Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Solo (sólo) en Berlín

El cierre de Revista de Libros, en Madrid, diciembre 2011, ha sido uno de los más rudos golpes que la crisis le ha asestado a la cultura en lengua española. Revista de Libros, a lo largo de sus quince años de existencia, se convirtió en el santo y seña de la crítica literaria independiente en nuestro idioma, en una referencia inexcusable e imprescindible.

El cierre llegó de la noche a la mañana y a mí me agarró con tres reseñas sin publicar. Como no quiero que se pierdan y en honor a la propia Revista de Libros, las publico aquí en tres semanas consecutivas. Esta es la segunda:

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Solo en Berlín, de Hans Fallada (Maeva Ediciones, Madrid 2011)

Alguna que otra vez todos nos hemos preguntado cómo es posible que el pueblo alemán no estuviese enterado, desde 1933 a 1945, de lo que fue la maquinaria criminal del régimen nazi. Cómo es posible que la gente sencilla, el hombre de la calle, no tuviese idea de lo que era la implacable persecución de los judíos, gitanos, homosexuales, socialistas y comunistas, obreros extranjeros esclavizados, y por si todo ello fuese poco, de los alemanes que se compadecían de ellos, y que no fueron pocos. ¿Estaban todos ciegos, no salían a la calle?

Esta novela de Fallada, editada en 1946, y que por primera vez se publica ahora en una versión íntegra, sin los cortes políticamente correctos de los días de posguerra, es una respuesta oblicua a las preguntas que planteo más arriba.

Es la historia de un matrimonio de gente de la clase obrera, en Berlín, que al recibir la noticia de la muerte de su único hijo durante la exitosa campaña de la invasión de Francia, decide plantarle  resistencia al régimen mediante unas postales anónimas con textos donde incriminan a los nazis de todas las vesanias que cometen. Postales que distribuyen dejándolas en sitios altamente frecuentados, con la esperanza de contribuir a concienciar a las personas que las descubran y las lean. Sólo que la inmensa mayoría de esas postales van a parar en manos de la Gestapo, y entonces se inicia una investigación que enfrentará a la todopoderosa maquinaria de una de las policías más efectivas de todos los tiempos, y a dos seres en el fondo desvalidos, a quienes su anonimato se les esfuma poco a poco como la sonrisa del gato de Cheshire en Alice in Wonderland.

Esa es la historia básica de esta novela, sustentada toda en hechos y en personajes reales. Hans Fallada detectó el legajo de la Gestapo, y del no menos tristemente célebre Tribunal del Pueblo, referente al matrimonio Elise y Otto Hampel, que en su novela se llaman Anna y Otto Quangel. Y armó alrededor de ellos una trama en la que intervienen docenas de personajes populares berlineses, toda una red de desclasados y fanáticos, de activistas anónimos y soplones con el don de la ubicuidad. Un panóptico del submundo lumpen y obrero de Berlín, y es tan, pero tan berlinés todo en esta novela, que además de titularse como se titula, Solo en Berlín, podría ser  también Sólo en Berlín. Que viene a ser como una secuela de Alexanderplatz, la mítica novela también panóptica de Döblin, del Berlín de entreguerras.

Fallada fue, desde que comenzó a escribir y publicar, un narrador cuyos protagonistas eran la gente sencilla, la gente del pueblo; y el hábitat de sus novelas son los lugares más desprovistos de glamour de toda la literatura alemana. Fallada, un seudónimo, fue alguien que malgastó su vida personal de las maneras más lastimosas y lamentables que imaginarse pueda: pasó por la  prisión, por los infiernos de la dependencia a las drogas y por los establecimientos dedicados a la desintoxicación. Siempre sin salir de un círculo social vicioso, más cercano al arroyo que a la haute volée, donde nunca se sintió en casa, ni siquiera en los momentos de mayor éxito de sus libros. Libros que se contaron entre los más vendidos y, sobre todo, más leídos, de la Alemania de entonces. Y esa especie de adherencia irreversible a sus orígenes le confiere a sus textos una calidad de inmediatez con la vida que no es fácil de encontrar en otros autores.

En este sentido, Solo en Berlín puede ser considerada una especie de summa a–theológica de su obra. Se encuentran en ella todos los elementos que constituyen su grandeza y su miseria: desde la paradójica pasión pulquérrima por el harapo y la fealdad del ser humano, hasta la convicción inamovible en la grandeza de sentimientos de la gente pequeña, del alemán de a pie. Y como la mayoría de sus otras novelas, Solo en Berlín también es, a la vez que narración, un manual subliminal de autoayuda y de supervivencia. Síquica, en el caso de los resistentes clandestinos que son la pareja Quangel. Meramente física, en el caso de casi todo el resto de los personajes, sin excluir a los propios sicarios de la Gestapo, que hasta son presentados como marionetas en manos de los súper sicarios de las SS.

Honestamente, yo no creo que sea, como la apostrofó el Sunday Telegraph, una obra maestra, pero sí concuerdo con Primo Levi en que es «el libro más importante que se ha escrito sobre la resistencia alemana», a pesar de los varios muy valiosos que se han publicado sobre el atentado de Von Stauffenberg y el trágico destino de Sophie Scholl, sobre Martin Niemöller y el martirio de Dieter Bonhoeffer. Solo en Berlín se eleva sobre todos ellos por el tirón cordial con que nos agarra, identificándonos con los Quangel de una manera tan personal que nunca llegaríamos a podernos identificar con todos esos otros resistentes. Ese es el secreto del arte de Fallada.

Ese, y el haber puesto en evidencia una de las claves para entender el régimen nazi: «Sobre la condena de muerte está impreso en grandes letras negras: “En nombre del pueblo alemán”, pero al lado, más pequeño, aunque en brillante color rojo: “Rigurosamente secreto”. Aquí tenemos el meollo de la contradicción de todo ese Estado hitleriano, el cual afirmaba actuar en nombre del pueblo alemán pero lo hacía todo en riguroso secreto, pues el pueblo alemán no debía saber nada de sus verdaderos actos».

Unas palabras, pocas, sobre la traducción. El alemán de Fallada es tan natural y directo (como el de Heinrich Böll) que los traductores se adentran en él sin advertir las trampas y las minas que esconde. El texto español de Solo en Berlín se lee muy bien, muy fluido, se lo siente igual que si respondiera como un eco al original. Por desgracia demasiado, algunas veces: padece el mal de los temibles falsos amigos. Al pie de uno de ellos dejé anotado que los traductores son tal vez  los únicos magos que consiguen hacernos sonreír hasta en medio de la más espantosa de las tragedias. Según como se quiera interpretar, no es poco mérito.

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