Los que sobran

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“A primera vista“

En esta época, en la que gran parte de la humanidad pareciera por razón o fuerza haber entrado en modo «reflexionemos y repensémonos », he procurado invertir mi tiempo libre, que tengo la impresión es mucho menor en el confinamiento,  en leer y escuchar lo que más puedo de los otros: artículos, entrevistas, noticias, comentarios en la red. Esos otros, que están ávidos de comunicar y ser escuchados, parecen haberse propagado más rápido que el Covid19. Muchos dicen que éste es un tiempo propicio para mejorar la comunicación y acrecentar los lazos con la familia, con los amigos, con las personas que más queremos. Quién osaría contradecir eso… Sin embargo, resulta difícil a pesar del encierro, entre teleconferencias, redes de amigos, grupos de WhatsApp y noticias y esa avidez de comunicación “de todos”, que a la larga poco espacio de calidad deja para nosotros y para la tan anhelada “reflexión”.

Leer y/o escuchar, analizar para luego escribir, entendiendo la escritura como versión afinada de expresión del pensamiento, sería lo ideal, sin embargo, en medio de la ansiedad que produce todo lo que aceleradamente estamos viviendo es difícil no pensar en voz alta, o pensar escribiendo, pretendiendo quizás a través de nuestras impulsivas y en cierta medida “ligeras” expresiones poder cambiar en algo el rumbo que inevitablemente parecieran tomar los ya desaventurados sucesos.

En principio, el encierro debería ser propicio para encontrarnos con nosotros mismos, pero, ¿como apartarnos en una burbuja de aislamiento cuando los efectos de la pandemia invaden desde lo más íntimo hasta lo más irrelevante de nuestra vida cotidiana?  Es difícil estar en nuestra casa sin pensar recurrentemente en el diario vivir de los otros y no solo de los nuestros. Pensamos, en nuestros  parientes, amigos, vecinos, por supuesto,  pero también en los que vemos deambular por la calle o frecuentar como condenados el transporte público en sus horas pico, en los que han perdido sus empleos y en los que comienzan a ver en riesgo sus pequeñas empresas, aislados en el silencio que impone el arribismo de clase media y pensando a su turno en las deudas que corren y en la posibilidad de tener que terminar fiando para comer en  la tienda si esto se sigue alargando, en los que vemos en TV recibir esos “mini-mercaditos” (con una cantidad de alimento inversamente proporcional al número y calidad de los patrocinadores, entre ellos el gobierno), con los que se supone deben vivir familias enteras durante muchos días y por los que en sus caras observamos una cierta gratitud  desmedida,  como si el evitar que nuestros compatriotas mueran de física hambre no fuera el más elemental de nuestros deberes como sociedad y el no morir ni padecer física hambre (en un país en el que a pesar de todo la comida siempre sobra), no fuera el más elemental de los derechos.

Cómo no pensar de manera recurrente en los líderes sociales y en los periodistas amenazados por adelantar investigaciones cuyas revelaciones deslegitiman por completo al gobierno, como no pensar en ellos si sabemos que sus verdugos están activos en la calle, pues ni siquiera en esta difícil época están dispuestos a otorgar una tregua.  Cómo no pensar incluso también en todos esos ancianitos que, en la soledad de sus viviendas del primer mundo, miran la TV y esperan que, si les toca su turno, al menos sean encontrados antes de estar del todo descompuestos. Como no pensar en los profesionales de la salud del mundo entero y sobre todo en los de Colombia, tan mal reconocidos y retribuidos siempre y tan expuestos en estos momentos.

Ahora bien, ¿cómo no pensar, también, en nuestro continente y nuestra región? ¿Cómo no aterrarnos del salvajismo ya conocido de líderes como Bolsonaro y Trum? Y, ¿cómo ocultar nuestro desencanto ante los desatinos del hasta hace poco prometedor Presidente Mexicano? ¿Cómo no inquietarse ante la crisis humanitaria que vive nuestra vecina Venezuela y que ahora es agravada con la pandemia? ¿Quién podría desear, en medio de esta tragedia que hasta ahora comienza, una guerra en nuestra hermana nación, una guerra que a la postre y por múltiples razones sería también nuestra?

Tan inquietante como cada desacierto de Trump para enfrentar el Covid-19 en su territorio, resulta su afán de desviar la atención poniéndole precio a la cabeza de Nicolás Maduro por su presunto liderazgo del denominado Cartel de los Soles, una red de narcotráfico que supuestamente agrupa a militares del gobierno venezolano con las FARC no desmovilizadas.

Desde 1989, cuando en cabeza de Bush (papá) Estados Unidos invadió Panamá para poner bajo arresto al General Noriega, no se había iniciado una campaña similar. Algo parecido y bajo el mismo lema de “liberación” fue lo que justificó la invasión a Irak bajo el gobierno de Bush (hijo). No hay que ser alarmistas para pensar que peor escenario no podríamos enfrentar con Trump a la cabeza de EU, si se tiene en cuenta que ni los mismos Bush estuvieron de acuerdo con su elección por sus conocidos aires ególatras e incendiarios.

Trump está lejos de ser un hombre de Estado, actúa visceralmente y, como si fuera poco, lidera una potencia que históricamente se ha impuesto por la fuerza que le confiere su menguada hegemonía, más que por las vías del dialogo y la diplomacia. El hecho es que los tentadores 15 millones de dólares y las prebendas ofrecidas a los militares que opten por darle la espalda a Maduro no han tenido por el momento los resultados por Trump esperados. No obstante, la visible determinación de Trump de intervenir en el destino de Venezuela a corto o mediano plazo parece ser difícil de disuadir.

Lo cierto también es que en estos ires y venires de la pandemia y en medio de los desaciertos de la política americana para enfrentar el momento, es igualmente torpe desconocer la desde hace muchos años cuestionable legitimidad del gobierno de Maduro y lo mucho que a causa de ésta ha tenido que sufrir el pueblo venezolano. Con la última propuesta de Trump, se deja en entredicho la solución del llamado “cerco diplomático” y el reconocimiento internacional del autoproclamado Guaidó, solución que no logró nunca hacer tambalear a Maduro como mandatario de factopero en cambio sí puso en entre dicho la credibilidad de los países que, como Colombia, le apostaron a esa pantomima.

“A primera vista”, como manifesté en un tweet,  al leer el titular de una noticia, la propuesta de levantar las sanciones a Venezuela con el compromiso de convocar elecciones el próximo año resulta viable. Para pensarlo no hay que ser “fan de Trump”, ni “arrodillada del imperio Yankee” o no creer en la “libre autodeterminación de los pueblos”, mucho menos legitimar las intervenciones en la “soberanía de los Estados”. Sencillamente hay que ser consciente de la encrucijada en la que se encuentra Venezuela y que su crisis está lejos de ser resuelta con “cercos diplomáticos”. Se necesita además romantizar menos las posibles e, incluso anheladas por muchos, intervenciones de Rusia o China para defender a “Maduro”. Si hay que defender a alguien que sea a los venezolanos y si algo merecen ellos desde hace mucho rato son unas elecciones libres y justas, aunque, claro, para que las condiciones se logren mal haría en imponerlas un país extranjero.

Que Estados Unidos considere levantar las sanciones (que existen y nos gusten o no, hacen mucho daño) es un comienzo, aunque éste debería ser de hecho un gesto unilateral y no condicionado, una tregua más que justa y racional en estos tiempos de pandemia. Que para ello se plantee la posibilidad de un gobierno de transición que garantice la convocatoria de unas elecciones libres en el mediano plazo no debería chocarnos, menos en estos niveles de riesgo en los que ya estamos.

Ahora, que la letra chiquita de la propuesta despierte razonables reticencias y que venga de Trump, quien no genera confianza alguna, en nada quita que es lo que al día de hoy tenemos. Rodear “incondicionalmente” en estas circunstancias a Nicolás Maduro está lejos de ser sensato. La propuesta de Trump es eso, una propuesta, y Maduro debería tomarse “el tiempo” de reflexionarla para contestarla, con sus respectivas condiciones, claro, procurando comenzar un diálogo en el que el principal ganador sería el pueblo venezolano.

Que a primera vista una propuesta de Trump nos parezca viable no hace de nosotros unos tibios, faltos de conocimiento, determinación o carácter, como tampoco los discursos progresistas “coyunturales” de personajes como De La Espriella o el Patriota hacen de ellos personas menos cuestionables.

Quisiéramos que este fuera tiempo de profunda reflexión, pero nos guste o no estamos viviendo en cierta medida “tiempos de guerra”.  Nos toca estar alerta, reaccionar a tiempo, expresar nuestros temores, nuestros descontentos, la censura o auto-censura son más graves en términos de nuestras libertades individuales que el mismo confinamiento. “Dejen trabajar”, decían algunos desconectados en estos días, como si al pánico de la crisis no se juntara el desencanto y desconfianza hacia algunos recién elegidos y hacia el gobierno. Las medidas fundamentales se tomaron tímidamente y tarde y algunos parecieran estar más pendientes del aplauso que de la eficacia de sus políticas.  Ningún gobernante en el mundo estaba preparado para un desafío tan grande, la evaluación de quienes nos gobiernan la debemos realizar tanto en el corto, mediano como en el largo plazo y gradecidos deberían estar los gobernantes con la ciudadanía que informada participa dando ideas  para que puedan afrontar mejor la crisis. Ni los elegidos son infalibles, ni los ciudadanos en estas circunstancias, unos convidados de piedra incapaces, llamados en el mejor de los casos para medir los niveles de aplausos.

En tiempos como los que vivimos, los ciudadanos estamos llamados a estar en la primera línea, observando, vigilando, controlando y, por supuesto, expresando nuestras ideas y aportes. La democracia no está en pausa y las posibilidades que nos brindan las nuevas tecnologías en nada nos impiden auto convocarnos, desde la virtualidad, en torno a las cuestiones que nos conciernan, total en algo estamos de acuerdo: Esto apenas comienza y va para largo.

 

 

 

 

 

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