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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Cámara Colombiana del Libro | Blogs El Espectador</title>
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        <title>¿Cuánto tiempo toma escribir un (buen) libro en Colombia?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/cuanto-tiempo-toma-escribir-un-buen-libro-en-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Cuántos buenos libros de autores colombianos se han escrito en estos primeros 25 años del siglo XXI? ¿Está el país literario en condiciones de afirmar que hay un título, o más de uno, de notable calidad, por cada año? </p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Imagen tomado en la Librería Merlín, en el centro de Bogotá. </em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-da6d8e7a4756441fcc06b6d047ec67af"><strong><em>“Para que un libro ´sude´ de verdad, se debe estar saturado de su tema hasta las orejas”:</em> Gustave Flaubert, escritor francés.</strong></p>



<p>El escritor bogotano Ricardo Silva confiesa que escribió su última novela, sobre la tragedia del Palacio de Justicia, en seis meses. <em>&#8220;Para un ser humano normal este sería un trabajo de cinco años&#8221;,</em> le dice Alejandro Gaviria, quien remata sus elogios con esta frase: <em>&#8220;Refuerza la teoría del destino manifiesto&#8221;.</em> No la he leído, no creo que la lea, así que no puedo opinar.</p>



<p>Pero ¿Cuál es mi punto? Que en Colombia, al parecer, se produce literatura bajo el mismo principio con el que operan las fábricas de cualquier cosa…&nbsp;cada lector juzgue lo que intento decir. Creo que escribir novelas no es como escribir columnas de prensa cada semana.&nbsp;</p>



<p>Añadiré que Gabriel García Márquez se encerró en un cuarto, a partir de 1965, durante 18 meses, con sus días, noches y precariedades, para escribir <em>Cien años de soledad</em>, tras darle forma en su cabeza desde que era un adolescente. El resultado: “1300 cuartillas, escritas en ese lapso a razón de ocho horas diarias, sin contar el doble o triple de material desechado”, escribe Mario Vargas Llosa en el ensayo “Historia de un deicidio”.</p>



<p>Cada vez me convenzo más de que estamos lejos de un segundo genio literario, porque no hay en Colombia o la paciencia o el tiempo para producir otra obra maestra o una que se le acerque. Con el perdón de los buenos escritores colombianos, que los hay, veo lejano un segundo Premio Nobel de Literatura. &nbsp;</p>



<p>La literatura colombiana no está dialogando con las literaturas del continente. Colombia no ha sido potencia literaria. Quien se universalizó fue Gabo y su pluma. Aún así, la revista <em>The New Yorker </em>despreció unos de sus cuentos y editores rechazaron obras suyas.</p>



<p>Estamos ante un nuevo <em>boom</em> literario en nuestra lengua, donde una nueva generación de escritores, pero especialmente escritoras (de Argentina, México o Ecuador), irrumpen con fuerza en el mundillo de las letras. Colombia parece aislada y retraída. Y la ausencia de buenos críticos lo agrava todo. </p>



<p>Pensemos, por ejemplo, cuántos buenos libros de autores colombianos se han escrito en estos primeros 25 años del siglo XXI. ¿Quién nos puede decir si hay uno, de notable calidad, por cada año? Creo que la Cámara Colombia del Libro podría tener una respuesta a tales preguntas.</p>



<p>La literatura ya no es lo que era&nbsp;y por eso insisto en la tesis de leer a los clásicos y a los grandes autores de este tiempo. Porque la vida es corta para perderla en libros que se escriben de afán.</p>



<p>En su magnífico ensayo “La orgia perpetua: Flaubert y Madame Bovary”, Vargas Llosa desmonta el proceso de creación del llamado padre de la literatura moderna. Nos cuenta que el escritor francés <em>“comenzó a escribirla en la noche del viernes 19 de septiembre de 1851 y la terminó el 30 de abril de 1856 (…) lo que da una duración de cuatro años, siete meses y once días”.</em></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-d0eafb452340bc75b67d697f7ab808d0"><strong>“…Gustave descubrió (inventó) un sistema de trabajo mientras escribía Madame Bovary&#8230;”,</strong> escribió Mario Vargas Llosa.</p>



<p>En la biografía sobre Flaubert, <em>Historia de una cama</em>, Azriel Bibliowicz, habla sobre otra de sus novelas: Salambó: “… gastó años investigando y escribiéndola”.</p>



<p><em>“Confiesa haber leído más de 400 libros para componerla. Escogió un momento oscuro en la historia de Cartago que trabajó con delicadeza y determinación. El trabajo arqueológico es minucioso y guarda la fascinación de quien arma un complejo rompecabezas. (… ) con esa novela nos retorna al mundo de la antigüedad en forma deslumbrante. (…) Es una verdadera obra de ingeniería literaria, donde se restauran la arquitectura del lugar, los escenarios, las batallas, con una fidelidad impresionante”.</em></p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>La vida es corta para perderla en libros que se escriben de afán.</strong></h2>



<p>Sobre otra de sus novelas, <em>La educación sentimental,</em> Bibliowicz dice: “No hay nada en esta obra que no esté apoyado en una paciente y laboriosa investigación documental”. Según eso, Flaubert estudió desde el transporte, pasando por las modas, hasta el menú que ofrecía el café Anglais en 1847.</p>



<p>Hablando de libro de cualquier género, el Comité Evaluador del <em><a href="https://premiosimonbolivar.com">Premio Simón Bolívar al Libro Periodístico 2025</a></em>, en cabeza de la escritora Yolanda Reyes, dijo un par de verdades que deberían ser la vergüenza de los autores de no ficción y de las editoriales, que quizás sean la mismas que producen novelas y otros títulos de ficción. <em>“Pensamos que la idea de libro entraña cierta lentitud, contrapuesta a las urgencias de la inmediatez y de la coyuntura”</em>, dijo la autora, refiriéndose al arduo y complejo proceso de concebir un buen libro, un trabajo de creación y procreación en el que, se supone, intervienen muchas personas de diversas disciplinas.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-199ed49b69867b51651c281f99b5abf9">Señala el Comité: <em>“… pudimos comprobar, en un número considerable de libros, una deficiente calidad de la escritura que se manifestaba en problemas ortográficos y sintácticos elementales, y que nos llevó a preocuparnos por el borramiento de los correctores de estilo y de los editores. Esa otra confusión de términos entre un proceso editorial y un procesador de lenguaje se reflejó también en la publicación de libros con páginas sobrantes, que se habrían salvado gracias a las tijeras de un editor agudo, o en la premura que afectó a otros que se habrían beneficiado con un tiempo más amplio para terminar tan bien como empezaban, o para dejar de ser meras recopilaciones y devenir en libro”.</em></p>



<p>El jurado también se refirió al impacto negativo de la IA en la producción editorial: <em>“… reiteramos la preocupación por el impacto de la inteligencia artificial en los oficios del libro: si el traductor, el corrector de estilo, el diagramador y el editor se vuelven prescindibles, es posible predecir que cada vez llegarán más libros a la convocatoria, pero que cada vez será más fácil separar el grano de la paja”.</em></p>



<p>En un <a href="https://www.zendalibros.com/la-doble-cara-del-prestigio-editorial/">artículo del portal <em>Zenda</em></a>, “La doble cara del prestigio editorial”, del escritor y editor Raúl Alonso, las editoriales comerciales salen muy mal paradas. Es un ensayo extenso pero vale la pena leerlo para entender los cambios bruscos que está experimentando la industria. “<em>Las editoriales que sobreviven —y prosperan— están construyendo respuestas nuevas. No mejores versiones de lo anterior. Cosas distintas”.</em></p>



<p>Si las editoriales se despreocupan de la calidad de los manuscritos, si editan e imprimen a toda velocidad para coincidir con una feria o una conmemoración histórica, los lectores debemos preocuparnos por darle valor a nuestro dinero; más en este mes de diciembre en que deseamos regalar libros y que nos regalen.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=123205</guid>
        <pubDate>Sat, 06 Dec 2025 11:57:04 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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        <title>La literatura colombiana está en crisis</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/</link>
        <description><![CDATA[<p>El boom colombiano. Acometer el asesinato simbólico de Gabo para encontrar el alma de la literatura nacional. Cuestionar el papel de las élites culturales. Espabilar a una industria sentada en sus laureles. Revivir a los críticos literarios.  Nuevos aires a los programas de promoción de la lectura. Evolución y revolución literarias.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Centro Cultural Gabriel García Márquez en Bogotá. Fotografía del autor.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-aa1f9889acacae22f72bee798a2fa8a7"><strong><em>“Basta ser un lector exigente para comprobar que la historia de la literatura colombiana, desde los tiempos de la Colonia, se reduce a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios</em> (…) <em>El problema no es de cantidad, sino de nivel”:</em> Gabriel García Márquez, en el ensayo “La literatura colombiana, un fraude a la nación” (abril de 1960).</strong></p>



<p>Sobre el oficio de escribir, la escritora Natalia Ginzuburg dijo una vez: “No me importa nada de lo que hagan los otros escritores”.</p>



<p>Hay cierta hipocresía que mantiene postrada a la literatura de este país y a los escritores colombianos relegados a la sombra de ese monstruo insuperable que sigue siendo el maestro Gabriel García Márquez. Pareciera que con él nace y con él muere la literatura colombiana, todo lo demás son casos aislados, gente bien intencionada, libros que se leen con deleite, loables intentos, escritores juiciosos, ninguno (todavía) consagrado al nivel de aquel.</p>



<p>Hay mucha bulla mediática alrededor de un nombre: Juan Gabriel Vásquez pero no hay consenso; lo propio ha pasado con el nombre de Fernando Vallejo. ¿Es ruido que dejamos caer? ¿Tal vez no sea para tanto? ¿Soñar en un segundo Premio Nobel de literatura? Demasiado temprano para saberlo. No pensemos con el corazón porque ahí radica el problema.</p>



<p>La literatura colombiana y la industria que la sostiene se mecen en su zona de confort: las editoriales publicando a diestra y siniestra (con siniestra no me malentiendan), incluso si no son buenos, ni los autores ni sus libros. En Estados Unidos un Gore Vidal despreciaba a la Susan Sontang literata. Aquí muchos desprecian las letras simplonas de Mario Mendoza pero no hay quién se lo diga en su cara, y así con otros autores, y así con otros libros. Los jóvenes lo consumen con avidez, lo siguen por doquier, llenan auditorios y lo tratan como a un semidios. Es un <em>rockstar </em>a su manera. El marketing obra esa clase de milagros.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-4b89b993875d86ad0e7dfac7ccbdc79d">En el Suplemento Literario Ilustrado (<strong>El Espectador,</strong> 12 de noviembre de 1926), el crítico Luis Trigueros escribió sobre La vorágine: “Las fabulaciones de Rivera –hay que reconocerlo- carecen de método, de orden, de ilación: <em>La vorágine</em>, pongo por caso, es un caos de sucesos aterrantes, una maraña de escenas inconexas, un confuso laberinto en que los personajes entran y salen, surgen y desaparecen sin motivos precisos ni causas justificativas”. </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-ee2f48b191db256b48686f0ffd1403da">El destinatario de la diatriba, José Eustasio Rivera, le respondió, a los pocos días en dos artículos distintos, a través de las páginas de El Tiempo: “… con espíritu cicatero farfullaste un esbozo mísero de mi novela, en el cual, por poder llenar una página de revista, embutiste citas inocuas y párrafos míos a manera de transcripciones. ¿Dónde están los tesoros de tu sabiduría que nos los derramaste a manos llenas…?  (…)  acudiste para juzgarme La vorágine a un procedimiento doloso y desleal: tomaste la primera edición, a sabiendas de que la segunda salió corregida y teniendo la tercera en tu poder. (…) A qué hado adverso obedeciste cuando te dio por meterte a crítico, como si eso fuera empresa fácil”. (Del libro <em>La vorágine: Textos críticos</em>, compilación de Monserrat Ordoñez Vila, Alianza Editorial Colombiana.</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>Sin crítica literaria no hay <em>Parnaso</em> colombiano</strong></p>



<p>La ausencia de crítica literaria le ha hecho daño a la literatura colombiana. Ni el editor ni el lector están para cumplir esa función, ya sabrán por qué. A los medios de comunicación alguna culpa les cabe. No hay crítica literaria en la prensa colombiana o la poquísima “crítica” que sobrevive la hacen los propios amigos de los escritores, así que en vez de crítica hay alabanzas camufladas a modo de reseñas, y algunas tan mal hechas que torpemente resumen el libro —hacer espoiler se llama— que nos &#8220;ahorran&#8221; el trabajo de leer. Entre amigos se tapan con la misma cobija y eso le hace daño a la literatura.</p>



<p>Pasaron a mejor vida los críticos literarios (con todo lo malo y lo bueno que tengan) y nadie los echa de menos. Sin críticos, la literatura va ahí, a tientas, a la deriva, como todo lo demás, incluidos nosotros, en este foso oscuro que es el Universo, tan necesitado de luz para llegar al <em>Parnaso.</em>  </p>



<p><strong>Truman Capote</strong> dijo: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Es decir, autocompadecerse no es suficiente si se trata de superarse a sí mismo. No hay más remedio que devolverle a la crítica y a los críticos su lugar: resucitarlos.</p>



<p>La crítica sirve para recordarnos que lo que existe, imperfecto o regular o a medio hacer, existe, y cualquier cosa es mejor que no tener conciencia de esa existencia. Pasa lo mismo en el periodismo. El problema tal vez no sean los críticos, sino la falta de humildad de los criticados. En un país de sordos —¡y este abusa de su sordera!—, bueno sería entonces que a quien le caiga el guante se lo chante. Al fin de cuentas, la humildad no es más que una cabeza gacha aferrada a la pluma, al teclado.</p>



<p><strong>Gustave Flaubert</strong> dijo: “Nadie le hará jamás una estatua a un crítico”. Aceptemos también que hay escritores sin estatuas. En Colombia el problema es que no somos dados a honrar a nuestros escritores, y entre ellos pasa lo mismo. El respeto y el prestigio se han diluido en celos y soberbias. Han confundido cofradía con mafia de escritores. Dice Javier Cercas: &#8220;Hay que acabar con la soberbia del escritor endiosado&#8221;. </p>



<p>Se entiende que nadie quiere ser presa del ridículo y el crítico debe saber que ese no es el papel que se espera de él o ella.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>La alegría de leer</strong><strong></strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-176de722a842670ebebd1cfb7961a81f"><strong>“Escribo a los 66 años con el mismo propósito que tenía a los dieciséis que es, desde luego, dar sentido a mi vida y quizás ayudar a otras personas a dar sentido a la suya”: John Cheever, escritor estadounidense.</strong></p>



<p>Ahora bien, el placer de la lectura sigue siendo un privilegio de pocos y tengo la impresión, además, de que el grueso de la población no entiende cuál es el valor que tiene o podría tener la literatura en sus vidas, y tampoco se hace lo suficiente para despertar en la gente el sentido del gusto literario, ese lector en potencia criado desde la infancia, o el adulto que no tuvo infancia lectora.</p>



<p>Desacralizar la literatura es un asunto que daría para conversaciones infinitas.&nbsp;Volvamos a Capote: “Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí diecisiete años”.</p>



<p>Los escritores colombianos son como los inquilinos de un manicomio: allá en su rincón cada loco con su tema, cada <em>genio</em> con su historia. Falta articulación, identidad literaria, acallar los ruidos individuales con un noble propósito superior: el hito sinfónico creador. El boom colombiano con bombos y platillos.</p>



<p>Hacia afuera el gran referente sigue siendo Gabo (perdón, por las confiancitas), a pesar de que hay unos tres nombres, quizás cuatro, ¿a lo sumo cinco? (en todo caso, muy poquitos, casi nada), con la suerte de ser profetas en tierras ajenas, alejados (¿separados?) de sus orígenes, casi incomprendidos, la tragedia del hijo negado, que persiste en el sueño de encontrar la universalidad. Por lo tanto, es la literatura colombiana la que debe emprender el regreso a Itaca. </p>



<p>Esos <em>poquitos </em>se leen más allá que acá, porque acá seguimos sin encontrar la pócima que permita la multiplicación de los lectores. Todo lo contrario: cada vez se lee menos y un día se nos olvidará que sabíamos leer y otro día se nos olvidará que sabíamos escribir. Con el tiempo hay cosas que entran en desuso. Si la IA impone su tiranía, los humanos seremos lo próximo a desechar. ¡Carita triste! Réquiem anticipado por nosotros. </p>



<p>A veces me pregunto si la inteligencia artificial obligará a los escritores a replantear la manera cómo se escribe la literatura o si, por el contrario, esta sobrevivirá por los siglos de los siglos bajo los métodos y formas que conocemos. Desde luego hablo como lector y creo que el asunto nos sobrepasa. Tal vez un buen escritor de ciencia ficción podría anticiparnos ese futuro. O no futuro. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="1001" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-1024x1001.jpg" alt="" class="wp-image-116725" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-1024x1001.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-300x293.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-768x751.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1.jpg 1080w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Lector en Transmilenio, una rareza en estos tiempos. </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-bfca72ce420a6e04a45cad9b0f2cc0b7"><strong>Jane Austen en su novela <em>La abadía de Northanger</em>: &#8220;Quien no disfruta de una buena novela, ya sea caballero o dama, debe ser intolerablemente estúpido&#8221;.</strong></p>



<p>Al mediador de lectura debería dotarse de un rol protagónico, lo mismo que al librero, sin las ataduras comerciales que impone el mercado para cuadrar caja. El día que se vendan libros como pan caliente muchos habrán saciado un tipo de hambre para el que ignoraban la existencia de ese alimento: el deleite lector. Incentivar los talleres de lectura ayudaría en tal propósito con la ventaja adicional de abrir un espacio seguro contra la soledad, <em>mal</em> que se propaga como la peste, virtud incomprendida.</p>



<p>Se les abona a personas como Carolina Sanín que enseñen literatura, formen lectores, y de vez en cuando les den fuete a sus colegas. Se necesitan huevos para eso y ella los tiene. Pero se requiere humildad por parte de los escritores, de ellos y de ellas: deshacerse de cualquier falsa superioridad.</p>



<p>Para hacerse lector, y de paso apoyar a los nuestros, está bien empezar por Mario Mendoza, pero está mal quedarse ahí, y en ese único autor habiendo grandes promesas y autores no comerciales que superan por mucho a aquel. Hay que nadar sin miedo hasta la profundidad, allá donde pervive lo insondable del alma humana. Ojalá los muchachos no se queden en la orilla: sería como negarse a crecer. Y crecer es una obligación hasta encontrar nuestro muy íntimo final. Entre una cosa y la otra, entre nacer y morir, está la literatura. Buena o mala. Hablamos aquí de ambas literaturas: la de ficción y la de no ficción que usa recursos de la primera. Si es buena, nos ayuda a encontrarle un sentido a la existencia, o a dárselo. (Acotación: Yo preferiría que el bautismo de los nuevos lectores se haga con cualquiera de los libros de García Márquez que, por obligación y no por placer, leímos en el colegio hasta aborrecer la literatura en general y a Gabo en particular, pero cada quien tendrá su fórmula de iniciación).</p>



<p>¿Quién tiene la vara de Moisés para separar las aguas: lo bueno de lo malo? ¿Cómo separar la paja para hallar el trigo?</p>



<p>Las editoriales publican como locas pero, carentes de estrategia, sin plan para promocionar a sus escritores de manera adecuada. Tienen, eso sí, un plan para pasar libros por la guillotina en caso de que no se vendan. Quedé sin palabras el otro día al escuchar <a href="https://open.spotify.com/episode/6ik3qhIb4MuzDwN6V60y8R?si=V2q9WMpJSGqYCaAlkdovhA">en este pódcast</a> a una editora, de una editorial colombiana, afirmar que muchos de los libros que no se venden, se pican.</p>



<p>¿En serio se destruyen libros en Colombia? Entonces, ¿para qué satanizar a la Inquisición, que los quemaba en el pasado, si de todas maneras algo parecido se hace hoy en vez de donarlos a quienes no tienen ni tendrán con qué comprarlos? Es terrible. ¿Sacrificar árboles por nada? ¿Cuál es la responsabilidad de un editor que, con buen ojo, podría evitar una matazón de árboles innecesaria? Es como si alguien me dijera que la comida toca botarla porque nadie la compró. ¡Qué locura es esa!</p>



<p>Más no es todo: La misma persona confirma con cifras en mano la manera inaudita cómo cada mes se inunda de libros el mercado local. ¿Quién financia esto, cómo se sostiene una industria si no venden los libros o es que producen libros para un mercado inexistente? ¡Me perdí!</p>



<p>Hay que poner los libros al alcance de la gente, no triturarlos.</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>El derecho a la literatura</strong></p>



<p>De tiempo atrás muchas voces abogan por la democratización del libro, convertirlo en un artículo básico de la canasta familiar –es decir, hacerlo accesible a la gente, no solo a quienes tienen recursos para adquirirlo. En <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/">este mismo blog</a> expuse las preocupaciones sobre el tema y la necesidad de actualizar la obsoleta Ley del Libro (Ley 98 de 1993).</p>



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<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="CnzRfYHgzF"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/">Dejad que los libros vengan a mí (Un llamado a la industria editorial)</a></blockquote><iframe class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;Dejad que los libros vengan a mí (Un llamado a la industria editorial)&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/embed/#?secret=JcwyK6KsdY#?secret=CnzRfYHgzF" data-secret="CnzRfYHgzF" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
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<p>Y, como en todo, debería importar más la calidad que la cantidad. Con razón, Fernando Vallejo afirma lo siguiente en su novela “Escombros” (página 137): “Hoy en día sacan novelas como pollos de una incubadora. Nooo, esto no es así de fácil, hay que vivirlas y meditarlas mucho”, dice.</p>



<p>En igual sentido, Arturo Pérez-Reverte publicó en el portal Zenda <a href="https://www.zendalibros.com/perez-reverte-las-editoriales-tienen-muy-poca-verguenza">este demoledor ensayo</a> sobre el mundillo editorial donde no deja títere con cabeza; aunque habla de su país creo que la enfermedad se propaga por estos lares, “<em>indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura”, </em>dice el escritor español.</p>



<p>Y continúa: “Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta, (…) Es una lástima que algunos que podrían ser brillantes carezcan de las herramientas técnicas, las lecturas o el cine que hoy son necesarios para un oficio que no consiste solo en teclear lo que tienes en la cabeza, sino en años de trabajo duro, respeto por los maestros, educarse en el conocimiento de los clásicos y, sobre todo, ser capaz de crear algo que no se haya hecho antes —eso es muy difícil— o contar lo que desde hace siglos se cuenta, pero de una manera diferente, actualizada (…) desde hace tiempo las casas editoriales, que antes eran criba y filtro de calidad, se han lanzado a la ofensiva descarada del todo vale, saturemos los anaqueles, maricón el último.&nbsp;(…)Da igual que sepan escribir o no, pues para eso están los editores y los llamados&nbsp;<em>negros literarios,</em>&nbsp;que ponen su talento e imaginación bajo el nombre de quien se limita a insinuar una idea, una trama básica, o a aportar unas notas en el móvil&nbsp;(…) las casas editoriales, con su ambiciosa desvergüenza, son las principales culpables de semejante acumulación de basura”.</p>



<p>Sobre calidad literaria habló García Márquez en un artículo publicado en 1959, con el título <em>Dos o tres cosas sobre “La Novela de La Violencia”: <strong>“No es asombroso que el material literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia, no haya producido ni un escritor ni un caudillo”. (&#8230;) “Había que esperar que los mejores narradores de la violencia fueran sus testigos. Pero el caso parece ser que éstos se dieron cuenta de que estaban en presencia de una gran novela y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia, de tomarse el tiempo que necesitaban para escribirla”.</strong></em></p>



<p>Recuerden tres cosas: en ese momento todavía faltaban ocho años para la publicación de&nbsp;<em>Cien años de soledad</em> (1967), la idea de esta novela rondaba en su mente desde la adolescencia (según cuenta su hermano Eligio en el libro “Son así: Reportaje a nueve escritores latinoamericanos), y le tomó dieciocho meses de encierro en Ciudad de México para escribirla (1965-1966).</p>



<p>Gabo lo tuvo claro: es menester que la literatura se ocupe del asunto de la violencia. Me pregunto hoy, primer cuarto de siglo del siglo veintiuno, si los escritores y las editoriales colombianas tienen claro cuál es el tema o los temas de nuestro tiempo, eso de lo cual estamos siendo testigos los vivos. ¿O acaso, como un siglo atrás, los autores siguen escribiendo con afán y sin pericia?</p>



<p>Los dictadores, la novela sobre el poder, fue tema obsesivo dentro del <em>Boom latinoamericano</em>. ¿Cuáles son hoy, sí las tienen, las obsesiones de los escritores?</p>



<p>El escritor tiene un compromiso con la literatura, esa sensibilidad literaria que lo ata a su tiempo, ese presente que no tiene ya ni pasado ni futuro en los libros inmortales.&nbsp;¿Sigue siendo acaso la violencia y la novela de la violencia, de cualquiera de nuestras múltiples ruinas, el tema recurrente?&nbsp; Había que preguntarse qué es Colombia en este momento para aventurar una respuesta, y dudo mucho de que haya claridad o consenso al respecto.</p>



<p>Gabriel García Márquez partió la historia de la literatura colombiana en dos y la situó en el croquis universal. Preguntémonos qué cosa extraordinaria ha pasado después de Gabo. Si sus libros se leerán dentro de cien años, como muchos profetizan, hay que preguntarse si se leerán dentro de cien años los escritores de ahora, sabiendo que ni siquiera se leen hoy, más allá de unos reducidos círculos de adoradores. ¿Qué clase de libro es ese del que se habla durante veinte días y luego se olvida?</p>



<p>Yo solo hago preguntas: ¿Qué libros de autores colombianos clasificarían dentro de eso que llaman canon literario?¿Hay más escritores que literatura? </p>



<p>Hay buenos escritores. Y cada uno se mueve al vaivén de su pequeñísima gloria, solito, como la solitaria, aislado, indefenso, rey en su minúsculo reino, creyéndose su fama, alimentando vanidades, tan efímeras ambas; cada autor asumiéndose importante, quizás no relevante, y por lo mismo tanto, desligado de una voz coral que blinde nuestra literatura. ¿Le falta espesor u otro hervor a la sopa? </p>



<p>No tiene eso que sí tienen, por ejemplo, las literaturas de México, Argentina o Chile, eso que las hace poderosas de puertas hacia afuera, desde cuando vivían Rulfo, Borges o Neruda; Fuentes, Cortázar o Bolaño.</p>



<p>Creo que la literatura colombiana no ha logrado <em><strong>matar el</strong> <strong>Boom latinoamericano</strong></em>, mejor dicho, no ha logrado <em>matar </em>a Gabo, y eso que en el <em>el arte de matar</em> sentamos cátedra. Creo que es hora de acometer el asesinato simbólico y de que ahora sí los escritores se pongan serios a hacer historia con vocación literaria absoluta: escribir la historia del post-boom. Gabo murió hace doce años y el último del <em>boom,</em> Mario Vargas Llosa, acaba de morir. Asustarse con fantasmas son excusas.</p>



<p>Por ahí leí que los genios nacen una vez cada siglo.&nbsp; Bueno, si García Márquez nació en 1927, es posible que falte poco para que una pareja de enamorados esté próxima a engendrar el segundo Premio Nobel de Literatura colombiano y, en el mejor de los casos, faltarían dos décadas más para que publique su primera novela. Con suerte estaremos vivos para leerla.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="768" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-116716" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-1024x768.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-300x225.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-768x576.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-6deb966dec3e18b97069dc230c5d9184"><strong>“Los textos que viven cien años son aquellos en los que el autor mostró, a través de un pequeño detalle, la dimensión universal, cuya grandeza dura. Los textos que carecen de este vínculo desaparecen”: Ryszard&nbsp; Kapuscinski, citado por Jairo Osorio en el libro “Tan buena Elenita Poniatowska: Noticias de autores y libros”.</strong></p>



<p>Decía Fiódor Dostoievski, el escritor ruso, que quien haya leído <em>Don Quijote de la Mancha</em> habrá justificado su paso por este mundo. «Oh, este es un gran libro, no como los que se escriben ahora; estos libros se envían a la humanidad cada varios cientos de años», escribió en <em><a href="https://www.elconfidencialdigital.com/articulo/la_voz_del_lector/opinion-dostoyevski-quijote-poder-transformador-literatura/20220422181109384479.html">Diarios de un escritor</a></em><strong><em>.</em></strong></p>



<p>Maialen Aguinaga Alfonso, investigadora literaria española, nos regala esta otra frase de los Diarios de Dostoievski: “En todo el mundo no hay obra de ficción más profunda y fuerte que ésa. Hasta ahora representa la suprema y máxima expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre y, si se acabase el mundo y alguien preguntase a los hombres: Veamos, ¿qué habéis sacado en limpio de vuestra vida y qué conclusión definitiva habéis deducido de ella? Podrían los hombres mostrar en silencio el Quijote y decir luego: «Ésta es mi conclusión sobre la vida y… ¿podríais condenarme por ella?»&nbsp;</p>



<p>Quizás eso es lo que les está faltando a los escritores colombianos: comprometerse con la literatura pero también con su tiempo; comprometerse a fondo con la vida misma. Porque la literatura es la vida que pasa ante nuestros ojos y para la posteridad los escritores colombianos deben decirnos qué tanto vieron sus ojos y qué tan capaces fueron de encontrar totalidad en su prosa.</p>



<p>Parafraseando a Dostoievski, cualquier colombiano que lea <em>Cien años de soledad</em> habrá justificado su existencia y su paso por esta tierra, de esas obras maestras que toca leer al menos una vez antes de morir, aunque uno termina releyéndola&nbsp;por infinito placer. Con todo, faltan muchos más libros y autores de los que podamos decir lo mismo. Es imperdonable partir sin haber leído algo, cualquier cosa, de la extensa y maravillosa obra que dejó García Márquez. Creo que el país sigue en deuda con él. &nbsp;</p>



<p>Pero, sobre todo, persiste la vieja deuda de narrar la Colombia de nuestro tiempo, de este tiempo que si bien se narra, parecen los retazos sueltos, no la obra consumada. En últimas, <em>matar a Gabo</em> no significa nada distinto a desmontar la maquinaria detrás de su universo macondiano, no para comprenderlo a él y su obra, sino para alentar la creación desde ceros, que es continuar el camino; es decir el regreso a Itaca: es decir, el regreso a Macondo, ahora con el propósito de <em>destruirlo</em>… por segunda vez y ojalá para siempre.  Se anticipa un viaje peligroso. Una nueva estirpe de escritores debe<em> asegurarle </em>a la literatura una segunda oportunidad sobre esta tierra, no condenarla.</p>



<p>El reclamo de Gabo sigue siendo válido ya no hacia atrás (de 1959) sino hacia adelante (casi 70 años después), para continuar la tradición que empezaron él y sus&nbsp;antecesores. Dice Gabo en el mismo ensayo mencionado arriba: &#8220;No se empieza una tradición literaria en veinticuatro horas&#8221;. Si, como lo suponía él, no había &#8220;algún escritor profesional, técnicamente equipado&#8221; que &#8220;haya sido testigo de&nbsp;la violencia&#8221;, ¿de qué son testigos quienes le sobreviven? ¿Son conscientes las generaciones posteriores al Gabo la responsabilidad que recae sobre sus hombros?</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>La orfandad del escritor</strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-a7213f4de8e849956732bc72edecc5a9"><strong>“Si el escritor no se mueve, nadie se va a mover por él, nadie lo va a ayudar. Y será siempre un paria de la sociedad, un trabajador sin futuro”: Carlos Fuentes, escritor mexicano.</strong></p>



<p>En un país que no promociona de manera suficiente a los autores y sus obras, aplaudo la iniciativa de Señal Colombia con su <strong>“Señal Literaria”, </strong>conducida por Erick Duncan, para sacar a los escritores de sus cuevas enmohecidas. No sé si están todos los que son o si los que están son todos buenos, pero esta iniciativa contribuye a la promoción de la literatura local y, por lo tanto, a la formación de un país lector.</p>



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<iframe loading="lazy" title="Señal Literaria - Capítulo 29: Evelio Rosero -  Martes 18 de febrero" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/BoVpRSP8l58?list=PLdRQxCJRB6fccXKl92o45DkaVmyg3N5n0" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>Asistí, en la FILBo, a la presentación de <em>“Camino al bosque”,</em> un cuento póstumo para niños del colombiano David Sánchez Juliao. No veo una sola referencia sobre esta obra en la prensa colombiana. Entiendo que a muchos autores les ha tocado apañárselas para ser ellos mismos los promotores de sus libros.</p>



<p>La Feria del Libro de Bogotá necesita reingeniería. No basta con traer cada vez uno o dos escritores de renombre internacional —rarísima vez un premio Nobel— a cambio de presenciar el mismo cuadro monótono de siempre: un enjambre de personas desorientadas yendo de un lado para otro dentro de Corferias, sin saber a dónde van, porque además dentro del recinto ferial la señalización es regular; algunas salas no están bien identificadas y la zonas de comidas suele estar más atestadas de gente que las salas de conferencias.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1006" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-1024x1006.jpg" alt="" class="wp-image-116728" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-1024x1006.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-300x295.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-768x754.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Sede de la Cámara Colombiana del Libro en Bogotá. Fotografía del autor. </em></p>



<p>Hay dos Colombias ocurriendo en simultánea pero abismalmente separadas: la una&nbsp;transcurre en Bogotá, donde pareciera que sucede lo único que importa, y la otra Colombia es el resto del país, desconectada, más naciones dentro de una misma nación. El <em>boom colombiano</em> —como la promesa autoimpuesta— puede ser&nbsp;respuesta y antídoto ante esa única nación fracturada.&nbsp;</p>



<p>Podríamos intentar unificarlas a través de los libros, pero no única ni solamente por la vía de las ferias regionales. Ahí está el desafío. Los señores de la Cámara Colombiana del Libro, entidad que tiene el monopolio de la FILBo, deberían&nbsp;pensar cómo hacerlo. A la Feria del Libro de Bogotá ya da pereza ir y la entrada económica no es; hay que reinventarla antes de que el tedio nos quite las ganas de leer. Es hora de otorgarles el protagonismo merecido a las editoriales independientes, que contribuyen a enriquecer el firmamento libresco sin ínfulas mercantilistas.</p>



<p>Tal vez hoy necesitemos una comisión de sabios que nos ayude a reconciliar a todas las Colombias: encontrar el alma, el espíritu polifónico por medio de la escritura. Ni siquiera hemos logrado unir una sola nación que se sienta orgullosa de tener su único Premio Nobel de Literatura. Aceptemos que hay un problema de desamor propio por resolver, ese yo interior como sociedad, a través de un artificio colectivo.</p>



<p>En el único sentido que le cabe a la expresión, hay que convocar a los espíritus (ya se ha hecho antes) para conjurar los hitos de nuestra historia, la real y la de ficción.</p>



<p>En algo hemos fallado, ¿podemos remediarlo? Se habla mucho en Colombia de las élites políticas y económicas. ¿Qué hay de las élites culturales? Va siendo hora de preguntarles, sin pena y sin temor, qué responsabilidad les cabe en lo dicho hasta aquí. Tienen la palabra, ojalá y no para refunfuñar.</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116705</guid>
        <pubDate>Sun, 08 Jun 2025 13:01:40 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222147/ZETA-LITERATURA.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La literatura colombiana está en crisis]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Dejad que los libros vengan a mí (Un llamado a la industria editorial)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Solemos olvidar las miserias de otras épocas, en parte porque la literatura, la poesía y las leyendas celebran a aquellos que vivieron bien y olvidan a quienes se ahogaron en el silencio de la pobreza” (Irene Vallejo, &#8220;El infinito en un junco&#8221;) Hay un cuento de Clarice Lispector que me encanta: “Felicidad clandestina”. Así empieza: [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong><em>“Solemos olvidar las miserias de otras épocas, en parte porque la literatura, la poesía y las leyendas celebran a aquellos que vivieron bien y olvidan a quienes se ahogaron en el silencio de la pobreza”</em></strong> (Irene Vallejo, &#8220;El infinito en un junco&#8221;)</p></blockquote>
<p>Hay un cuento de Clarice Lispector que me encanta: “Felicidad clandestina”. Así empieza: <em>“Ella era gorda, baja, pecosa y con el pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras seguíamos siendo planas. Por si fuera poco, se llenaba los dos bolsillos de la blusa, sobre el busto, con caramelos. Pero tenía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un padre que era dueño de una librería”.  </em></p>
<p>La protagonista anhela que esa niña odiosa le preste uno de sus libros. Bien pudo ser la historia de la misma Clarice por las condiciones de pobreza en que su familia judía llegó a Brasil en 1922 –ella con 12 años- huyendo del caos, el hambre y la guerra racial que se vivía en Ucrania hace un siglo. (Cualquier parecido con el presente nos demuestra que la Historia tiene el poder maléfico de auto reciclarse).</p>
<ul>
<li><em>—<strong>“Era un libro grueso, Dios mío, era un libro como para quedarse a vivir con él, comiéndoselo, durmiéndoselo. Y absolutamente por encima de mis posibilidades. Me dijo que pasara a su casa al día siguiente y me lo prestaría”.</strong></em></li>
</ul>
<p>El relato toca la realidad de aquellas personas sin dinero para comprar libros. Porque no es lo mismo tener un libro que le pertenece a uno –como los carritos o las muñecas de la infancia- a tener uno que, después de leído, toca devolverlo, bien sea a la biblioteca o a su dueño. Un libro al que uno pueda regresar cuando se le dé la gana, sin tener que pedir permiso; rayarlo o subrayarlo si quiere, dejarlo en el regazo por mero placer o usarlo para espantar el tedio de viajar en Transmilenio -¡lo que al lector se le ocurra!-, sin tener que pedir permiso o ser multado por arruinarlo.</p>
<ul>
<li><em>—“<strong>El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico”. </strong></em></li>
</ul>
<p>De niño no tuve libros propios –los leía en la pequeña biblioteca del barrio vecino-, en tanto mis textos escolares fueron de segunda mano, comprados en las antiguas casetas de San Victorino, algunos en condiciones lamentables, como si hubiesen sobrevivido a la <em>Guerra de los mil días</em>. Pero fui feliz y aprendí con ellos. Recuerdo con especial afecto el de <em>Español sin fronteras</em> 7: en sus páginas descubrí que quería ser periodista. Tenía 14 años, hacía séptimo grado. Era 1985.</p>
<p>Muchas veces capé catequesis por irme a leer sentado en unas butaquitas de colores; no recuerdo una felicidad infantil más grande que aquella. Prefería leer en vez de escuchar al padrecito Carlos, que fumaba cigarrillos a escondidas y tenía una novia que lo visitaba en la casa cural vistiendo su jardinera azul de cuadros; sigo creyendo que él le hacía las tareas.</p>
<p>No pocas veces sentí el deseo de robar algún libro pero no lo hice. De viejo me pasa que los presto y prestados se quedan.</p>
<p>Estas últimas semanas he vuelto a tener sentimientos encontrados, por la noticia que trae el periódico a seis columnas: desmantelada organización criminal dedicada a la piratería de libros en Bogotá. Según el reporte policial, el material incautado –avaluado en $27 mil millones- tenía como destino el mercado negro en ocho localidades de Bogotá, entre ellas Ciudad Bolívar y La Candelaria. Ninguna del norte en todo caso.</p>
<p>Llamé al secretario de la Cámara Colombiana del Libro, Manuel José Sarmiento, quien me confirmó el daño tan tenaz que la mafia le causa a la industria editorial. Las pérdidas anuales ascienden a $181 mil millones por piratería, más o menos el 20% de la venta legal, estimada en $891 mil millones, con una producción de 17 mil títulos al año.</p>
<p>Me cuenta que los libros más pirateados son los técnicos/científicos ($92 mil millones, que incluye el mercado ilegal por internet -PDFs-y fotocopiado); seguidos por los libros de interés general y literatura -novela, cuento y poesía- ($54 mil millones) y los textos escolares ($35 mil millones).</p>
<p>Al revisar dicho reporte, surgió mi contradicción: qué bien que castiguen a los hampones que se lucran con lo ajeno pero muy bueno también que estemos leyendo literatura, en medio del grito desesperado “porque ya nadie lee”. Cuando se señala las localidades del sur como el destino de libros piratas, significa que el hambre literaria, como el hambre biológica, no distingue estrato. Sólo que un pobre no tiene los $50 mil, $60 mil u $80 mil que puede costar en promedio un libro, ni siquiera los $25 mil de una edición económica.</p>
<p>El doctor Sarmiento me hace una aclaración necesaria. <em>“La piratería es una vagabundería inaceptable. Ahí no hay ningún Robín Hood queriendo divulgar la literatura”. </em>De hecho, en una época los mismos delincuentes le confesaron lo rentable que resultó el negocio en comparación con el narcotráfico por la relación riesgo-beneficio, ya que al pirata no se le perseguía como a otros delincuentes. Él sabe de lo que habla, pues lleva 27 de sus 62 años dedicado a la industria editorial y la lucha contra la piratería. Considera además que &#8220;la extinción de dominio a los bienes dedicados a la  piratería es un punto de quiebre de este fenómeno delictivo en Colombia&#8221;.</p>
<p>Y tiene toda la razón. No está bien pagar $10 mil pesos que cuesta un libro de mala calidad en el marcado negro -la impresión es pésima, les faltan hojas y se desbaratan con solo mirarlos-, atentando contra los derechos de autor y una industria legal que sí paga impuestos, genera empleos y apoya a los escritores.</p>
<p>Sin embargo, y sin querer exculpar a los delincuentes, -¡faltaba más!- hay quienes todavía se preguntan porque en Colombia el libro sigue siendo un artículo de lujo, destinado a una élite con poder adquisitivo, inalcanzable para el grueso de la población, como la muchacha del cuento. Para alguien que gana el salario mínimo, o menos, un libro equivale a  la comida de una semana.</p>
<p>¿Fue ahí donde la cultura criminal de lo <em>chiviado</em>  encontró su caldo de cultivo para florecer?</p>
<p>Aunque la comparación parezca tonta, se podría decir que pasamos de los libros prohibidos por la iglesia católica (que a través del <em>index liborum prohibitorum</em> vetó durante casi 400 años aquellas publicaciones que “dañaban la moral cristiana”) a los libros vedados para quien no tiene con qué comprarlos, sin otro camino que pedirlos en préstamo.</p>
<p>“<em>En aquel tiempo no existía todavía el comercio de libros, y solo podías conseguirlos copiándolos tú mismo (y para eso necesitabas ser un escriba profesional) o arrebatándoselos a otros como botín guerra (y para eso necesitabas derrotar al enemigo en peligrosas batallas), </em>nos recuerda Irene Vallejo en “El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo”, página 69.</p>
<p>Consulté a los que saben: ¿Cómo lograr que pobres y ricos tengan la oportunidad de comprar el mismo libro? Un debate parecido se planteó ya sobre la boletería para ingresar a la Feria del Libro de Bogotá.</p>
<p><strong>Felipe Ossa</strong>, gerente de la Librería Nacional, se pregunta: <em>“¿Los libros son caros con respecto a qué? ¿Cuánto vale una boleta para fútbol? ¿Una ida a una discoteca?  ¿Una botella de aguardiente?&#8230; Esto de los libros caros es una cuestión cultural. Una excusa para no leer. Muchos libros se consiguen en ediciones económicas; las ediciones de bolsillo, por ejemplo. Por otra parte, no es fácil que todos los libros sean baratos cuando muchos son importados y se pagan en euros o dólares”. </em></p>
<p>La escritora <strong>Piedad Bonnett</strong> concuerda con él en que <em>“lo ideal son las bibliotecas de bolsillo, que aspiran a la democratización del libro. Las editoriales sacan primero los libros en edición corriente y luego, cuando son exitosos, los convierten en bolsillo”,</em> pero ella reconoce igualmente que detrás “hay un problema comercial”. <em>“Lo ideal -asegura- es la biblioteca pública, que da acceso a todo tipo de lector, pone el libro en todas las manos. El libro de segunda es otra opción. Que las grandes bibliotecas privadas lleguen finalmente a manos de los que no pueden comprar”.</em></p>
<p>A propósito de lo último que dice ella,  en “El infinito en un junco” (página 336) encuentro una idea filantrópica para nuestro tiempo: “<em>Durante toda la Antigüedad, pesaba sobre los ricos la obligación no escrita de gastar parte de su riqueza en la comunidad (…) Si un millonario rácano necesitaba un suave empujón para abrir la bolsa, los plebeyos acudían a la puerta de su casa a cantarle coplas sarcásticas y a burlarse de él”</em>.</p>
<p>Desde otra esquina,<strong> Natalia García, </strong>editora de Penguin Random House, argumenta: <em>“No es tan simple como bajar precios y ya. Hay que tener en cuenta todo el modelo de negocio que hay detrás de una editorial. Más que un tema de pobres o ricos, también es cuestión de aprender a usar los recursos que existen, como las bibliotecas públicas. Bogotá cuenta con una red muy buena. Hoy en día se pueden alquilar libros digitales o físicos sin ningún costo”. </em></p>
<p>Lo de abaratar los libros para hacerlos accesibles a más gente se me ocurrió por una amiga chef. Me perdonan las editoriales y los autores si la comparación resulta tonta, odiosa, atrevida, o todas las anteriores. El restaurante de Carolina queda a seis cuadras de mi casa: ella optó por vender más almuerzos a precios módicos que menos almuerzos a precios impagables. La comida es deliciosa, casera y balanceada; la gente hace fila para comer allí. Hoy, por ejemplo, por $12 mil, comeré bandeja con filete de robalo en salsa marinera, ensalada de la casa, crema de tomate y jugo de maracuyá. Carolina madruga tres veces a la semana a Corabastos (ella preferiría comprarles directamente a los campesinos para evitar la intermediación) y adquiere los alimentos más frescos para consentir a su clientela. En otro restaurante ese plato costaría $15 mil o más.</p>
<p>¿Qué tal si un día editoriales y libreros madrugan a buscar fórmulas para redefinir precios en aras de una verdadera democratización libresca?</p>
<p>Claudia Cañas, de la Asociación Colombiana de Libreros Independientes, ACLI, dice: <em>“El acceso al libro es un derecho de los ciudadanos. Es importante que en Colombia se empiece a hablar de una Ley del Libro, como la hay en Francia o España, por ejemplo. Se requiere de una política de Estado. Cuando eso se dé, vamos a tener protección para el libro como bien cultural, para las librerías como espacios culturales, para los libreros como gestores culturales y, muy seguramente, así lograremos un equilibrio para la circulación del libro en el país&#8221;.</em></p>
<p>Colombia tiene una Ley del Libro obsoleta (Ley 98 de 1993, cuando ni siquiera había celulares) que debe ser ajustada a esta era globalizada, no sólo en términos fiscales y parafiscales. La norma habla, por ejemplo, de Colcultura y Adpostal -dos entes ya desaparecidos- y en cambio nada menciona sobre el precio fijo del libro, tema que en Europa se volvió crucial tras el embate de multinacionales como Amazon, la librería en línea más grande del planeta.</p>
<p>Eso sin contar que la siguiente guerra será contra la inteligencia artificial. Lo resumió preocupado el escritor <a href="https://elpais.com/opinion/2023-09-26/delincuencia-artificial.html">Sergio Ramírez</a> en su columna habitual de El País de España: &#8220;Los <i>chatbots</i>, tales como el GPT  (&#8230;) al ser alimentados con obras literarias son capaces luego no solo de recordarlas literalmente, sino de recrearlas, y reproducir los contenidos y estilos para escribir obras paralelas que se parezcan a las originales, en el lenguaje característico del autor. Es decir, un inspirado o descarado plagio&#8221;.</p>
<p>Volviendo a nuestra realidad, el Congreso de la República, tan dado a promulgar ciertas leyes inútiles, nos debe la actualización de la Ley del Libro. Una ley que desestimule todas las formas perversas de piratería y plagio, y convierta los libros en un elemento/alimento de primera necesidad de la canasta familiar. Una ley que brinde estímulos para la creación de librerías y bibliotecas donde no las hay -¡en Riohacha, siendo capital de departamento, no existe una sola librería!-. Una ley que fomente la lectura en todos los espacios posibles, incluso en los hogares, para rescatar a esos lectores que se perdieron en el camino de la vida porque en el colegio se enseñó a temerles a los libros en vez de a amarlos. Y, lo más importante, se requiere una ley que ponga en el centro del universo literario a los lectores y a los autores (especialmente a los escritores colombianos, que no siempre ven compensado su esfuerzo creativo con las regalías que reciben), porque sin ellos –los que escriben y los que leen- la industria editorial no existiría.</p>
<p>Soñemos con el día en que los libros se vendan como pan caliente en Colombia. Porque la lectura le agrega significado a la vida, una dicha que millones no han probado. La chica del cuento de Clarice Lispector lo sabía:</p>
<ul>
<li><em>—<strong>“La felicidad siempre sería clandestina para mí. (…) Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante”.</strong></em></li>
</ul>
<p><strong>LAPIDARIO SEMANAL </strong></p>
<p><strong>Lunes:</strong> &#8220;Tengo que averiguar quién demonios soy&#8221; le dice, a sus 80 años, el legendario director de cine Martin Scorsese a la revista GQ. ¡Ya somos dos, míster Martín!</p>
<p><strong>Martes:</strong> Estatua de Gabo fue develada en plaza de la Aduana, con ocasión de la Feria del Libro de Barranquilla, dice El Heraldo. ¡Mil estatuas más para honrar al creador de Macondo!</p>
<p><strong>Miércoles:</strong> “Le dijo a su esposa que se iba a comprar cigarrillos y no volvió: lo encontraron 30 años después”, titula el diario Página 12 de Argentina. ¡Qué! ¿Regresó por los fósforos?</p>
<p><strong>Jueves: </strong>Titular típico de Semana: <em>“Aida Victoria Merlano soltó al aire dura confesión sobre Verónica Alcocer: ´Petro debe tenerlas bien puestas´”.</em> ¿Incursionan los Gilinski en el porno-periodismo? En la misma semana sacan un titular caído del cielo: <em>“Las dos oraciones que se le deben rezar a Dios para tener paz mental”. La necesitan en esa revista. </em></p>
<p><strong>Viernes:</strong> Una mujer sexi y atea que quiere acostarse con un sacerdote con cara de pecado. La protagonista mira a la cámara interpelando al televidente. De ella sabemos que usa el sexo para llenar los vacíos de su corazón. —&#8221;¿Quieres acostarte con el padre o quieres acostarte con Dios?&#8221;, le pregunta la terapeuta. Las dos temporadas de la serie británica <a href="https://www.youtube.com/watch?v=L3iqdpYoZNU"><strong>Fleabag </strong></a>están en Prime Video.</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
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        <pubDate>Sun, 01 Oct 2023 00:41:14 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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