Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Unamuno, en alemán

¿Cómo decir algo novedoso, acerca de Unamuno, sin ser especialista en la materia?

Cuando uno ha sido lo bastante hormiga durante largos trechos de su azacaneada existencia, puede echar mano del granero en las épocas de escasez. De manera que decidí reactivar la hormiga y puse encima de mi larga mesa–escritorio todos los libros que poseo del grande y admirable Miguel II (Miguel I, claro está, se lo llamo a Cervantes): quizás ellos, esta veintena larga de volúmenes, me inspirasen una nota fuera del diapasón habitual. Y hétete aquí, hubiera dicho el propio Unamuno, que distinguí cómo del interior del libro El espejo de la muerte se asomaban dos páginas amarillecidas por la usura del tiempo. Las saqué. Eran el recorte con la traducción al alemán del cuento Soledad, publicada en una revista de por estos pagos. ¡Bingo!

Aunque ¿dije traducción?  Perdónenme, fue un lapsus debido a la inercia que parece llevarnos de la mano cuando hablamos del paso de un idioma al otro. No se trata de una traducción, es una masacre. Les pongo el ejemplo del párrafo inicial en el original unamuniano:

“Soledad nació de la muerte de su madre: ya Leopardi cantó que es riesgo de muerte el nacimiento [=nasce l’uomo a fatica / ed è rischio di morte il nascimento], riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el ser. La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era impenetrable y parecía inseparable”.

Según escrupulosa y fidedigna retraducción al castellano, estos acordes tan suyos de la prosamúsica de cámara del rector salmantino suenan en alemán de la siguiente manera“En la hora de su muerte la señora Amparo trajo al mundo a su hija Soledad. Había vivido cinco difíciles años conyugales llenos de pesar y soledad. Su marido era de un carácter cerrado y duro”.

Y el resto es todo por el mismo estilo. El traductor debe haber decidido que sus compatriotas lectores no están preparados para seguir el ritmo peculiar de don Miguel, y arremete con la tijera donde le da la real gana, con resultados francamente atroces. Eso aparte de que a una “partida de dominó” la ha convertido en otra de cartas (como si los alemanes desconocieran el otro juego, y mucho menos desde la famosa teoría del dominó, que sirvió para justificar las atrocidades en Vietnam y en el Cono Sur). Y donde Unamuno dice “Todo parecía cantar dentro de ella”, en el idioma no de Goethe sino del traductor -ça va sans dire!- nos encontramos con que “Todo se convirtió en luz de sol y música”. Y de un “tenebroso frío” del original pasamos a gozar, por no sé cuál veleidad meteorológica, de una “helada niebla”. Etcétera.

Lo más inaudito, sin embargo, es que el cuento, en alemán, concluye cuando muere el hermano de Soledad. En el original quedan aún página y media que considero entre las más preñadas del repertorio unamuniano: son las que dan cuenta de la relación entre la protagonista y el narrador de su historia, y que tienen un remate casi pícaro, si es que semejante adjetivo pudiese encajarle alguna vez a una obra tan casta. Vale la pena recordarlo, releerlo:

«Una vez hablé con ella de esa profusión de libros eróticos con que ahora nos inundan, porque con la buena Soledad se puede hablar de todo cuidando de no herirla. Cuando le saqué esa conversación me miró inquisitivamente con sus grandes ojos claros, ojos eternamente juveniles, y con una sombra de sonrisa sobre su boca me preguntó: “Diga usted. ¿Usted comerá? ¿No es así?” ”¡Claro que como!”, respondí, sorprendido por la pregunta. “Pues bien; si a usted, que come, le sorprendiera leyendo un libro de cocina y pudiese yo mandar, le enviaría a la cocina a fregar las cacerolas”. Y no dijo más».

Resumiéndolo sin rodeos, no entiendo las razones de la masacre. Pero sí recuerdo una frase del masacrado, hallada en un artículo muy largo que le dedicó José Bergamín en el mítico semanario montevideano Marcha, alrededor de 1963, y éste es otro recorte acopiado en mi época de hormiga. Opina allí Unamuno: «Es sabido que si los asesinatos en las calles han cesado, es porque los asesinos están hoy empleados en el Ministerio de la Gobernación».

O dicho a mi manera: es sabido que si no hay un excedente escandaloso de malos escritores debe ser porque la mayoría de ellos se dedican a traducir. Al buen entendedor

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