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Diálogo caracol

Caracol, Flickr, Lore & Guille
Caracol, Flickr, Lore & Guille

Patricia Stillger *

Para Boris Vian

Se sabe poco de los caracoles. Yo sé poco de los caracoles. Ahora sé un poco más y me enteré de que son pulmonados. Es decir invertebrados con pulmones. Tienen uno solo, pero pulmón a fin.

Tengo el jardín lleno de caracoles. Me preguntan por qué no los combato. Contesto que mis plantas me alcanzan, me sobran y ¿por qué andar mezquinando un bien abundante?

Este año desarrollé una capacidad de observación fuera de serie. Me he conectado con estos artrópodos más que con el resto de los humanos. Un día perdí una pantufla en el jardín. Se la había arrojado a los loros que vienen en bandadas horribles y sonoras a comerse mis almendras. Suerte de los caracoles que no comen almendras. En fin, la pantufla terminó en uno de esos matorrales que yo cultivo. Todas son plantas de cierta categoría pero de cuyo desorden soy la única responsable. Las he desordenado de manera analógica. Cualquiera puede darse cuenta.

Encontré el calzado veinte días después. Yacían como en una cuna unos treinta especímenes que rondaban los tres y cuatro años. (Ya aprendí a contarles las vueltas a las conchas). Nada más parecido a un pacto. Los cuido de las visitas; encabezo las caminatas nocturnas por el jardín detectando sus imperceptibles presencias, los quito del medio y con delicadeza los arrojo a los canteros donde las enredaderas amortiguan la caída.

Trato de no fumar cerca de ellos, pero a veces me parece oírlos toser a lo lejos y me voy a la cocina, bajo el extractor de la cocina a terminarme el cigarrillo. Si todo se calla, se los oye comer. Tienen dientes y son muy prolijos. La mordida sigue la forma de la hoja que están comiendo, como si no quisiesen alterar el diseño original. Siguen el diseño del fractal. A las hojas redondas, las comen en redondo; a las estrelladas, como se come una estrella.

Necesitan calcio para formar el caparazón y más de una vez los he visto en los platos de mis perras robando su alimento. En tales casos, aíslo el bocadillo y los mando junto al pasto. Tampoco quiero que a las perras les dé ojeriza. Tendrán que convivir en paz.

Me da vergüenza hablarles cuando están copulando. Son hermafroditas y entonces no sé cómo dirigirme a ellos ni quién goza más. Los salvo en los amaneceres porque están ligados por una tripa blanca con la que se inoculan mutuamente y los hace más vulnerables a los ataques de los pájaros. Están en trance y su acto dura aproximadamente cuatro horas. No pueden interrumpir el prodigio bajo ninguna circunstancia. Ni aún si corren peligro de muerte. Prefieren ese éxtasis hipnótico, aunque la consecuencia sea terminar en las fauces de un benteveo.

Me escuchan mejor cuando están guardados. Ya no hablo más que con ellos y sus respuestas se limitan a un excremento que parece salir de sus antenas, pero son sus intestinos que están justo debajo de sus antenas. Es más de lo que hubiera soñado.

Estuve tentada de cocinarlos. Busqué una receta en Internet. Los purgué hasta que evacuaron, no ya sus choricitos color tierra, sino una especie de ñoquis blancos de sémola. Me gustó esa variedad y ahora los tengo en una jaulita como los albinos del grupo. Los mantengo en una dieta estricta y parecen satisfechos. Todavía no me decido a comerlos.

Una mañana la perra negra amaneció con un caracol en el lomo. Los dos dormían. Solamente me asomé por la ventana. Ahora espío a las perras. Algo saben que yo no. Jamás he hablado con un perro. No les creo nada.

Humedezco las paredes de la casa para que puedan reptar cómodos y el musgo viene ganando lugar.

Un día de estos tendré que aprender a reconocerlos por sus nombres. No quiero seguir con el sistema alfa numérico. Tan frío me resulta.

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(*) Colaboradora, escritora argentina.

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