Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Viaje literario por América Latina

Me temo que sea bastante desconocido entre nosotros un libro revulsivo y tal vez necesario, de un antropólogo italiano, Francesco Varanini, titulado inocentemente Viaje literario por América Latina.


¿Viaje? Más que “viaje” yo lo hubiese titulado “batida, redada”, incluso “razia”, si bien hay que ser honestos y confesar que el objeto principal de toda razia, que no es otro que el botín, en este caso es un botín para el lector, aunque también lo fuera en su momento para Francesco Varanini, el autor del libro.

Y el libro, además de libro, es una carga de dinamita en varios casos o una bomba de espoleta retardada en algunos otros: porque resulta que Varanini se enamoró de la literatura latinoamericana y la ha leído creo que más y mejor que casi todos nosotros, buceando a profundidades que la crítica peninsular e hispanoamericana jamás se atrevió.

Su lectura ha sido en profundidad y en interrelación de autores, de obras y de circunstancias históricas, con lo que alcanzó una densidad que por momentos deja estupefacto al lector: claro, claro, se dice uno, pegándose una palmada en la frente, ¿cómo he podido ser tan ciego (o tan tonto) que he dejado de ver semejantes cosas?

En realidad no debiéramos ser muy duros con nosotros mismos: de hecho no fuimos ni ciegos ni tontos y sí nos dimos cuenta a su debido tiempo de que la potencia creadora de algún monstruo sagrado se había ido de vacaciones por tiempo indefinido. No ciegos ni tontos, pero sí fuimos tal vez demasiado benevolentes, aguardamos con paciencia a que la buena señora (me refiero a la potencia creadora) regresara de esas vacaciones. En fin.

Para que se hagan una idea de lo duro que puede resultarle a algunos hinchas fanáticos de ciertos autores la lectura de este libro de Francesco Varanini, les cito tan sólo el título de uno de sus capítulos: “Breve exploración del estilo nobelmarquiano. La increíble y triste historia de la guayaba que perdió el aroma y del escritor que perdió el corazón”.

Compensativamente, y además de los elogios a Borges, Cortázar y Lezama Lima, il signore Varanini dedica una honda y reflexiva atención a algunos creadores poco o nada conocidos fuera de sus fronteras: el uruguayo Felisberto Hernández, el ecuatoriano Adalberto Ortiz y el caleño Andrés Caicedo.

El capítulo sobre Caicedo es un análisis muy bien hecho de su novela ¡Que viva la música!, y aunque a veces falla en los detalles (por ejemplo, rebautiza con el nombre de Miguel al presidente Misael Pastrana Borrero), y aunque asegura que “el adjetivo paisa se aplica a la cultura del campesino colombiano”, todo ello es peccata minuta dentro del conjunto.

Debo reconocer aquí que el nombre de Andrés Caicedo era para mí absolutamente desconocido hasta que leí en El Malpensante una reseña del mamotreto de 540 páginas titulado Ojo al cine, donde se recoge toda su obra informativa y crítica sobre el séptimo arte.

Considero una hazaña de Norma Editores la publicación de este libro, pero, con todos los respetos, entiendo que la hazaña consiste en el valor pedagógico del mensaje subliminal, y ese mensaje dice que así es como no se debe escribir sobre el cine. Este libro debiera ser lectura obligatoria en las Escuelas de Cinematografía, en las aulas de crítica, para que los futuros aristarcos aprendiesen de él que la mezcla de inmadurez y provincianismo conduce a la prepotencia y a los desplantes para dárselas de enterado. Porque no se sabe de cine sólo porque se sepa uno de memoria el equipo completo de rodaje de una película, incluyendo el nombre de la manicura de la actriz; no se sabe de cine por acumular datos técnicos, antes al contrario, yo diría que hasta se llega al punto de que los árboles al final no dejan ver el proverbial bosque.

Honestamente, Ojo al cine a lo que provoca es a no ir al cine. Y una cosa que me molesta mucho de la manera de escribir de Caicedo es el escamoteo de sus fuentes: claramente se ve en el artículo Hollywood desvestido, que no es más que una transcripción de datos rastreados por Kenneth Anger en su libro Hollywood Babylon, de 1975.

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