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El gran Valentino

Celebra triunfo en Indianápolis con "orejas de burro"
Celebra triunfo en Indianápolis con "orejas de burro"

En 1996 bajo el mando del equipo Aprilia AGV en la categoría 125 c.c., nació para el motociclismo un hijo pródigo, aquel que rompió los esquemas y partió en dos la historia de un deporte vertiginoso y emocionante.

Era la década en la que prevalecía el dominio avasallante del australiano Michael Doohan en los 500 c.c. No había un contendor capaz de hacerle frente a semejante hegemonía, hasta que apareció el español Alex Crivillé y cortó una racha de cinco títulos consecutivos hilvanados del 94 al 98.

Con la era del hasta ese entonces mandamás en el ocaso, Valentino empezaba su ascenso incontrolable hacia la cima. En 1997 cantó victoria en los 125 c.c. con su Aprilia RS ganando 11 carreras. Con el título en las manos dio el salto a los 250 c.c. donde compartió al lado de Loris Capirossi. En su primer año festejó junto a su compañero de equipo desde un escalón más abajo. Pero luego los roles se invirtieron y el italiano conquistó la categoría.

Aquel título marcaría un punto de inflexión en la carrera del piloto. Y llegaría el premio mayor: “Fue en Jerez, 1999, en el invierno. La primera experiencia fue impresionante porque la 500 era… ¡Increíble! ¡Brutal! El motor era increíble. La entrega de potencia era muy fuerte, muy agresiva. Cuando llevas la 500 dices: “¡Joder! ¡Qué difícil!”. Y la odias. Pero en la otra parte de su mente te dices: “¡Amo esta moto!”. Porque sabes que es una hazaña difícil intentar controlar este tipo de moto”,  diría Rossi en aquel momento.   

Ya instalado en la categoría de sus amores, tuvo que esperar dos temporadas para imponer su ritmo trepidante al son de las poderosas marcas japonesas Honda y Yamaha. Fueron cinco títulos consecutivos entre 2001 y 2005 (3 con Honda y 2 con Yamaha). Justo ese año recibió el título “Doctor honoris causa”  por parte de la Universidad de Comunicación y Relaciones Públicas de Urbino. De ahí deriva su sobrenombre “Il dottore”.   

Valentino es considerado el motociclista más importante de todos los tiempos y le sobran argumentos para demostrar tamaña afirmación.  Ganador de 8 títulos en 5 categorías diferentes (125 c.c., 250 c.c., 500 c.c., 800 y 990 c.c.), es el piloto con más podios obtenidos (161), más grandes premios (103), mayor cantidad de puntos (3957) y el de mejor en cantidad de pole position (57).      

“Il dottore” llena el formulario de los llamados ídolos del pueblo: naturalidad, espontaneidad, nada de egolatría en sus palabras y está siempre presto (en la victoria y en la derrota) para atender el llamado de cientos de italianos que lo aclaman y que pregonan con orgullo: ¡“Valentino é nostro”!

No hay televisores apagados en un día de competencia. Y si ese día hay jornada futbolera, el rating baja de manera considerable. Nadie quiere perderse las frenéticas emociones que ofrece el piloto marcado con el número 46 abordo su Yamaha. Es un orgullo nacional.

Los índices de popularidad son altísimos, sin embargo, la fama no lo abruma, él abruma a la fama con su naturalidad. Disfruta dentro y fuera de la pista. Es asombroso el control que tiene sobre la máquina a velocidades que ponen los pelos de punta. Es simple, no lanza dardos en sus declaraciones, ama la competencia y respeta con grandeza  a sus adversarios. Jamás se compara.  Así gana todo, con desparpajo, naturalidad y contundencia.  Hasta  se dio el lujo de  festejar ante su gente en el Gran Premio de San Marino con unas “orejas de burro”, haciendo alusión a la caída que sufrió en Indianápolis y que lo privó –como casi nunca sucede- de terminar con los brazos en alto.

No acapara grandes espacios publicitarios (¡y en Italia sí que los hay!), pero todos los buscan para lograr prestigio en un medio consumista como el europeo. Sólo Fastweb empresa de amplio reconocimiento en el manejo de servicios tecnológicos goza por 30 segundos de  la imagen de este hombre nacido Urbino, un municipio italiano ampliamente reconocido por ser cuna del renacimiento. Allí en ese pequeño lugar, exhibe su imponente figura el Palazzo Ducale (Palacio Ducal), fastuoso monumento al arte declarado patrimonio histórico de la humanidad.

Rossi también es patrimonio de esa pequeña población. Si para toda Italia es el número uno, imagínense ustedes lo que significa  para ese pueblito de 15.400 habitantes.

No he tenido la oportunidad de verlo en vivo y en directo, pero no hace falta estar en el lugar de la escena para disfrutar de sus impecables maniobras, de la inteligencia para escoger el momento justo para un sobrepaso y de la aceleración en los últimos metros para luego levantar la moto y cruzar la meta en una rueda.

¡ES UN MONSTRUO! Y no sólo en la pista, lo es más fuera de ella. Habla con todos, firma autógrafos, sonríe y se baña en champagne junto a sus colegas en el podio. Es una leyenda viva. Como Federer en el tenis, Jordan en el baloncesto y Schumacher en el automovilismo. Es grande como ellos, aunque con un margen mediático menor. Su otra pasión es el Rally. Ya probó abordó de un Peugeot y obtuvo buenos resultados. Lo sedujeron para competir en la F1, pero ojalá (y esto como un simple aficionado) Rossi siga dictando cátedra en dos ruedas y no en cuatro. Ese es su hábitat. Ahí es y seguirá siendo… ¡EL GRAN VALENTINO!

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