes y una estatua grande del médico que curaba. Había tres médiums adentro de aquella habitación sofocante. Una arrodillada en el altar improvisado, vestida de enfermera pero en transe, murmurando oraciones y secretos que solo ella conocía. Yo solo alcanzaba a oír sus palabras atropelladas: “diez inyecciones en la parte de la espalda, siete puntos de sutura en la parte del cerebro, una operación de los testículos, hay que extirparle los ovarios”. Había otra vestida también de enfermera, pero sentada en la única mesa presta a tomar nota y cobrar el valor de la consulta. Era la encargada de hacer una breve historia clínica anotando las quejas de los dolores de cada paciente. Cada uno de los tres pacientes fue pasando y explicando sus dolores mientras los médiums resolvían el tratamiento. En el turno de mi madre, oí la palabra incontinencia, que para mi era desconocida, dolores múltiples al barrer, trapear, alzar cosas, acuclillarse, problemas con embarazos y abortos del pasado. El médium principal la hizo acostar bocarriba en la cama, le impuso una espada sobre la barriga y rezó en voz baja mientras la médium junto al altar alzaba la voz y redoblaba las dosis y los diagnósticos para el tratamiento que daba el médico invisible a mi madre y que la otra médium anotaba rápidamente en la mesa: una cirugía de matriz que se realizaría un mes después en el mismo recinto bajo unas condiciones mínimas de salubridad: una cama y una vela.

Luego de la imposición, la médium de la mesa le dijo a mi madre el valor de la consulta y le dijo que debía regresar el primer sábado del siguiente mes con gasa, una botella de alcohol, hilo de sutura y una sábana para cubrirse de pies a cabeza durante la cirugía. El médico invisible le haría la operación después de la media noche. Recuerdo que al salir de aquella habitación mal iluminada le pregunté a mi madre el significado de las dos palabras desconocidas. Antes de eso no sabía que cualquiera puede morir antes de tener vida. Que siendo niños, aun antes de nacer, puedes morir. Mi madre nunca se hizo operar. Creía en estas cosas, y en el poder numinoso de los naipes y en los presagios, pero esta vez le produjo miedo que el médico invisible no contara con el suficiente instrumental quirúrgico para operarla en un hotel.

Yo seguí soñando con ese día y pensando en esos ritos de magia por el resto de mi vida.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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13
07
2016
Daniel Ferreira

Los enamoramientos

Por: Daniel Ferreira

Los enamoramientos. Javier Marías.
Jupiter y Juno, James Barry, 1790-99

Acercarse a un secreto puede hundirte en el abismo. Si es que tienes solo ideas terrenales de la existencia, pesará tanto, la nave del secreto, que puede anclarte en el fondo de ese mar de engrudo. Si acaso empiezas a sospechar ideas más trascendentes de la existencia, por ejemplo que el destino es una forma de evolucionar (hipótesis) o que a cada acto sigue un efecto de reciprocidad (karma), entonces podrás flotar, ir a la deriva con la corriente del tiempo y poco a poco ver en perspectiva las tramas, subtramas, las consecuencias, los efectos y el beneficio que escondía en su veneno hasta los secretos más pesados, hasta los más vergonzosos. La sociedad secreta mínima es la pareja. Las personas llevan en si las marcas de sus secretos. Los llevan también a la sociedad secreta. Hay una condición para amar, se llama dolor. Hay otra, desconocer. Hay una tercera, sublimar. Estamos en una gran habitación marcada de secretos. Leemos Los enamoramientos de Javier Marías. Encontramos una frase:

“Pasada la desesperación inicial, pasado el duelo, y esas dos cosas duran mucho, sumadas, le daría una pereza infinita todo el proceso. Ya sabes: conocer a alguien nuevo, contarle la propia vida aunque sea a grandes rasgos, dejarse cortejar, ponerse a tiro, estimular, mostrar interés, enseñar la mejor cara, explicar cómo es uno, escuchar cómo es el otro, vencer recelos, habituarse a alguien y que ese alguien se habitúe a uno, pasar por alto lo que desagrada. Todo eso aburriría, y a quién no, si bien se mira. Dar un paso, y luego otro, y otro.”

Enamorarse, desenamorarse. Iniciar, reiniciar. Amar, herir, atar, perder, odiar, sufrir, dejar ir, irse, dejar de ser la quimera de un mal amor a ser la certeza de otro nuevo, distinto. ¿Por qué habría de ser de otra forma? ¿Por qué no habría de ser así? A amar se aprende. Una y otra vez. Un error tras otro, un duelo tras otro, va dejando la marca en la memoria y en el cuerpo. Un secreto que se revela, también se disipa, y te libera, y libra a los demás de llevar también tu carga. Un duelo limpia el caldero del alma y lo dispone de nuevo para el fuego.

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07
07
2016
Daniel Ferreira

Cuando el dinero produce dinero

Por: Daniel Ferreira

Saramago
La Lune AND La Mort - Tarot

Las intermitencias de la muerte de Saramago invierten la fórmula, cualquiera preconcebida por la literatura, y te desmoronan: el inicio es imprevisible, simplemente la gente deja de morirse un día. Empiezo a leer con desconfianza, porque esa idea lo desafía todo. Leo y discuto sus frases encadenadas. No puedo creer en un pretexto tan trivial para narrar: imaginar el imposible de una ley natural, usar algo Contranatura  y conseguir algo realista. Hay que soportar y acomodar el logos que te dice que simplemente no puedes admitir que la gente deje de morirse, y para aceptar ello hay que pensar en una alegoría. Al comienzo me negaba a aceptar la historia, hasta el tercer capítulo cuando las aseguradoras de vida encuentran una fórmula con el gobierno para reinventarse una muerte simbólica, pagar la deuda a los cotizantes y amortizar las pérdidas de la empresa con subsidios del estado. Entonces imaginé cuál era la metáfora de la muerte en este libro. Aquí la muerte es el capital. La acumulación del capital. Cuando el dinero produce dinero, cuando ya el capital no requiere fuerza de trabajo, entonces todos somos prescindibles. La muerte es el capital. El miedo de la década anterior a un nuevo Crack era como el terror de esta novela a no morirse. Eso provoca efectos en cadena sobre todos los aspectos de la vida social. Pero Saramago desmonta el terror pánico y lo convierte en acciones concretas de las leyes del relato: el miedo a quedar para siempre lisiado o enfermo, o peor: para siempre quedar sano, sin tener un pretexto para eludir el paréntesis y suicidarse; o traza el desmoronamiento de la credibilidad de la iglesia católica al romperse uno de los dogmas de su fe: la promesa de la resurrección. Es curioso que sea una novela sin sujeto, o el sujeto es un sujeto colectivo, que va saltando de cabeza a cabeza, que no se puede individualizar. ¿Podrá una novela sin sujeto sobrevivir al tiempo?

Categoria: LIBROS, VISTAZOS

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29
06
2016
Daniel Ferreira

Fernando Linero y los boleros

Por: Daniel Ferreira

Fernando Linero. Encuentro Luis Vidales.
Fernando Linero Encuentro Luis Vidales

Las ciudades tienen temperamento. A su manera, tienen un temperamento para la protesta social, para la luz fotográfica, para oír la poesía. En Medellín, dice Fernando Linero, hay un mejor temperamento que en Bogotá para la poesía. Por eso el festival de Medellín siempre está lleno y al de Bogotá no va nadie. Lo dice tras haber sido el poeta homenajeado del más reciente Festival realizado en Bogotá. Ahora está en Armenia, antes de partir a Caracas, para hablar sobre boleros y para cantarlos. El bolero es el crisol del sentimiento y su metafísica es pasar del odio al supremo amor, dice. Aprendió a tocar piano en los seis años que pasó como estudiante de dirección de orquesta en la facultad de música de la Universidad Nacional. Perteneció a la orquesta de Lucho Bermúdez y tocó con los Tupamaros, y en una verbena popular en Nariño asistió a la escena más conmovedora de su vida: un tour por el restaurante donde preparaban al día doscientos cuis fritos, esos roedores indefensos que ningún mal le han hecho al ser humano. Una de las obsesiones de Linero ha sido el universo de los insectos. Los observa y aprende de sus modos de actuar. Yo he padecido como un sufrimiento insondable la agonía de una abeja, dice. Todas las vidas de todos los seres son tan importantes como la nuestra, dice. Vive en Bogotá con su esposa, quien lucha contra el cáncer desde hace cinco años. La cuida y canta boleros, la cuida y escribe poemas. Dice que uno de los más hermosos es Te dejo la ciudad sin mi de Mario Baña. Canta para los asistentes del Encuentro de escritores Luis Vidales (Cincuentenario del Quindío) el bolero Era un juego nada más. Dice que los ojos de las mujeres son parientes de los luceros y de toda la carta de los astros. Canta Amnesia y luego asegura que en la costa los músicos son más ritmo y en Nariño más afinación, y que tal vez lo primero se debe al calor y a los pueblos del mestizaje, y lo segundo a los vientos andinos y a las huellas de la lengua quechua. Canta y explica que el nacimiento del bolero en el Caribe puede tener explicaciones sociológicas y políticas que definen la identidad de los pueblos reunidos por cinco siglos, pero que la respuesta simple es que es un sentimiento triste que se baila. En la calle, frente al Teatro Azul de Armenia le pregunto qué se siente al haber sido homenajeado por Raúl Gómez Jattin. Cuenta entonces que el poema dedicado por su amigo nació de la promesa hecha de llevarlo al Sinú. Jattin quería llevarlo para compartirle el prodigio de vivir donde se junta el río y el mar. Pero Linero nunca fue a visitarlo. Conoció a Jattin en casa de Beatriz, la cantautora que musicalizó los poemas del poeta fallecido. Vivieron una amistad espléndida cuando las crisis mentales de Jattin se evaporaban y pasaba las primaveras de su lucidez. “Uno es un invento de sus amigos”, dice. Luego se pone taciturno y agrega que uno no debería elegir ser poeta. La poesía es un encuentro con la realidad. Y esa lucidez es terrible. La poesía es el resplandor más cercano al sol, y aquí parafrasea a René Char.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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27
06
2016
Daniel Ferreira

Los escogidos, de Patricia Nieto

Por: Daniel Ferreira

Los escogidos. Libro. (Ed. Silaba. También en Editorial Universidad de Antioquia).

Caratula-Los-escogidos

Hay cuerpos. Cuerpos en trozos. Cuerpos destrozados. Cuerpos que bajan por el río.  El cuerpo como epicentro de la violencia, como despojo. El cuerpo como conquista del territorio, que es el botín favorito de una guerra por el control de la tierra. Cuerpos cortados. Cuerpos rellenos de piedras y lanzados desde un puente. Cuerpos que encuentra un niño pescador y que vuelve a encontrar años después cuando se haya convertido en anciano, y es un cuerpo encontrado el que hará decirle a su nieto que lo embarque de nuevo y deje pasar, porque está prohibido rescatar cuerpos que otros quieren borrar para no acabar convertido en el próximo cuerpo flotante. Cuerpos sin nombre. Cuerpos que tuvieron almas. Almas que buscan cuerpos. Almas sin cuerpo que la gente quiere dominar para obtener dones, o beneficios como la suerte. Cuerpos desprovistos de tripas y alma. Cuerpos que buscan un sepulcro. Hay gente que brinda el sepulcro y un nombre imaginario a esos cuerpos en el río Magdalena. Hay fuerzas espirituales sin descanso que ofrecen protección a cambio de oraciones. Hay un forense, un sepulturero, un animero, un huérfano, una antropóloga, una madre sin hijos conectados todos por esos cuerpos. Todos buscan reconstruir el destino de esos cuerpos. Hay un río por el que bajan cuerpos desde hace 60 años, dice la autora. Pero bajan cuerpos desde tiempos inmemoriales porque en lengua Yariguí, antes de ser llamado río Magdalena, se llamó Caripuaña, río de los muertos. Hay almas en pena. Pero no reflexiones esotéricas, sino morales y éticas y poéticas y políticas con respecto al cuerpo. El cuerpo, epicentro de la barbarie. El cuerpo de los demás como apropiación, como vejación, como destrucción. El cuerpo como punto de partida de la violencia y el río como lugar de llegada. Cuerpo y río, escenarios de guerra. Hay cuerpos que alguien busca con las palabras. Hay cuerpos que nadie ha visto. Hay cuerpos que alguien esconde. Hay cuerpos que alguien calla. Si descartamos las metáforas, hay gente que fue asesinada y desaparecida por perpetradores innombrables. Los  ríos, las carreteras, han sido la fosa común de la guerra en Colombia. Patricia Nieto se pregunta reiteradamente por qué escribe este libro de crónicas. Escribir parecer ser un acto  de invocación chamánica para descifrar un secreto: a quien matan, por qué desaparecen a los matados, quién los mata. Pero la única fuente, la única huella, la única prueba está en esos cuerpos. El cuerpo es el territorio. Dominar el cuerpo es dominar el territorio.

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21
06
2016
Daniel Ferreira

Solsticio

Por: Daniel Ferreira

Plazas de mercado
Samper Mendoza- Fabricio Galindo

En el barrio Samper Mendoza hay un mercado de plantas comestibles, medicinales, y de hierbas dulces y amargas y arvenses (nunca decir malezas) para esoterismo. Fui a conocerlo porque era solsticio. Solo quería comprar un poco de tilo. Me habían dicho que brujos y brujas muy poderosos de los 28000 que hay en Bogotá se daban cita en ese mercado. Debía ser algo extraordinario asistir. El mercado acababa de distribuirse al amanecer. Así que fui a las cuatro de la mañana y constaté que ya había una parte de la ciudad en marcha. Caminé entre arrumes de sábila, el calor de la ruda florecida, caléndulas anaranajadas y albahaca púrpura. Me tomé un café porque en pleno mercado de plantas no había una infusión decente. La gente compraba al por mayor para surtir otros mercados. Hombres alzaban atados en forma de cubo. Era solsticio y había tomado la costumbre de hacer un rito o algo extraordinario desde los aquelarres que vi festejar entre antorchas y ollas comunitarias y canelazos en la Universidad Nacional. En el pueblo donde viví el Corpus Cristi era una manifestación de la alegría por la abundancia de una tierra fértil que no necesitaba misterios de Eleusis para dar frutos. Recordé, mientras acababa mi café, que todos los pueblos antiguos festejaron el solticio a su manera. Los tayronas en la orilla del mar, de espaldas a las nieves perpetuas de la sierra. Los Mayas en sus templos mayores. Los mediterraneos con sus demebramientos y fluidos corporales vertidos en la tierra: la menstruación y el semen, la carne de los reyes y las vísceras para apaciguar el dolor de la diosa Deméter a la que le habían arrebatado a su hija Perséfone. Recordé los misterios que imaginó Pasolini en Medea y el Paraíso, en el jardín de las delicias de El Bosco, que parece pintado tras haber asistido a los misterios y a las noches de San Juan porque conservan el secreto al que se comprometían todos los participantes. Una vez fui a una pequeña montaña con mi amigo Jorge a hacer la quema del manuscrito de mi primera novela. Bebimos vino y releímos pasajes antes de echar las hojas al fuego. Ese día él me dijo, al ver su vida incluida dentro del relato, que la ficción era distinta, consistía en imaginar, no en escribir lo que te habían contado con los nombres cambiados. Otro solsticio fuimos con Germán y Yamile a tomar mate en la cima del pico de Aguila entre Chía y Cota tras un almuerzo abundante. La tradición de la gran comilona la abandoné un par de años después tras invitar a mis mejores amigos de la época sin que se dieran por enterados de que la fiesta no tenía nada que ver con sus egos y sus teléfonos celulares. Ahora intento estar solo para ritualizar la vida. ¿A qué había ido? A buscar algo para el insomnio.

-La diferencia entre un remedio, una infusión y un veneno es la dosis -me dijo un librero experto en tratados de plantas, citando a Schultes.

En el último año probé todos los remedios naturales que me dieron. Tilo, pasiflora, valeriana, mandrágora.

-La mandrágora, el primer día te duerme y el segundo te vuelve loco -insistió el librero.

-Como ciertas mujeres- respondí.

Fui al mercado de hierbas porque había llegado al límite. Cinco días sin dormir. Mi rostro había empezado a cambiar. Tanto control, tanto aparente control y no tener nada controlado en realidad. Hice lo que pude. Seguí escribiendo, que es mucho, en la mañana que era cuando mas tenía fuerzas, y la novela se fue pareciendo a la forma en que vivía. Por la tarde regresaba la ansiedad extraña de no poder dormir porque estás pensando en que no puedes dormir. Llegó una vez más y no dormí. ¿Cuántas noches? Perdí la cuenta. No tenía internet, estaba de mal humor. Vinieron días extraños. Viví como un solo día de dos semanas de largo. Aparté una cita con el médico que vio a la hija de mi amiga Mercedes y la trató con plantas, pero me dijo que él no llevaba casos así. ¿Pensaría que eran siquiátricos? Me recomendó a dos médicos mujeres. Llamé. Una me concertó cita. Pero el día de la cita, descubrimos perplejos que ella estaba en otra ciudad, Barrancabermeja, mientras yo trataba de ubicar su dirección en un taxi por el sur de Bogotá. Entonces vi a mi amigo Germán que iba de paso a Buenos Aires. Hablamos de mil cosas. Alguna vez, en Argentina, él me dio un frasco de tintura de tilo para la ansiedad. Lo recordé mientras acababa mi café en ese mercado de hierbas. En una venta una mujer me vendió tilo florecido. Regresé a casa y empecé a tomarlo. Todo el cansancio acumulado desapareció tras el primer sueño. Desde entonces he dormido mal solo cuando mi cuerpo no está de acuerdo con mis pensamientos. El insomnio es también un maestro. Un exceso de fuerza creativa que puede darte clarividencia sobre tu obra, tu vida, tus ideas, tu cuerpo, tu modo de vivir. Viví esos insomnios como una ordalía. Examiné todo. Lo que me gusta y lo que no. Lo que puedo hacer para mantener la llama viva es: trabajar solo en lo que me de paz y en lo que me de tiempo para disfrutar con la gente que amo.

Ahora he vuelto al manuscrito. Escribo todos los días, al menos una página. Y trato de ser feliz con lo que tengo. No sé si vuelva el insomnio. Ya no le temo. Hoy es solsticio.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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14
06
2016
Daniel Ferreira

Binóculos

Por: Daniel Ferreira

Barrio en la montaña

Cometas, Stanislaus Bhor

Son jóvenes y son ladrones y viven en una invasión de terrenos y desde sus casas de tabla ven quién sube o quién baja de la reserva forestal. Cuando ven gente con apariencia de llevar objetos de valor, se emboscan. El profesor, que sube a correr todas las tardes, los reconoce porque son sus alumnos, y sabe cuándo se han emboscado para robar. Ve a la pareja que sube hacia la trampa, y sin embargo no puede hacer nada  para que no los roben unos metros más arriba. Sigue corriendo y los deja atrás.

-¿Qué más, profe?

-Bien, ¿y ustedes?

-Bien, profe: ¿no vio una pareja que viene subiendo por el camino?

¿Podría negarlo y desorientarlos si sabe de antemano que ellos ven todo desde las casas de su invasión? El profesor cuenta ahora que en el colegio le dieron la misión de enseñar justo a la mayoría de este grupo de vándalos.

-¿Qué quieren tocar?

-Metal.

Los ensayó. El grupo de Metal acabó llamándose RataPicha después de una apretada discusión interna. Prepararon un concierto de cinco canciones. En el colegio, las directivas no estaban de acuerdo con que fuera justamente Metal, pero al fin el profesor logró convencerlos para que les prestaran guitarras eléctricas y batería, pero sobre todo para que los dejaran ensayar en sana paz. Les dijo que para el día del concierto deberían llegar muy puntuales, a mediodía, porque todo estaría listo a la una para el toque. Cuando el profesor llegó al colegio, a las once, los estudiantes ya se estaban yendo.

-¿Qué pasó?

-Se acabó el evento, profe.

-Pero si RataPicha iba a tocar a la una.

-Ya no hay rata, profe.

Entonces se enteró de que otros muchachos rompieron los instrumentos y los dejaron tirados en la entrada del colegio. La batería se había extraviado, y los integrantes del grupo RataPicha eran los principales sospechosos del saqueo.

Había más historias de esos habitantes: el bebé que fue rescatado del basurero antes de que llegara el camión triturador. Muchachos a los que se les destruye el amor y enloquecen. Casas donde expenden droga y fabrican muñecas artesanales con ameros de mazorca. Según Natalia Ginzburg lo que se debe enseñar son las grandes virtudes:  “no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”. Lo decía por sus hijos y por los hijos de los demás.

-Les enseño música, no ética -dice el profesor y barre la montaña con unos binoculares.

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07
06
2016
Daniel Ferreira

Moneda de cambio

Por: Daniel Ferreira

Incertidumbre

El niño apareció en la puerta del restaurante. La mujer que atendía trataba de apartar el bochorno con el aire caliente que empujaba un gran ventilador de aspas metálicas colgado como un gran pulpo blanco del techo.

-¿Seño, me puede cambiar esta moneda de doscientos en dos de cien?

Ella lo miró desanimada en el calor del asadero desocupado tras la hora de almuerzo y al niño le contestó el silencio. Parecía más un gesto de rechazo que desidia. El niño siguió allí con la moneda de doscientos pesos en la mano sin saber a quién recurrir. Ella tuvo uno de sus arrebatos de culpa. Se preguntó para qué querría acaso dos monedas en lugar de una. Y al fin habló desde la mesa donde se abanicaba:

-Espere. Voy a ver si tengo sencillo.

Suspiró mientras se levantaba de la mesa y avanzó con parsimonia hacia la caja registradora en el preciso momento que el gran ventilador de aspas blancas se desprendía del techo con un ruido aparatoso y se precipitaba sobre la mesa. Los pedazos de vidrio roto y de loza rota y los cubiertos donde había estado sentada  se dispersaron en todas direcciones. De haber seguido allí unos cuantos segundos mientras reposaba el almuerzo el ventilador le habría aplastado la cabeza.

Un pedazo de plato roto fue a dar contra el portón de entrada donde había aparecido el niño que quería cambiar una moneda por dos del mismo valor. Cuando ella volteó a mirar hacia la puerta, el niño ya no se encontraba.

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29
05
2016
Daniel Ferreira

Improbable Venezuela

Por: Daniel Ferreira

Sin pruebas.
VenezuelaElla estaba en un aeropuerto. Esperaba para salir a Bogotá. El vuelo se retrasaba y por el altavoz les daban dos opciones a los pasajeros: pernoctar en un hotel en la ciudad o ir en un vuelo a conocer Venezuela. Ella eligió ir a conocer Venezuela. El avión partía en seguida y bordeaba un mar oscuro, donde no se diferenciaba los límites entre el agua y la tierra. Llegaba a un lugar desolado, con un mar sucio y una ciudad vacía. Iba a conocer una comuna, guiada por una señora que le mostraba las calles con grafitis y los animales flacos y luego chozas y entablados de gente pobre. Toda esta pobreza, musitaba la señora, como lamentándose o avergonzándose de lo que las rodeaba. Ella mientras tanto pensaba: Tengo que tomar una foto y ponerla en Facebook, para que me crean. Pero su celular no tenía memoria suficiente para tomar más fotos. Apurémosle, porque tengo que volver a Colombia hoy mismo, le dijo a la señora. La otra mujer ahora decía: Yo también, cuando llegué, pensaba que iba a volver pronto a Colombia, pero ya me quedé. De camino se encontraron con otra mujer. La mujer quería llevarla a ver el mar. Se encaminaban entonces hacia unas montañas donde se estrellaba el mar contra la tierra. En las montañas habían unas mansiones burguesas sombreadas por árboles. Mansiones solitarias también, pero donde se vivía un sosiego aparente, como si las casas estuvieran vacías. Quería tomar una foto para compartirla con sus amigas colombianas en Facebook, pero otra vez fallaba el teléfono. Recurría entonces a la mujer para que le tomara una foto con su celular y luego se la reenviara por Whats App. La mujer tomaba una foto de la montaña y otra del mar, donde aparecía ella. Se las mostraba para que las aprobara y quedaba de enviárselas luego, en el transcurso del día, cuando tuviera acceso a señal de internet. En la orilla de aquel mar oscuro se bañaban las piernas. El agua estaba saturada de objetos, desechos, envolturas y enlatados viejos. El agua era muy fría. Luego las dos mujeres la acompañarían  al aeropuerto mientras la otra le contaba también que había llegado de Colombia alguna vez hacía años y no se había querido ir, por el coronel y las arepas, pese a que la situación se hubiera tornado tan oscura en los últimos tiempos cuando empezaron a irse en masa los habitantes de la ciudad. Se despidieron en un aeropuerto vacío, con beso en la mejilla, y regresó a Bogotá antes del anochecer. Ya en la casa de sus padres, les confesó que se había demorado todo el día en llegar porque había ido a conocer Venezuela y que no les trajo nada porque todas las estanterías que vio estaban vacías. El padre se mostró incrédulo. Ella le contó los pormenores, el retraso del vuelo, la oportunidad de viajar a Caracas, las señoras que le hicieron de guías por la ciudad. Ante la mirada atónita del padre, decidió enseñarle las fotos que conservaba en Whats App. El padre observó las fotos de cerca y le devolvió el celular con un golpe de dados de tahúr: Esta no es usted. Ella tomó la pantalla diminuta, observó el mar mugroso, las casas en la montaña, las calles desoladas y descubrió que la mujer que figuraba no era ella, no se parecía, y la mujer a la que pidió el favor no había tomado una foto en donde se pudiera ver bien su rostro o su perfil. De modo que no tengo cómo probar que estuve, y que así está Venezuela. Comprobó las fotos compartidas en Facebook y descubrió que no habían sido comentadas por ninguna amiga. Entonces decidió borrarlas de su teléfono celular.

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22
05
2016
Daniel Ferreira

Correr para no morir

Por: Daniel Ferreira

Obsesiones.
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Categoria: Cartas a Nausicaa

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