Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Yo no creo en nadie: el debate acerca de la autoría de unos versos atribuidos a Jorge Luis Borges

Hace dos años se dio por concluido un debate acerca de la autoría de unos versos atribuidos a Jorge Luis Borges. Luego de que Héctor Abad Faciolince publicó los resultados de sus pesquisas en la edición impresa de El Espectador del 27, 28 y 29 de junio de 2009, el veredicto de muchos fue el de darle la razón. Puede ser que estén en lo correcto quienes así juzgaron ese asunto. Tanto como el veredicto mismo, a mí me interesan los rasgos del debate que lo acompañó. A mi juicio, esos rasgos son propios de una cultura autoritaria.

Eso no debería, en principio, sorprendernos. Sabemos que Colombia no es el país más democrático del mundo. Sin embargo, si nos atuviéramos a la idea de que sus intelectuales tienen que dar ejemplo de otra cosa, esto es, que ellas y ellos deberían encarnar una disposición diferente para abordar las cosas en el debate público, entonces la conclusión no podría ser sino una reafirmación del pesimismo con respecto al poder humanizador de la cultura. La cultura nos hace más sofisticados: nos puede dar tino, pero siempre nos da al menos panache y veneno.

El texto que aquí publico sobre este asunto fue escrito hace casi dos años, cuando por falta de costumbre todavía lidiaba con el choque cultural propio de regresar a un país del cual estuve ausente nueve años. La mayor experiencia que he adquirido durante este tiempo solamente reafirma mi convicción de poner a circular estas notas. No soy tan pesimista como lo sugiere la conclusión a la que hice referencia en el anterior párrafo. Creo que describir rasgos autoritarios e insertar mi descripción en el debate público es una manera de contribuir a la construcción de una cultura democrática. Deliberadamente evité la honestidad brutal que linda en la pugnacidad, pero no me guardé nada. A mí no me sienta el estilo ladino de decir las cosas.

Creo en el diálogo y, por lo tanto, en la disposición de la mayoría de personas a considerar las cosas de forma razonable, esto es, tomando en cuenta e integrando, en la medida de lo posible, diferentes puntos de vista. Más que un acto de fe, lo mío es una conjetura. Siempre estoy dispuesto a aprender de la experiencia.


Voy a dar mi opinión acerca de algunos aspectos del debate acerca de la autoría de unos versos atribuidos a Jorge Luis Borges, que Héctor Abad Faciolince encontró en un bolsillo del traje de su padre, Héctor Abad Gómez, el día en que a éste lo mataron.

En su crónica “Un poema en el bolsillo” (I, II y III), Héctor Abad Faciolince ha dado razones que, a mi juicio, son buenas acerca de quién es el autor de los mencionados versos. Sin tener muchos medios a la mano, verifiqué, en la medida de lo que es verificable mediante el acceso a Internet, aspectos muy puntuales de su crónica tales como la existencia de una calle llamada Delfín Gallo y de la revista Supérieur Inconnu. Esto es, si después de leer “Un poema en el bolsillo” tenía buenas razones, ahora tengo dos razones adicionales, meramente circunstanciales y de mucha menor importancia, para creer que lo que dice Abad Faciolince es cierto. No obstante, a Abad Faciolince le haría el siguiente pedido: por favor, publique la evidencia a la que alude en la crónica de su investigación y proporcione, a quien quiera tomarse el trabajo de hacerlo, acceso a las fuentes que utilizó, en la medida en que ellas lo autoricen. Esto permitiría corroborar los hechos incluidos en su narración y, con base en ellos, coincidir con él, si ese fuera el caso, en la conclusión a la que ha llegado después de tantas pesquisas.


¿Es ésta una petición exagerada? Yo creo que no. El origen de estos versos está rodeado de un aire de invención y artificio. El meollo de la cuestión sirve de reminiscencia de un tema caro a Borges, común a la tradiciones hinduísta, budista y panteísta de las cuales él se nutrió: la autoría es un accidente. Aunque esto serviría para tomar las cosas sin mucho apasionamiento, ello no quiere decir que uno tenga que perder el interés en conocer la identidad del autor de los versos. Y, tratándose de cuestiones de conocimiento, el punto radica precisamente en la forma como uno cree que ha llegado a saber algo: por fe, por convicción o por experiencia.


Piedad Bonnet, en un comentario publicado el 4 de julio de 2009, dijo que creía en la historia de “Héctor Abad, no sólo porque es más coherente y mejor sustentada que la de Alvarado Tenorio, sino porque está firmada por un autor de gran honestidad y valor.” Yo no creo en nadie. Creo que la honestidad y el valor de alguien dependen de la veracidad de sus afirmaciones y de la corrección de sus acciones. El punto, para reiterarlo, es precisamente cómo llegamos a creer que una afirmación es veraz o que una acción es correcta.


Una de las tantas secuelas del conflicto armado y de la prosperidad del crimen organizado en Colombia es la dificultad para verificar o cuestionar cualquier cosa. Esto, aunado a los atavismos de una cultura católica confesional, favorece el uso de argumentos de autoridad y de los llamados argumentos ad hominem: argumentos contra la persona que afirma lo que uno cuestiona. En todo el trance de este debate de autoría he visto una reafirmación, en muchos casos no intencionada, de este tipo de argumentos. Esto me parece deplorable. No creo que haya que separar la obra y la vida para poner la vida a salvo de la discusión. Simplemente creo que al debatir cualquier cosa la obra, la vida, o la vida y la obra, los argumentos de autoridad o los argumentos contra la persona distraen el debate de los méritos de lo que se dice para concentrar la atención en los méritos de quien lo dice. El efecto de esta distracción es fortalecer o debilitar posiciones sin mejores razones que las de la reputación de las personas implicadas. No importa que se haga para cuestionar o defender el status quo. Juzgar las cosas a punta de la mayor o menor estima social que alguien tenga solamente contribuye a fortalecer una cultura autoritaria, no importa que sea de derecha o de izquierda.


Las cosas no mejoran si uno se atiene meramente a lo que uno podría llamar una convicción razonable. La alternativa a los argumentos de autoridad o los argumentos contra la persona no son las creencias apoyadas en un relato verosímil de los hechos. Esto lo saben bien quienes se dedican a la ficción: una crónica realista no es por ello real, en el sentido de una descripción veraz de un evento o serie de eventos, que pueda ser corroborada por un observador no interesado. Por esta razón le pido a Abad Faciolince que facilite verificar, a quien quiera hacerlo, los elementos principales de la investigación con la cual llegó a la conclusión que Borges era el autor de los versos que encontró en un bolsillo del traje de su padre.


Alguien podría replicar, por la vía de reducir mi argumento al absurdo, que lo que yo pido está fuera de lugar: uno cree o no. Así, por ejemplo, uno no le pide el registro de nacimiento a la mamá, al papá, a los amigos, etc., para ver si es verdad lo que dijeron acerca del lugar y la fecha de su nacimiento. Uno les cree o no les cree. Si no les cree, entonces es que uno presume que no le han dicho la verdad. Con esa presunción, uno no puede establecer ninguna relación sana. Consiguientemente, uno podría comprobar que la vida social opera sobre la base de presumir que a uno le dicen la verdad, a menos que haya buenas razones para creer lo contrario.


Yo no creo que haya buenas razones para creer que Abad Faciolince esté mintiendo en relación con la autoría de los versos atribuidos a Borges. Por el contrario, creo que hay buenas razones para creer lo que dice. Sin embargo, creo que no hay que creerle simplemente porque lo dice Abad Faciolince o porque lo que dice es razonable. La vida social no opera simplemente con base en la presunción de creer que a uno siempre le dicen la verdad. En una cultura democrática, y en esto estriba uno de los rasgos que la definen, la vida social opera también sobre otras bases: las afirmaciones en relación con lo que es cierto o lo que es correcto están siempre abiertas al escrutinio y a la discusión. En otras palabras, no solamente la presunción de veracidad y corrección es siempre desvirtuable; siempre hay medios y oportunidades para desvirtuarla. En una cultura autoritaria, por el contrario, uno no puede corroborar o verificar las afirmaciones de quien tiene autoridad o de quien la pretende: se acata; no se discute.


Otro aspecto del debate acerca de la autoría de los versos atribuidos a Borges tiene que ver con la siguiente proposición: entre más democrática es una cultura, más incluyente es el espacio de discusión. La indicación normativa que proporciona esta proposición es, desde luego, incompleta. Los demócratas siempre tienen que encarar la cuestión, ¿qué tan abierto debe ser ese espacio? ¿Deben ser incluidos incluso aquellos que no respetan las reglas de juego del espacio de discusión? Dicho de otro modo, ¿deben ser tolerantes los demócratas con los intolerantes?


Los contradictores de Harold Alvarado Tenorio han dirigido en su contra la acusación de violar las normas y convenciones que hacen posible el entendimiento en el espacio de discusión del mundo literario. No se trata de violaciones irrelevantes. Algunas de ellas se refieren a la suplantación de la identidad de los afectados con el fin de menoscabar su reputación. A favor de Alvarado Tenorio se podría decir que las normas y convenciones usualmente son defendidas por quienes se ven favorecidos por su aplicación y que, quien las contraviene —muchas veces jugando el papel de pícaro, bufón, impostor (lo que en el contexto anglosajón se refiere con el vocablo trickster), sacude esas normas y convenciones en favor de un nuevo entendimiento, uno atribuiblemente más auténtico. Dado que mi reputación no ha estado comprometida, las acciones de Alvarado Tenorio tienen en mí apenas un efecto leve: gayamente me puedo reír de sus imposturas. Desde el punto de vista de quienes se han visto implicados en sus suplantaciones, admito que la cosa es distinta y que, dependiendo del daño, puede suceder que se me quitaran las ganas de reír.


¿Hay que mantener abierto el espacio de discusión para alguien contra quien pesen acusaciones como las hechas contra Alvarado Tenorio? Sin tener formada una opinión completa acerca de todo lo que se le endilga a Alvarado Tenorio, ni sobre lo que debería hacerse en caso de que todo lo que se dice de él fuese cierto, diré que mi disposición básica es la de incluirlo en el espacio de discusión. Precisamente porque la cultura política colombiana se ha caracterizado por la exclusión sistemática, por la toma de decisiones que nos afectan a puerta cerrada, eso sí adornada de eufemismos tales como canapé republicano, pactos entre caballeros, etc., creo que hay que compensar las cosas moviéndose en la dirección contraria: hay que incluir lo más posible. Hay que darle el micrófono, la portada, la columna, a cuantos más se pueda con el fin de enriquecer el debate. Si hay un público que sepa separar el trigo de la paja, que lo haga. Y si ese público no existe, o existe a medias, etc., pues que se forme, que se constituya con el ejemplo y la calidad de los argumentos de cada quien. En todo caso, en cualquier cultura democrática, la distinción entre calumniar y difamar será siempre fundamental: la primera es y será censurable; la segunda, no. Quitarle el crédito a alguien, la credibilidad, por medio de la infamia, no puede ser un motivo para excluir a nadie del espacio de discusión. Mejor sería que su aguijón, antes que inocular resentimiento, motivara una réplica ingeniosa, llena de humor, galante, al mejor estilo de un Cyrano de Bergerac.


En un programa de radio, escuché a Marianne Ponsford articular argumentos de esta índole, de una forma consistente. Sin embargo, encontré en la semblanza que hizo de Alvarado Tenorio afirmaciones que son, para decirlo con benevolencia, inconsistentes. La más leve concierne la comparación que hizo entre el Quijote, Hamlet y Alvarado Tenorio. Contra quienes están en contra de las comparaciones, diría que la similitud que propone Ponsford sería apropiada, si esa similitud fuese más relevante que la diferencia. Pero no creo que lo sea. Alvarado Tenorio puede parecerse al Quijote y a Hamlet en su locura, pero hay algo en lo que ni el Quijote ni Hamlet se parecen a Alvarado Tenorio: en su maledicencia. Lo dicho, sin embargo, no cancela la posibilidad de comparar a nuestro bardo con tan ilustres personajes. La validez de las comparaciones depende de la escala que uno use. Si la escala es la locura, creo que es inadecuado, como lo planteara Mario Jursich en el debate al que me he referido, precluir la comparación de Alvarado Tenorio con Hamlet y el Quijote. Uno puede siempre comparar peras y manzanas, si la escala que usa es la de las frutas e incluso manzanas y papas, si la escala que usa es la de los alimentos. En suma, lo relevante es la escala. En esto Ponsford es consistente. Desafortunadamente, ella no quiso ver en el debate las consecuencias de la comparación que ella misma propuso.


Sin embargo, ésta sería una inconsistencia menor a la luz de otra. Para caracterizarlo y dar muestras de su maledicencia, Ponsford pone entre comillas la malevolencia de Alvarado Tenorio hacia el director de la Casa de Poesía Silva. Este elemento no tendría por qué afectar el mérito de la semblanza que hace la directora de la revista Arcadia. Sin embargo, en el mismo programa radial en el cual ella defendió esa semblanza, alguien dijo que hacia el director de la Casa de Poesía Silva, Ponsford profesa animosidad. Lo que uno quiere como lector de un texto periodístico es que le revelen todos los hechos relevantes. Animosidad, antipatía, e incluso falta de simpatía hacia alguien mencionado en una semblanza, son todos elementos subjetivos relevantes que uno querría conocer pues permiten cualificar el punto de vista de quien realiza el oficio de periodista. Lo que aquí se pide no es la imparcialidad de quienes la entienden como asepsia, falta de compromiso o de interés. Es otra clase de imparcialidad la que se demanda: la que surge de tener más ojos, más puntos de vista, más perspectivas. Como en el caso de los deportes cuando se habla de fair play: es también una cuestión de elegancia. Esto es además consistente con la posición que Ponsford defiende: incluir, en el sentido de abrir el espacio público, incluye también lo subjetivo, aquello con lo cual contorneamos y coloreamos el mundo que vemos. En otras palabras, incluir significa no solamente exponer en público sino también exponerse: poner los argumentos y también el pellejo… y reírse si uno tiene el ingenio para hacerlo.


En suma: creo que varios aspectos del debate acerca de los versos atribuidos a Borges revelan rasgos propios de una cultura autoritaria. Creo que esos rasgos han sido reproducidos por varias personas involucradas en este debate a despecho de sus convicciones democráticas, esto es, de una manera no intencionada. Lo que he hecho en este escrito es poner de presente esos rasgos y justificar la experiencia como método de conocimiento, como alternativa a la fe y a la mera convicción, no importa cuán razonable sea.

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