Coyuntura Política

Publicado el Renny Rueda Castañeda

En el proyecto de una democracia real.

De entre todas las concepciones que la modernidad ha logrado adecuar en el lenguaje y el imaginario colectivo, existe una que en la actualidad supera a todas con creces. Esa es la de la palabra democracia. Probablemente una de las razones por la que esta se asimila con una facilidad peligrosa, es porque su sentido semántico da lugar a elucubraciones que como si fuesen reales, buscan crear en el espíritu de las sociedades la idea de que las decisiones se toman en grupo. En colectivo. Entonces, la proyección de un orden humano en el cual el ejercicio de la democracia como un abstracto permite conciliar el natural sentido de dignidad del individuo, que procede de saberse libre e igual a sus semejantes, se satisface con una diversidad de normas a las que se le denominan democráticas. Este fenómeno, característico de sociedades en las que la velocidad de los acontecimientos desborda cualquier mesura reflexiva, sucede con una naturalidad pasmosa. Al finalizar el día, como si fuese un trance moral impoluto, gran parte de la población se sabe demócrata y se siente vivir en una democracia.

La realidad es otra. Ante la evidencia de las limitaciones y patologías de la sociedades actuales al buscar conciliar desigualdades que se agrandan y multiplican globalmente, las nuevas generaciones se encuentran en un encargo político de dimensiones colosales. La reinvención del significado de la democracia entonces, cobra una fuerza que no ha alcanzado jamás en la historia del hombre. La pregunta no es si vivimos en sociedades democráticas, cuya respuesta es no, sino cuales han de ser las reformas políticas, sociales, tecnológicas, culturales, legales e institucionales para lograr dar forma a un sistema que se acerque a ese objetivo. Lejano, ambicioso.

En medio de esa reflexión pueden existir dos elementos imprescindibles que pueden desencadenar un proceso político dirigido a esa trayectoria. En primer lugar la tecnología como fenómeno y las herramientas tecnológicas como medio. En segundo lugar, la educación y la cultura.

 

La tecnología

A lo largo de breves siglos pasado, como un legado eurocéntrico, el ejercicio de la participación popular mediante procedimientos “democráticos”, ha permanecido casi invariable. En términos generales, la ciudadanía como acción, ha buscado reemplazar la responsabilidad política del individuo a la esfera del voto. El voto entonces, como acto y como instrumento de participación, ha sufrido una mistificación que en algunas ocasiones cae en el plano de lo grotesco. La razón puede sugerirse como psicológica; muchas veces el temperamento humano busca asignar inexistente carácter lógico (homeostático) al rito. Es entonces, cuando se pretende hacer pasar por democracia, la existencia de robustos aparatos de concentración de poder como los partidos políticos, que con la presentación de un puñado de candidatos pretende representar sistemas sociales intensamente complejos, compuestos de redes de intereses, deseos y perspectivas de millones de seres humanos.  El voto no obstante no es democracia. Por otra parte, hace falta hacer un esfuerzo irascible para pretender considerar que los intereses de uno como individuo, están representados en otro, en la lejanía y los privilegios del poder. En un país como Colombia, esta problemática adquiere dimensiones intimidantes. La razón es fácil de concebir: las asimetrías políticas, culturales, sociales, económicas e intelectuales son abismales. En suma, cualquier consenso basado en la participación se complejiza debido al grado de conflictividad de intereses.

En medio de ese panorama, el progreso técnico y su legado surgen como una alternativa que puede revolucionar el orden político actual. La familiaridad de las nuevas generaciones con los dispositivos de comunicación en las últimas décadas ha contribuido decisivamente a la lenta construcción de una ciudadanía que interacciona  aceleradamente. La comunicación a través de los dispositivos tecnológicos, reemplaza en tiempo real las limitaciones del espacio, y construye una esfera de discusión que aun siendo abstracta, y habitando servidores lejanos o dispositivos portátiles, es más real que la construida por los medios de comunicación y las grandes corporaciones de difusión de información.

La tecnología crea un lenguaje común. Una forma de entender el mundo a partir de la cual millones de intereses pueden darse encuentro  en una solución informática que facilita la toma de decisiones colectivas y el debate. El grado de adaptación del individuo con ella ha llegado a que incluso desde los primeros años de vida, la persona adquiera una intuición propia, casi consustancial, que le facilita guiarse con una razonable certitud a través de programas e información en red. Incluso a pesar de la influencia de grandes casas editoriales, intereses privados que se auscultan bajo la fachada de medios de información como noticieros, periódicos, revistas, portales de internet, o emisoras de radio, hoy en día las personas están al alcance de información que hasta hace unos pocos años hubiese pasado como inadvertida, o incluso “confidencial”, debido a su carácter político. El mundo vive una revolución silenciosa, la tecnología es su vehículo.  Ante un futuro aun pletórico de incertidumbres, las nuevas generaciones tienen la capacidad de actuar en una dirección distinta.

En el plano del ejercicio de la participación, deliberación, práctica ciudadana, administración de lo público, la tecnología puede dotar a la persona de un instrumento real en el que las voces no se superpongan de acuerdo a una posición de poder. Puede construir una agenda deliberativa  o incluso legal que represente las voluntades de sujetos en tiempo real. Reemplazar la vocación equivocadamente llamada representativa del orden político institucional actual, por una arena de debate participativo, desde donde las demandas, los intereses y las voluntades sociales hagan limpio tránsito en igualdad de condiciones al plano de la toma decisiones. No en un simbolismo que se repite cada cuatro años, sino en un hecho tangible, articulado con la esfera más familiar de la persona, capaz de ser ejecutado numerosa y permanentemente por el individuo. Una construcción vigorosa de la esfera pública. Una aniquilación del privilegio de tener voz por tener poder, con ello el comienzo de un embrionario orden democrático.

 

La educación y la cultura

En medio de un orden político y económico capitalista global, en donde las presiones de mercado y las demandas de especialización de roles convierten la vida en una árida empresa de competitividad y producción (frecuentemente de basura), la reflexión sobre las competencias cognitivas y el sistema cultural y de valores adquiere una dimensión cardinal. Este fenómeno adicionalmente se agudiza con una exigencia sistémica propia de la modernidad; las sociedades con bajos niveles de formación científica en medio de colectividades asimétricas, se condenan a la inopia o a la injusticia. El conocimiento como herramienta y la educación científica como medio entonces, representan un vector que define el desarrollo del individuo. La potencia de un orden social que se busca dirigir a un destino.

La capacidad de la persona de recrear por medio de la práctica de la racionalidad un sistema de valores capaz de articular coherentemente su entorno, es un imperativo sociológico de la modernidad. La fragmentación de los roles, con ocasión de los cambios experimentados en las últimas décadas por la vida humana, ha sido un fenómeno que frecuentemente ha aislado la educación al ámbito puramente formal. La producción en masa de ciudadanos para la empresa productiva global ha sido el fundamento de esta distorsión.  La práctica de la libertad entonces, se limita al reforzamiento de un individualismo radical, en donde se pretende ignorar la realidad del otro. Una carrera por sobrevivir. Un proceso predatorio de la dignidad humana y el entorno.

La traslación de la educación del plano de la competencialidad productiva al plano político, lleva implícita sin embargo, una metamorfosis que le asigna un carácter revolucionario. En la construcción de un proyecto de democracia, la asimilación de un trasfondo cognitivo común basado en la educación científica y la construcción de valores vectores, posibilita  una interacción eficiente entre los individuos, dotándolos de un lenguaje único y propio. En la esfera del ejercicio de la ciudadanía, esta construye un espacio ajeno a las ideologías, las construcciones “partidistas”, el liderazgo basado en propaganda, la ambición por el poder, y la dislocación entre razón y emoción. El apego a una búsqueda permanente del conocimiento y la construcción de este a partir de una cultura que busque la profundización del individuo en él, es un elemento sustancial para la acción dialógica entre los ciudadanos. La posibilidad de interactuar sobre la base de un sistema de valores común, sustentado en el conocimiento y la reproducción de este en la ciudadanía, es una apuesta que permite  detener la explotación del otro por su condición intelectual, social o moral. Adicionalmente, dota al individuo de un sistema de acción y discernimiento, que lo hace no solamente productivo desde una perspectiva material o económica, sino desde una visión política. Capaz de sobrellevar las patologías de un entorno  hostil y adusto de una forma constructiva y justa. Asignando un carácter provechoso a su interacción con el otro, permitiendo que la idea de un orden democrático no solamente se advierta en el plano sistémico y formal, sino ético y lógico.

 

Breve conclusión

La democracia no existe aún. Es un proyecto. En el horizonte que configura los deberes políticos de este tiempo, la discusión sobre la construcción de formas de vida democráticas debe ocupar un carácter preeminente. El debate público hoy sufre una distorsión que ha enfermado la vida como propósito. Legitima la destrucción del medio ambiente a niveles de frenética irascibilidad, incrementa la desigualdad global, justifica procesos de saqueo y explotación a una escala industrial, se avizora ingobernable detrás de intereses financieros y económicos. Junto con la permanente acción abocada a solucionar los problemas que urgen, el debate sobre la instauración de un orden democrático serio configura un peldaño más en el proceso civilizatorio real. La reproducción de una narrativa que pretende hacer pasar por democracia el acto del voto es una impostura insólita actual que se reproduce con una facilidad alarmante. Un engaño. Es un deber humano y especialmente moral de las nuevas generaciones plantear un debate permanente frente al tema. No permitirse intimidar por la dimensión de la empresa. Saberse capaces de abordar proyectos políticos que den un sentido distinto a la historia humana.

El autor contesta inquietudes o sugerencias en el correo [email protected]

Renny Rueda Castañeda

Comentarios