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17
08
2016
Daniel Ferreira

Tumbas en extinción

Por: Daniel Ferreira

Publicada originalmente en Conjuro Revista Cultural, Quimbaya, Mayo 2016. Carteros de la noche.

-Qué bonito sería tener un panteón.

Lo dijo mientras el sepulturero pavimentaba la boca del osario.

-Ya no se vende tierra en el cementerio, porque si hay que trasladarlo tendrían que indemnizar a los propietarios. Por eso no se venden panteones ni tumbas en el suelo.

-¿Cuánto vale un osario?

-650.000.

-¿Y es para siempre?

-Nada es para siempre -dice el sepulturero-. Este cementerio, dicen, lo van a trasladar.

Ahora el sepulturero encaja la lápida y rellena los bordes con masilla. Un hombre joven se acerca al osario.

-Nosotros seguimos vivos gracias a Dios.

Todos ignoran al muchacho. El muchacho da las buenas tardes y se aleja. Lleva un frasco de pegante en el bolsillo trasero para inhalar.

-Yo no les paro bolas a esos viciosos.

El sepulturero dice que en ese estado nadie sabe muy bien lo que hace ni lo que dice.

-¿Cuánto vale todo el trabajo?

-El osario vale 400.000, la lápida 100.000 porque es de mármol y el trabajo 150.000.

-¿Y por qué no dejan enterrar a la gente en el suelo para que se pudran más rápido?

-Porque en la alcaldía dicen que es un foco de infección.

-A mí me gustaría que me cremaran, pero cuando ya esté en los huesos. Recién muerta, no.

-Eso es feo, algunos quedan sentados cuando encienden el horno y otros alzan la pierna derecha. Uno se va encogiendo como cuando ponen un pedazo de carne en una sartén y empieza a achicarse.

-En los tiempos de antes, lo único que quedaba de uno era un nombre entre dos fechas, pero ya ni eso.

El sepulturero corta esquirlas de baldosines triturados y los incrusta entre los bordes de la lápida.

-Uno dura mientras lo recuerdan, dice.

-En eso sí tiene razón -dice el otro al sepulturero-: cuando se mueren los que lo recuerdan, uno deja de existir.

-¿Y de los osarios ya no lo sacan a uno?

-De estos, no. Si trasladan el cementerio, habrá que hacerles las tumbas a los mismos muertos y devolverles los osarios. El que no pague osario, va a la fosa común, dice la norma. En la iglesia ya está prohibido vender osarios. Era como vender la cripta a pedacitos. No hay campo para tanta gente.

El sepulturero refila los bordes y luego lustra la lápida con un trapo gris.

-Cuando exhumamos a mi mamá, tenía una manguera metida del esófago al estómago. Hubiéramos podido demandar a la clínica. Ella salió todavía completa. El sepulturero de Bucaramanga la partió con una motosierra para que cupiera en el osario.

-Qué salvajada. ¿Y usted vio eso?

-Sí.

-Uno ya de muerto no siente nada –dice el sepulturero.

Decían “uno” por empatía. Se imaginaban en el lugar del muerto. Les incomodaba la idea de no permanecer en el mundo, ni tan siquiera como un nombre grabado en mármol, menospreciados por el sistema subarrendatario de las necrópolis. Les parecía un despropósito que con “la inflación” subiera al año también el precio de los ochenta osarios construidos con materiales comprados el año anterior, así como el precio de las misas fúnebres y el de los ataúdes. La única solución posible para estos cementerios con tumbas en extinción era que las familias se hicieran cargo y se llevaran las urnas para darles un lugar entre los objetos domésticos, o tener el panteón en casa, o hacerles un sitio en internet, ese cementerio.

Mientras exhumaban al abuelo, yo había estado viendo a dos mujeres jóvenes que llevaban una escalera tomada por los extremos al fondo del cementerio. La reclinaron en la última hilera de tumbas y luego una de las mujeres subió hasta la tumba más alta. La otra, desde abajo, le alcanzó un ramo de flores artificiales a la otra. La de arriba puso las flores en un cuenco sobresaliente del mármol. Luego bajó la escalera temblorosa y ambas entrelazaron las manos. Rezaban en silencio mientras dos golondrinas revoloteaban en el pabellón central del cementerio blanco.

-Todos necesitamos que nos entierren –dijo una de las mujeres a la otra cuando salían por el callejón de los osarios.

“Aminta Rincón y Antonio García pasaron su vida entre 1930 y 1985”, decía una lápida. En otra tumba había un mensaje de la administración: “Se le informa a los familiares que los restos serán trasladados a la fosa común el próximo 18 de Abril”. Las casas de los dioses y de los presidentes son de piedra, pero nosotros somos de paja, escribió Fayad Jamis.

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08
08
2016
Daniel Ferreira

Frente a los ojos de los demás

Por: Daniel Ferreira

Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez

pintada- ARGENTINA- Tomada de Internet

Purgatorio es el libro póstumo de Tomás Eloy Martínez. Narra el viaje de Emilia en busca de su marido desaparecido por los esbirros de los tres generales de la dictadura militar argentina. Emilia encuentra a su marido treinta años después pero sigue siendo el mismo hombre que desapareció sin cambios físicos. Lo encuentra para darle sentido a su búsqueda infructuosa. Lo encuentra para sentir que sigue viva. Lo encuentra porque su noción de realidad está alterada, y esa alteración desafía también la noción de realidad del lector desde la primera y enigmática frase que desafía el paso del tiempo y la noción de realidad.

Hay un escritor que interpreta el relato de Emilia y lo ordena. Es un hombre enfermo que también tiene una noción de realidad desorientada por las drogas oncológicas. Ese narrador es Tomás Eloy Martínez, profesor universitario y escritor, enfermo de cáncer en un hospital de Estados Unidos. Pero es un narrador distinto del que llegamos a percibir en obras anteriores. Ya no es el omnidireccional de Lugar común la muerte, ni el cronista certero de Santa Evita. Tampoco es el narrador ecléctico que implementaba retóricas, niveles discursivos, técnicas mixtas de narración (el reportaje, la entrevista, la crónica de hechos y la autobiográfica, las fuentes históricas, las fuentes orales), porque ese espíritu de bricolaje está ausente en esta novela.

El arte está en el detalle. Lo que hace a la literatura proclive a la lentitud. Santa Evita es una obra de arte entre otras cosas por la filigrana con que fue narrada y la yuxtaposición de material narrativo heterogéneo que desdobla las fronteras entre realidad y ficción, entre ensayo e investigación. Purgatorio, en cambio, es un relato descuadernado por su velocidad. Su velocidad se debe a que está organizado como resúmenes. Resúmenes de vidas, resúmenes de episodios, resúmenes de itinerarios, con lo que deja la impresión de ser el inicio de un relato y no un relato solidificado. Purgatorio es un relato rápido que nunca se expande, como una semilla que no germina o germina en dos rizomas para después caer y servir de humus a otras vidas. Los primeros capítulos del libro, cuando narra el encuentro improbable entre una mujer y su esposo desaparecido treinta años atrás y el secuestro del mismo, es de una escritura enfebrecida, vertiginosa, pero sin mayores recursos y sin detalles sensoriales, o descriptivos, ni siquiera de los hallazgos líricos a que acostumbraba con opiniones certeras que parecían versos por su elegancia. Los últimos capítulos del libro, cuando lo relatado se filtra y convierte en punto de partida para un ensayo político (y Martínez interviene para comentar lo narrado y para cuestionar a través del padre de Emilia los pormenores de la empresa megalómagana de la dictadura por fabricar una épica cinematográfica de su de decadencia imaginando un film de propaganda hecho por Orson Welles), dicha parte parece escrita en mejores facultades del autor, como si los dos extremos de la misma historia hubieran sido escritos en tiempos equidistantes y lo que está al final fue lo más lejano en el tiempo y mejor escrito (por madurado) que la propia introducción a la historia que no se deja entrever por el vértigo en que fue resumida. En esa recta final, la presencia del narrador como artífice de una historia sobre la realidad que tiene origen solo en la imaginación, podría, de haber desembocado en un buen trabajo editorial, ser un gran relato si proporcionara una forma distinta del material. Pero la novela es póstuma y las decisiones editoriales son intangibles. Esa hipotética revisión editorial no lograría estructurar del todo la novela (a no ser que haya habido material descartado que sirviera de puente entre las partes). La muerte del escritor y el nulo trabajo póstumo legó un proyecto de novela desvertebrada, a menor nivel de las obras que se imponía el autor. Aún así, el espíritu del tema, el drama colectivo de la desaparición forzada, los crímenes de estado y la impunidad infamante de la dictadura argentina destacan en la historia por las trazas de ensayo que salta en determinados momentos entre los capítulos resumidos de la novela.

Dos ideas me quedan latentes después de leerla. Una sobre la literatura y la realidad. Otra sobre los crímenes contra la humanidad y el lugar del testigo.

La primera proviene de una observación del propio Tomás Eloy Martínez: si la realidad está construida por los sentidos, y la literatura solo puede tomar palabras para formar en un lector una idea de realidad, entonces la realidad que creemos vivir y la realidad que otros construyen para nosotros es exactamente la misma. Solo existe lo que ha sido ordenado como relato, sea por un testigo o sea por un escritor. Es decir que la tergiversación de la realidad puede llegar a ser tan verídica como la realidad misma. Lo que hipotéticamente nos llevaría a tener la sospecha de que para nuestro pensamiento no hay diferencia entre un hecho vivido y un hecho narrado y que el apotegma nazi adoptado por todos los poderes de la tierra (“Una mentira dicha mil veces se convierte en verdad”) es irrefutable.

La segunda es que una narración dura más que la realidad, porque la realidad es irrepetible. Es por eso que los detentadores del poder temen al relato de su poder, porque un relato puede tergiversar todo un discurso dominante. Es por eso que el poder y el abuso del poder ha intentado borrar toda forma estética o de pensamiento que se oponga a la realidad que impone por la fuerza con propaganda o con textos escolares.

El relato del poder es tanto o más relevante que el efecto del poder. En el caso de quienes han sido los protagonistas y narradores del pasado al mismo tiempo, es decir los testigos de una época brutal, por compromiso o por accidente o porque no corrieron mejor suerte, deben afrontar dos situaciones: la vergüenza de haber sobrevivido y no narrarlo, o la responsabilidad de hacer con el oprobio una nueva realidad cercana o parecida a la que una vez tuvo el mundo frente a sus ojos o frente a los ojos de los demás. Tomás Eloy Martínez, en la convalecencia que lo llevaría a la extinción de su fuego interno, decidió regresar al genocidio del pueblo argentino como última metáfora.

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01
08
2016
Daniel Ferreira

Amor y terrorismo

Por: Daniel Ferreira

De A para X, de John Berger

Berger

Amor y rebelión se juntan en esta bella novela de 2010. La guerra y el amor son escenarios perfectos para las narraciones dramáticas porque pueden escenificar todos los contrastes morales, todas las confrontaciones entre pueblos y parejas y todas las circunstancias trágicas: el dolor, la pesadilla, la traición, lo ruin, lo vil, el valor, la lealtad, la esperanza, el abuso de poder. En esta novela epistolar, una mujer innominada escribe a un hombre innominado y condenado a cadena perpetua en una cárcel de Iraq. El contexto histórico es el tiempo de la invasión extranjera occidental. La población intenta seguir la vida (que no rehacerla) en medio de los bombardeos y la constante amenaza de los tanques, de los drones y helicópteros artillados que defienden a occidente del “fundamentalismo islámico” sobretodo porque es una amenaza para el mercado del petróleo. Cada carta expresa al condenado un dibujo del mundo exterior, la cotidianidad de una vida que su juez, una autoridad extranjera, le ha negado. Las cartas están encaminadas a alimentar la memoria del preso, a brindar un poco de consuelo y felicidad a través de la descripción fisiológica de los sentidos. La pareja trata de casarse, pero sus solicitudes serán negadas una y otra vez. Junto a las cartas, la mujer envía olores y sabores en forma de recordatorios, a la mazmorra. Esa es una forma de conectar la memoria del preso con la realidad, de mantenerla unida ante la fragmentación por la sinestesia, la suplantación de los sentidos por palabras. Ella envía recuerdos a su amado. El, en cambio, envía reflexiones políticas sobre los falsos valores del capitalismo salvaje, sobre la explotación del tercer mundo, sobre el castigo. Ella narra los actos de heroísmo de que tiene noticias y los que realiza cada día en su farmacia. Le cuenta que ha curado a un hombre a punto de caer en un coma diabético y que con el tiempo se vuelven a encontrar, para descubrir entonces que salvó a un poeta. Ella se suma a la defensa civil que hacen las otras mujeres de una fábrica donde se han refugiado milicianos que luchan contra el ejército invasor. La fábrica está a punto de ser bombardeada. Las mujeres cercan la fábrica y con sus cuerpos de escudo humano disuaden al invasor y hacen retroceder los tanques. Un mínimo gesto de miedo habría desmoronado la fuerza de voluntad del grupo y avanzar al invasor. La observación de la vida en un lugar foráneo despeja los prejuicios sobre aspectos que nos son desconocidos, porque siempre son correlatos eludidos por la propaganda oficial de un imperio en guerra. Berger deroga la idea maniquea en el discurso contra la alteridad representada en el “terrorismo internacional” que justificó las invasiones de Iraq y Afganistán al comienzo del siglo XX y ahora la de Siria: “nosotros”, los buenos católicos, contra “ellos”, los bárbaros musulmanes, el bárbaro, el otro. Lo que el invasor llama “terrorismo” es la respuesta a su desproporción de fuerzas represoras. Cada acto desesperado de guerra es la resistencia de un pueblo para enfrentar la agresión que impone una supremacía militar. Quedarse callado, quedarse quieto, sería aceptar no solo la derrota sino la deshumanización. Al condenado se le impone dos cadenas perpetuas porque la justicia también está al servicio de la supremacía. Es una justicia relativa por el lugar de enunciación de quien controla el poder. Una pena desmedida que busca hacer que su caso sea aleccionador para aquellos que puedan intentar oponerse, por métodos radicales, a la invasión. Se le aisla, para deshumanizarlo. Se le aisla, hasta del contacto mínimo con el condenado de al lado, para suprimir su fuerza de voluntad. Se le lleva a una isla de hormigón no para proteger a la humanidad del bárbaro sino para advertir a la barbarie que una barbarie mucho peor serán su juez y su condena. Es la advertencia que se da al resto del mundo de lo que le va a ocurrir a quien se oponga a las tiranías. Los métodos de censura son, siguiendo a Foucault: por afirmación, por negación y por coacción. La afirmación consiste en afirmar que algo no existe e visibilizarlo. La negación consiste en negarlo para acallar. La coacción consiste en aplastar y desaparecer la evidencia. A esta pareja se le aplican las tres fórmulas de aplastamiento del poder.
Más allá del contraste ideológico que nos enfrenta a la deshumanización del terrorista, al conocimiento de sus motivos, de su vida, de su subjetividad, todo lo que lo humaniza, dos ideas me quedan latentes de esta historia entre guerra y amor (Armonía era la hija de la guerra y de la belleza en la mitología clásica): el primer acto de rebelión está en formular una pregunta. El terrorista es un defensor acorralado de una idea contraria, que cuestiona. Una pregunta no es poner una bomba. Pero esa pregunta es la que lleva a decidirse en favor de una bomba (hipótesis). La otra, es que la sublimación del deseo, la idea platónica del amor espiritualizado, idealizado, la trascendencia como fin último, es la fuerza de voluntad más fuerte que hay, porque está en los límites de la fe, o es otra forma de creencia como el ateísmo. Una pareja es feliz porque se siente única, no porque la felicidad consista en poseer bienes materiales. Un terrorista pone una bomba porque siente que su acto cambiará el orden de las cosas. El lazo que tiende el amor en este caso es una oposición, una rebelión, una exculpación. Deciden casarse para conspirar contra el poder, ellos que son el no-poder. Ellos que lo desafían con sus actos, con sus preguntas, con su voluntad. El amor y la rebelión son ideas cercanas, o ideas que aproximan a dos personas que miran el mismo horizonte por un instante. Nacen como oposición a un orden de cosas. Al menos en el espíritu romántico que aún subsiste en literatura como la de Berger. Pero no “romántico” en el sentido de cursi, sino en el sentido de compartir las ideas libertarias de la república romana. La pareja de este libro se enfrenta a todo, lo desafía todo, y esa rebelión y ese desafío los va uniendo aún más, los aproxima en la separación impuesta. El amor se opone a los prejuicios, de clase, de origen, políticos, a las barreras económicas, ideológicas, geográficas. Los enamorados desafían a nombre del amor. La fuerza del sentimiento amoroso los lleva a desafiar el orden establecido. Otra vez estamos frente al mito de Romeo y Julieta, de Medea y el argonauta. La fuerza arrasadora de la primera etapa del enamoramiento es avasallante y ciega. Por lo tanto creativa y violenta, armónica. Va en contra de todo, hasta de la razón. Pero no es el amor lo que los hace rebeldes, es compartir una visión del mundo, de la vida, una idea de la justicia, es la solidaridad, los gestos de bondad, lo que aproxima y afianza el amor. La felicidad aquí no es el fin último. Son felices, aunque no se vean, aunque solo puedan verse tras un permiso que se posterga. Son felices por el pasado en común, porque lucharon hombro con hombro.
Esto me lleva a pensar en una digresión sobre la felicidad, esa extraña idea que parece una asíntota: ¿La felicidad es necesaria para que se desencadene todo lo que lleva al amor? En el documental DonCa de la colombiana Patricia Ayala, el protagonista del retrato, Camilo, que ha decidido irse a vivir al paraíso de Guapi en el pacífico colombiano, dice, de forma abrupta, aparentemente injustificada, que la felicidad es la distancia que hay entre lo que quieres y lo que tienes. Cuando la distancia entre esos dos extremos es ancha, eres infeliz. Cuando es corta, te sientes feliz. Pero cuando no quieres nada, agrega, lo tienes todo. Él, don Ca, no quiere nada como Epicteto. Quiere vivir en paz en un paraíso afrocolombiano, rodeado de jóvenes que llenan el vacío de un hijo perdido, de un amor desdichado. Es una idea noble que está contaminada por otras innobles como la posesión material de las cosas del mundo, incluidos los cuerpos. Pero la felicidad no es la medida de satisfacción que te provoca el objeto del deseo.
La pareja de esta novela de John Berger es la prueba literaria de que para ser feliz no se necesita tener fortuna ni posesión del objeto del deseo. Así sería, si la felicidad fuera el deseo.

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20
07
2016
Daniel Ferreira

Médicos invisibles

Por: Daniel Ferreira

Curaciones
jose gregorio hernandez oracion para salud y favores 3
Fui con mi madre a ver los médicos invisibles. Tenía un problema en la matriz y los médicos invisibles operaban a bajo costo en un hotel de media estrella los primeros sábados del mes. En el patio de la vieja casona donde estaba el hotel se daban cita campesinos y mujeres del pueblo. La mayoría era gente de avanzada edad categorizada como “enfermos de caridad” en el antiguo régimen de salud. Gente que no tenía para sufragar servicios médicos. Para convocarlos, los médiums, encargados de invocar a los médicos invisibles, usaban la emisora radial del pueblo.

Mi madre esperó el turno sentada en un taburete rígido de cuero sin pelo, mientras yo trataba de bajar mangos del solar. Cuando le correspondió pasar al diagnóstico, la hicieron entrar con otras dos personas y yo iba a su lado, un niño. La habitación estaba ataviada con los enseres propios de esos hoteles espartanos, una cama, una mesa con silla y espejo y un rincón donde habían instalado un altar con veladoras ardientes y una estatua grande del médico que curaba. Había tres médiums adentro de aquella habitación sofocante. Una arrodillada en el altar improvisado, vestida de enfermera pero en trance, murmurando oraciones y secretos que solo ella conocía. Yo solo alcanzaba a oír sus palabras atropelladas: “diez inyecciones en la parte de la espalda, siete puntos de sutura en la parte del cerebro, una operación de los testículos, hay que extirparle los ovarios”. Había otra vestida también de enfermera, pero sentada en la única mesa presta a tomar nota y cobrar el valor de la consulta. Era la encargada de hacer una breve historia clínica anotando las quejas de los dolores de cada paciente. Cada uno de los tres pacientes fue pasando y explicando sus dolores mientras los médiums resolvían el tratamiento. En el turno de mi madre, oí la palabra incontinencia, que para mi era desconocida, dolores múltiples al barrer, trapear, alzar cosas, acuclillarse, problemas con embarazos y abortos del pasado. El médium principal la hizo acostar bocarriba en la cama, le impuso una espada sobre la barriga y rezó en voz baja mientras la médium junto al altar alzaba la voz y redoblaba las dosis y los diagnósticos para el tratamiento que daba el médico invisible a mi madre y que la otra médium anotaba rápidamente en la mesa: una cirugía de matriz que se realizaría un mes después en el mismo recinto bajo unas condiciones mínimas de salubridad: una cama y una vela.

Luego de la imposición, la médium de la mesa le dijo a mi madre el valor de la consulta y le dijo que debía regresar el primer sábado del siguiente mes con gasa, una botella de alcohol, hilo de sutura y una sábana para cubrirse de pies a cabeza durante la cirugía. El médico invisible le haría la operación después de la media noche. Recuerdo que al salir de aquella habitación mal iluminada le pregunté a mi madre el significado de las dos palabras desconocidas. Antes de eso no sabía que cualquiera puede morir antes de tener vida. Que siendo niños, aun antes de nacer, puedes morir. Mi madre nunca se hizo operar. Creía en estas cosas, y en el poder numinoso de los naipes y en los presagios, pero esta vez le produjo miedo que el médico invisible no contara con el suficiente instrumental quirúrgico para operarla en un hotel.

Yo seguí soñando con ese día y pensando en esos ritos de magia por el resto de mi vida.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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13
07
2016
Daniel Ferreira

Los enamoramientos

Por: Daniel Ferreira

Los enamoramientos. Javier Marías.
Jupiter y Juno, James Barry, 1790-99

Acercarse a un secreto puede hundirte en el abismo. Si es que tienes solo ideas terrenales de la existencia, pesará tanto, la nave del secreto, que puede anclarte en el fondo de ese mar de engrudo. Si acaso empiezas a sospechar ideas más trascendentes de la existencia, por ejemplo que el destino es una forma de evolucionar (hipótesis) o que a cada acto sigue un efecto de reciprocidad (karma), entonces podrás flotar, ir a la deriva con la corriente del tiempo y poco a poco ver en perspectiva las tramas, subtramas, las consecuencias, los efectos y el beneficio que escondía en su veneno hasta los secretos más pesados, hasta los más vergonzosos. La sociedad secreta mínima es la pareja. Las personas llevan en si las marcas de sus secretos. Los llevan también a la sociedad secreta. Hay una condición para amar, se llama dolor. Hay otra, desconocer. Hay una tercera, sublimar. Estamos en una gran habitación marcada de secretos. Leemos Los enamoramientos de Javier Marías. Encontramos una frase:

“Pasada la desesperación inicial, pasado el duelo, y esas dos cosas duran mucho, sumadas, le daría una pereza infinita todo el proceso. Ya sabes: conocer a alguien nuevo, contarle la propia vida aunque sea a grandes rasgos, dejarse cortejar, ponerse a tiro, estimular, mostrar interés, enseñar la mejor cara, explicar cómo es uno, escuchar cómo es el otro, vencer recelos, habituarse a alguien y que ese alguien se habitúe a uno, pasar por alto lo que desagrada. Todo eso aburriría, y a quién no, si bien se mira. Dar un paso, y luego otro, y otro.”

Enamorarse, desenamorarse. Iniciar, reiniciar. Amar, herir, atar, perder, odiar, sufrir, dejar ir, irse, dejar de ser la quimera de un mal amor a ser la certeza de otro nuevo, distinto. ¿Por qué habría de ser de otra forma? ¿Por qué no habría de ser así? A amar se aprende. Una y otra vez. Un error tras otro, un duelo tras otro, va dejando la marca en la memoria y en el cuerpo. Un secreto que se revela, también se disipa, y te libera, y libra a los demás de llevar también tu carga. Un duelo limpia el caldero del alma y lo dispone de nuevo para el fuego.

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07
07
2016
Daniel Ferreira

Cuando el dinero produce dinero

Por: Daniel Ferreira

Saramago
La Lune AND La Mort - Tarot

Las intermitencias de la muerte de Saramago invierten la fórmula, cualquiera preconcebida por la literatura, y te desmoronan: el inicio es imprevisible, simplemente la gente deja de morirse un día. Empiezo a leer con desconfianza, porque esa idea lo desafía todo. Leo y discuto sus frases encadenadas. No puedo creer en un pretexto tan trivial para narrar: imaginar el imposible de una ley natural, usar algo Contranatura  y conseguir algo realista. Hay que soportar y acomodar el logos que te dice que simplemente no puedes admitir que la gente deje de morirse, y para aceptar ello hay que pensar en una alegoría. Al comienzo me negaba a aceptar la historia, hasta el tercer capítulo cuando las aseguradoras de vida encuentran una fórmula con el gobierno para reinventarse una muerte simbólica, pagar la deuda a los cotizantes y amortizar las pérdidas de la empresa con subsidios del estado. Entonces imaginé cuál era la metáfora de la muerte en este libro. Aquí la muerte es el capital. La acumulación del capital. Cuando el dinero produce dinero, cuando ya el capital no requiere fuerza de trabajo, entonces todos somos prescindibles. La muerte es el capital. El miedo de la década anterior a un nuevo Crack era como el terror de esta novela a no morirse. Eso provoca efectos en cadena sobre todos los aspectos de la vida social. Pero Saramago desmonta el terror pánico y lo convierte en acciones concretas de las leyes del relato: el miedo a quedar para siempre lisiado o enfermo, o peor: para siempre quedar sano, sin tener un pretexto para eludir el paréntesis y suicidarse; o traza el desmoronamiento de la credibilidad de la iglesia católica al romperse uno de los dogmas de su fe: la promesa de la resurrección. Es curioso que sea una novela sin sujeto, o el sujeto es un sujeto colectivo, que va saltando de cabeza a cabeza, que no se puede individualizar. ¿Podrá una novela sin sujeto sobrevivir al tiempo?

Categoria: LIBROS, VISTAZOS

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29
06
2016
Daniel Ferreira

Fernando Linero y los boleros

Por: Daniel Ferreira

Fernando Linero. Encuentro Luis Vidales.
Fernando Linero Encuentro Luis Vidales

Las ciudades tienen temperamento. A su manera, tienen un temperamento para la protesta social, para la luz fotográfica, para oír la poesía. En Medellín, dice Fernando Linero, hay un mejor temperamento que en Bogotá para la poesía. Por eso el festival de Medellín siempre está lleno y al de Bogotá no va nadie. Lo dice tras haber sido el poeta homenajeado del más reciente Festival realizado en Bogotá. Ahora está en Armenia, antes de partir a Caracas, para hablar sobre boleros y para cantarlos. El bolero es el crisol del sentimiento y su metafísica es pasar del odio al supremo amor, dice. Aprendió a tocar piano en los seis años que pasó como estudiante de dirección de orquesta en la facultad de música de la Universidad Nacional. Perteneció a la orquesta de Lucho Bermúdez y tocó con los Tupamaros, y en una verbena popular en Nariño asistió a la escena más conmovedora de su vida: un tour por el restaurante donde preparaban al día doscientos cuis fritos, esos roedores indefensos que ningún mal le han hecho al ser humano. Una de las obsesiones de Linero ha sido el universo de los insectos. Los observa y aprende de sus modos de actuar. Yo he padecido como un sufrimiento insondable la agonía de una abeja, dice. Todas las vidas de todos los seres son tan importantes como la nuestra, dice. Vive en Bogotá con su esposa, quien lucha contra el cáncer desde hace cinco años. La cuida y canta boleros, la cuida y escribe poemas. Dice que uno de los más hermosos es Te dejo la ciudad sin mi de Mario Baña. Canta para los asistentes del Encuentro de escritores Luis Vidales (Cincuentenario del Quindío) el bolero Era un juego nada más. Dice que los ojos de las mujeres son parientes de los luceros y de toda la carta de los astros. Canta Amnesia y luego asegura que en la costa los músicos son más ritmo y en Nariño más afinación, y que tal vez lo primero se debe al calor y a los pueblos del mestizaje, y lo segundo a los vientos andinos y a las huellas de la lengua quechua. Canta y explica que el nacimiento del bolero en el Caribe puede tener explicaciones sociológicas y políticas que definen la identidad de los pueblos reunidos por cinco siglos, pero que la respuesta simple es que es un sentimiento triste que se baila. En la calle, frente al Teatro Azul de Armenia le pregunto qué se siente al haber sido homenajeado por Raúl Gómez Jattin. Cuenta entonces que el poema dedicado por su amigo nació de la promesa hecha de llevarlo al Sinú. Jattin quería llevarlo para compartirle el prodigio de vivir donde se junta el río y el mar. Pero Linero nunca fue a visitarlo. Conoció a Jattin en casa de Beatriz, la cantautora que musicalizó los poemas del poeta fallecido. Vivieron una amistad espléndida cuando las crisis mentales de Jattin se evaporaban y pasaba las primaveras de su lucidez. “Uno es un invento de sus amigos”, dice. Luego se pone taciturno y agrega que uno no debería elegir ser poeta. La poesía es un encuentro con la realidad. Y esa lucidez es terrible. La poesía es el resplandor más cercano al sol, y aquí parafrasea a René Char.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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27
06
2016
Daniel Ferreira

Los escogidos, de Patricia Nieto

Por: Daniel Ferreira

Los escogidos. Libro. (Ed. Silaba. También en Editorial Universidad de Antioquia).

Caratula-Los-escogidos

Hay cuerpos. Cuerpos en trozos. Cuerpos destrozados. Cuerpos que bajan por el río.  El cuerpo como epicentro de la violencia, como despojo. El cuerpo como conquista del territorio, que es el botín favorito de una guerra por el control de la tierra. Cuerpos cortados. Cuerpos rellenos de piedras y lanzados desde un puente. Cuerpos que encuentra un niño pescador y que vuelve a encontrar años después cuando se haya convertido en anciano, y es un cuerpo encontrado el que hará decirle a su nieto que lo embarque de nuevo y deje pasar, porque está prohibido rescatar cuerpos que otros quieren borrar para no acabar convertido en el próximo cuerpo flotante. Cuerpos sin nombre. Cuerpos que tuvieron almas. Almas que buscan cuerpos. Almas sin cuerpo que la gente quiere dominar para obtener dones, o beneficios como la suerte. Cuerpos desprovistos de tripas y alma. Cuerpos que buscan un sepulcro. Hay gente que brinda el sepulcro y un nombre imaginario a esos cuerpos en el río Magdalena. Hay fuerzas espirituales sin descanso que ofrecen protección a cambio de oraciones. Hay un forense, un sepulturero, un animero, un huérfano, una antropóloga, una madre sin hijos conectados todos por esos cuerpos. Todos buscan reconstruir el destino de esos cuerpos. Hay un río por el que bajan cuerpos desde hace 60 años, dice la autora. Pero bajan cuerpos desde tiempos inmemoriales porque en lengua Yariguí, antes de ser llamado río Magdalena, se llamó Caripuaña, río de los muertos. Hay almas en pena. Pero no reflexiones esotéricas, sino morales y éticas y poéticas y políticas con respecto al cuerpo. El cuerpo, epicentro de la barbarie. El cuerpo de los demás como apropiación, como vejación, como destrucción. El cuerpo como punto de partida de la violencia y el río como lugar de llegada. Cuerpo y río, escenarios de guerra. Hay cuerpos que alguien busca con las palabras. Hay cuerpos que nadie ha visto. Hay cuerpos que alguien esconde. Hay cuerpos que alguien calla. Si descartamos las metáforas, hay gente que fue asesinada y desaparecida por perpetradores innombrables. Los  ríos, las carreteras, han sido la fosa común de la guerra en Colombia. Patricia Nieto se pregunta reiteradamente por qué escribe este libro de crónicas. Escribir parecer ser un acto  de invocación chamánica para descifrar un secreto: a quien matan, por qué desaparecen a los matados, quién los mata. Pero la única fuente, la única huella, la única prueba está en esos cuerpos. El cuerpo es el territorio. Dominar el cuerpo es dominar el territorio.

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21
06
2016
Daniel Ferreira

Solsticio

Por: Daniel Ferreira

Plazas de mercado
Samper Mendoza- Fabricio Galindo

En el barrio Samper Mendoza hay un mercado de plantas comestibles, medicinales, y de hierbas dulces y amargas y arvenses (nunca decir malezas) para esoterismo. Fui a conocerlo porque era solsticio. Solo quería comprar un poco de tilo. Me habían dicho que brujos y brujas muy poderosos de los 28000 que hay en Bogotá se daban cita en ese mercado. Debía ser algo extraordinario asistir. El mercado acababa de distribuirse al amanecer. Así que fui a las cuatro de la mañana y constaté que ya había una parte de la ciudad en marcha. Caminé entre arrumes de sábila, el calor de la ruda florecida, caléndulas anaranajadas y albahaca púrpura. Me tomé un café porque en pleno mercado de plantas no había una infusión decente. La gente compraba al por mayor para surtir otros mercados. Hombres alzaban atados en forma de cubo. Era solsticio y había tomado la costumbre de hacer un rito o algo extraordinario desde los aquelarres que vi festejar entre antorchas y ollas comunitarias y canelazos en la Universidad Nacional. En el pueblo donde viví el Corpus Cristi era una manifestación de la alegría por la abundancia de una tierra fértil que no necesitaba misterios de Eleusis para dar frutos. Recordé, mientras acababa mi café, que todos los pueblos antiguos festejaron el solticio a su manera. Los tayronas en la orilla del mar, de espaldas a las nieves perpetuas de la sierra. Los Mayas en sus templos mayores. Los mediterraneos con sus demebramientos y fluidos corporales vertidos en la tierra: la menstruación y el semen, la carne de los reyes y las vísceras para apaciguar el dolor de la diosa Deméter a la que le habían arrebatado a su hija Perséfone. Recordé los misterios que imaginó Pasolini en Medea y el Paraíso, en el jardín de las delicias de El Bosco, que parece pintado tras haber asistido a los misterios y a las noches de San Juan porque conservan el secreto al que se comprometían todos los participantes. Una vez fui a una pequeña montaña con mi amigo Jorge a hacer la quema del manuscrito de mi primera novela. Bebimos vino y releímos pasajes antes de echar las hojas al fuego. Ese día él me dijo, al ver su vida incluida dentro del relato, que la ficción era distinta, consistía en imaginar, no en escribir lo que te habían contado con los nombres cambiados. Otro solsticio fuimos con Germán y Yamile a tomar mate en la cima del pico de Aguila entre Chía y Cota tras un almuerzo abundante. La tradición de la gran comilona la abandoné un par de años después tras invitar a mis mejores amigos de la época sin que se dieran por enterados de que la fiesta no tenía nada que ver con sus egos y sus teléfonos celulares. Ahora intento estar solo para ritualizar la vida. ¿A qué había ido? A buscar algo para el insomnio.

-La diferencia entre un remedio, una infusión y un veneno es la dosis -me dijo un librero experto en tratados de plantas, citando a Schultes.

En el último año probé todos los remedios naturales que me dieron. Tilo, pasiflora, valeriana, mandrágora.

-La mandrágora, el primer día te duerme y el segundo te vuelve loco -insistió el librero.

-Como ciertas mujeres- respondí.

Fui al mercado de hierbas porque había llegado al límite. Cinco días sin dormir. Mi rostro había empezado a cambiar. Tanto control, tanto aparente control y no tener nada controlado en realidad. Hice lo que pude. Seguí escribiendo, que es mucho, en la mañana que era cuando mas tenía fuerzas, y la novela se fue pareciendo a la forma en que vivía. Por la tarde regresaba la ansiedad extraña de no poder dormir porque estás pensando en que no puedes dormir. Llegó una vez más y no dormí. ¿Cuántas noches? Perdí la cuenta. No tenía internet, estaba de mal humor. Vinieron días extraños. Viví como un solo día de dos semanas de largo. Aparté una cita con el médico que vio a la hija de mi amiga Mercedes y la trató con plantas, pero me dijo que él no llevaba casos así. ¿Pensaría que eran siquiátricos? Me recomendó a dos médicos mujeres. Llamé. Una me concertó cita. Pero el día de la cita, descubrimos perplejos que ella estaba en otra ciudad, Barrancabermeja, mientras yo trataba de ubicar su dirección en un taxi por el sur de Bogotá. Entonces vi a mi amigo Germán que iba de paso a Buenos Aires. Hablamos de mil cosas. Alguna vez, en Argentina, él me dio un frasco de tintura de tilo para la ansiedad. Lo recordé mientras acababa mi café en ese mercado de hierbas. En una venta una mujer me vendió tilo florecido. Regresé a casa y empecé a tomarlo. Todo el cansancio acumulado desapareció tras el primer sueño. Desde entonces he dormido mal solo cuando mi cuerpo no está de acuerdo con mis pensamientos. El insomnio es también un maestro. Un exceso de fuerza creativa que puede darte clarividencia sobre tu obra, tu vida, tus ideas, tu cuerpo, tu modo de vivir. Viví esos insomnios como una ordalía. Examiné todo. Lo que me gusta y lo que no. Lo que puedo hacer para mantener la llama viva es: trabajar solo en lo que me de paz y en lo que me de tiempo para disfrutar con la gente que amo.

Ahora he vuelto al manuscrito. Escribo todos los días, al menos una página. Y trato de ser feliz con lo que tengo. No sé si vuelva el insomnio. Ya no le temo. Hoy es solsticio.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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14
06
2016
Daniel Ferreira

Binóculos

Por: Daniel Ferreira

Barrio en la montaña

Cometas, Stanislaus Bhor

Son jóvenes y son ladrones y viven en una invasión de terrenos y desde sus casas de tabla ven quién sube o quién baja de la reserva forestal. Cuando ven gente con apariencia de llevar objetos de valor, se emboscan. El profesor, que sube a correr todas las tardes, los reconoce porque son sus alumnos, y sabe cuándo se han emboscado para robar. Ve a la pareja que sube hacia la trampa, y sin embargo no puede hacer nada  para que no los roben unos metros más arriba. Sigue corriendo y los deja atrás.

-¿Qué más, profe?

-Bien, ¿y ustedes?

-Bien, profe: ¿no vio una pareja que viene subiendo por el camino?

¿Podría negarlo y desorientarlos si sabe de antemano que ellos ven todo desde las casas de su invasión? El profesor cuenta ahora que en el colegio le dieron la misión de enseñar justo a la mayoría de este grupo de vándalos.

-¿Qué quieren tocar?

-Metal.

Los ensayó. El grupo de Metal acabó llamándose RataPicha después de una apretada discusión interna. Prepararon un concierto de cinco canciones. En el colegio, las directivas no estaban de acuerdo con que fuera justamente Metal, pero al fin el profesor logró convencerlos para que les prestaran guitarras eléctricas y batería, pero sobre todo para que los dejaran ensayar en sana paz. Les dijo que para el día del concierto deberían llegar muy puntuales, a mediodía, porque todo estaría listo a la una para el toque. Cuando el profesor llegó al colegio, a las once, los estudiantes ya se estaban yendo.

-¿Qué pasó?

-Se acabó el evento, profe.

-Pero si RataPicha iba a tocar a la una.

-Ya no hay rata, profe.

Entonces se enteró de que otros muchachos rompieron los instrumentos y los dejaron tirados en la entrada del colegio. La batería se había extraviado, y los integrantes del grupo RataPicha eran los principales sospechosos del saqueo.

Había más historias de esos habitantes: el bebé que fue rescatado del basurero antes de que llegara el camión triturador. Muchachos a los que se les destruye el amor y enloquecen. Casas donde expenden droga y fabrican muñecas artesanales con ameros de mazorca. Según Natalia Ginzburg lo que se debe enseñar son las grandes virtudes:  “no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”. Lo decía por sus hijos y por los hijos de los demás.

-Les enseño música, no ética -dice el profesor y barre la montaña con unos binoculares.

Categoria: Cartas a Nausicaa

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