Dirección única

Publicado el Carlos Andrés Almeyda Gómez

Una flor entre dos abismos

El presente cuento acaba de ser publicado por el Instituto de Cultura Brasil- Colombia como parte de los finalistas de su concurso El Brasil de los Sueños dedicado en 2013 a  la figura del poeta y diplomático Vinicius de Moraes (Río de Janeiro, 19 de octubre de 1913 – Río de Janeiro, 9 de julio de 1980). Fue por igual incluido en la Revista Letras de Valledupar, que el pasado mes de septiembre organizó el Segundo Festival de las letras Ciudad Valledupar al cual fui amablemente invitado junto con autores y periodistas de la Región Caribe y del interior. Se trata de un texto que sigue un par de versos del poema “Soneto de Fidelidade” y que, en este caso, no es otra cosa que mi declaración de amor por una ciudad entrañable y una literatura tan infinita como el país que la envuelve.

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“Puedo decirme del amor (que tuve): que no sea inmortal puesto que es llama, pero sea infinito mientras dure…”.

Parada allí en medio del lobby del hotel y arrastrando con el peso de mi equipaje, miro al encargado tras el mostrador y suspiro fingiendo un alivio taimado, rezagado, termino entonces de leer aquel poema manuscrito en unas hojas sueltas y cierro por fin el cuaderno que Marcus había tenido la consideración de dejarme en el casillero un par de horas atrás, antes de abandonarme a mi suerte mientras una ciudad enorme se abría ante mis ojos por primera vez y para siempre. Su cubierta dice en letras redondas y grandes: “Dialética dos dois” y trae garabateada la que parece ser una flor silvestre, apenas iluminada por dos trazos de colores que simulan el sol carioca que supongo Marcus acostumbra a ver cada tarde mientras liba sus propios pensamientos ausentes. Junto al dibujo, una pequeña seña da cuenta de una obra de Beethoven, su famoso Claro de Luna. Reza así: “una flor entre dos abismos, Frank Liszt”.

Marcus dejaba expresa orden de extenderme el tiempo de estadía cargada a su tarjeta de crédito y yo no tenía otra que aceptar, contrariada como estaba por su sorpresiva partida y sin mucho dinero en la cartera, por lo menos no para acudir por mi propia cuenta a un hotel medianamente decente que no desentonara con los enormes lujos del hotel que era ahora escenografía de mi pequeña tragedia amorosa. De regreso a la habitación, siento sobre mi espalda las miradas furtivas de los empleados de levita roja y pequeño quepis que, al abrirme las puertas, hacerme una venía u ofrecerse para auxiliarme con mis pertenencias, tratan de buscar en mis ojos alguna confesión, alguna idea que les ponga al corriente de las últimas noticias de la otrora extraña pareja de la habitación 604, un diplomático bohemio y su amiga venida del Uruguay. Ya a solas, empiezo a ver desde la ventana una ciudad apagándose en lo alto para desde el asfalto enverdecido tomar colores vidriosos y brillantes en cuyo espectáculo las avenidas restallan de velocidad y semáforos titilantes. Sentada en el borde de la cama, reabro aquella libreta para encontrarme por vez primera con un disco compacto envuelto en un celofán dorado sin marca alguna. Apuro un trago del mini bar y me doy a la tarea de presionar los botones del estéreo de la repisa, en espera de abrir la bandeja del reproductor para buscar en aquel disco alguna pista que justifique el bochorno de su abandono. Al poder reproducirlo, el lento abrirse de un piano me sorprende con el adagio sostenuto del Claro de luna de Beethoven y regreso con ello la frase enigmática de la cubierta, la flor suspendida en medio de la nada. Detuve el estéreo y me dispuse a vagar por ahí sin más guía que un mapa turístico y algunas cuantas indicaciones de un botones melindroso que siempre andaba tras de mí ofreciéndose para lo que fuera necesario. Heme ahora aquí, caminando sin rumbo mientras la noche descorre sus velos para inundarme del desasosiego narcótico de la ciudad sin Marcus.

El asunto de la sonata me llevó a preguntarme repetidas veces por la dichosa frase de la flor entre dos abismos. Ya en la mañana y cuidando la resaca con algo de desmedro, llegué a la anécdota de Liszt al enterarme del porqué de su apreciación. Los tres movimientos característicos del Claro de luna se revelaban al canon y la forma convencional de estas piezas, dando como entrada un primer movimiento tristísimo que era acompañado por un alegretto y un presto agitato, este último lleno de furia incontenible. En la mitad, una pieza tranquila y feliz a la que Liszt llamaba con acierto una flor entre dos abismos. Complacida ante mi descubrimiento, volví a salir, ahora con la idea de encontrar a los amigos que conocían a Marcus, siempre sentados en un café aledaño a las playas de Ipanema. Desde aquellos años junto a Marcus, viajando por ahí para acompañarle discretamente en su vida de hombre de mundo –era yo su secreto y no más que una asistente distante–, no podía dejar de cargar con este malestar que Marcus bien pudo ver como algo novedoso y genial, sobre todo cuando se puso en contacto conmigo al leer por ahí una de mis novelas rosa escritas en la juventud. Ahora era yo una encargada cultural con quien compartía algunos proyectos baldíos, quizá como excusa para seguir pretextando nuestra cercanía. Aparte de eso, iba yo cada tanto a Montevideo para reencontrarme con los míos mientras noticias suyas me llegaban por la tele y los diarios en forma de bofetadas. Yo seguía siendo no otra cosa que un etéreo panorama desdibujado en el horizonte, muy al sur, regresando de vez en cuando para agazaparme en habitaciones de paso y secretamente garabatear una historia con final anunciado.

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De camino por la playa y huyendo a toda costa de un sol abrazador que reducía mis fuerzas, llegué al café divisando muy en las mesas del fondo a dos de sus amigos cercanos, quienes al verme fingieron no haberme prestado atención volviendo cada uno a lo suyo, un par de copas semivacías y un cenicero colmado de colillas. De pronto lo comprendí, una tercera copa, un cigarrillo de más y una silla vacía con un maletín de cuero repujado colgado de uno de sus brazos. Giré la mirada hacia el paseo de enfrente y le vi, una mujer de espaldas a mí bloqueaba el rostro de Marcus mientras este movía su cabeza hacia los lados impaciente pues ya se había enterado, quién sabe cómo, de mi visita inesperada. Entre los dos se encontraba aquella mujer trigueña y alta que parecía vivir una perfecta simbiosis con ese cielo exultante sobre el mar. La escena es ya conocida: esa flor suspendida entre una mujer tristísima y un hombre que sin querer la mira desde el otro lado de la calle, entre los pliegues del cabello ondulado de una desconocida.

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