Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Trump y el Segundo Advenimiento

La Esfinge de Donald - fotocomposición de Wesley Moore
La Esfinge de Donald – fotocomposición de Wesley Moore

Pasado el Halloween, el mundo político en Estados Unidos y en el resto del mundo se ha estremecido con el resultado de la encuesta de la cadena ABC: Trump con 46% de la intención de voto, logró ponerse por encima de Clinton, quien sólo alcanzó el 45%. Este resultado se añade a la mala racha de Clinton, acosada por la revelación de que, sorpresivamente, el FBI logró tener acceso a una nueva fuente de evidencia de los correos electrónicos que envió mientras fue Secretaria de Estado. Lo sustancial, sin embargo, es que a partir de esa encuesta, como nunca antes, Trump luce ahora como un candidato con posibilidades reales de victoria. De esta forma, ha logrado revocar todas las predicciones hechas hasta el momento, las cuales le daban sólo un pequeño chance.

En un año lleno de conmociones políticas, comenzando por la victoria de Trump en las elecciones primarias del Partido Republicano (el 26 de mayo Trump logró el suficiente número de delegados para hacerse con la nominación de su partido – fue ungido oficialmente como candidato el 19 de julio), siguiendo con el Brexit (el 23 de junio el 52% de los británicos que concurrieron a las urnas votó a favor de separarse de la Unión Europea – en la elección participó el 71.8% de los votantes inscritos, un poco más que los votantes que participaron en las elecciones parlamentarias de 2015: el 66.1%) y luego con la victoria del No en el Plebiscito acerca de los Acuerdos de Paz con las FARC (el 2 de octubre, del total de votantes registrados, participamos solamente el 37.44% – el 50.21% de estos votantes rechazó los Acuerdos), la victoria de Trump en las elecciones presidenciales en los Estados Unidos sería el resultado que terminaría por sacudir hasta sus cimientos todo lo que hemos creído saber acerca de la política.

Incluso si pierde, al haber estado tan cerca de la victoria, Trump habrá modificado el panorama político de una forma tan radical que bien haríamos en ponernos a la tarea de comprender qué significa su increíble ascenso y cómo podríamos explicarlo. Con tantos signos ominosos en tantas partes, deberíamos detenernos a considerarlo quizá como un Segundo Advenimiento. En este texto, procuraré hacerlo mostrando el papel que tuvieron los medios de comunicación; el discurso de Trump, que esos medios encontraron particularmente atractivo y la forma en la cual ese discurso logró expresar una dinámica social hasta ahora velada: el autoritarismo social y político en los Estados Unidos. Concluiré mencionando las razones por las cuales el legado de Trump será particularmente ominoso.

De partida, es imposible considerar el éxito de Trump sin hacer referencia a los medios de comunicación. Los medios le dieron a Trump un aura de viabilidad que, de otro modo, no habría tenido. A medida que Trump formulaba propuestas escandalosas y hacía rabiar a sus competidores con sus diatribas y sus insultos, una y otra vez esos medios contribuyeron a fijar en él la atención de la gente, de modo que Trump pudo proyectar en la política su condición de celebridad que había ganado en los negocios y en la farándula. John Sides y Kalev Leetaru documentaron muy bien este fenómeno en un artículo publicado en el sitio del Washington Post.

El único defecto que yo encuentro en ese análisis es la falta de valor de esos autores para decir más claramente las cosas. Sides y Leetaru le atribuyen el mayor cubrimiento que recibió Trump a cuatro mecanismos, los cuales intervienen de modo general en el cubrimiento de todas las campañas políticas: primero, su disponibilidad en relación con los medios – Trump siempre ha estado presto a dar declaraciones; segundo, la forma en la cual Trump logró alinearse con los valores que orientan las decisiones de esos medios: “la novedad (es diferente de muchos otros candidatos), la controversia (hace declaraciones que muchos condenan como equivocadas o inaceptables), el conflicto (constantemente instiga disputas) y la personalidad fuerte (él tiene una)”; tercero, los incentivos económicos que tienen los medios para capturar a las audiencias intrigadas por Trump y cuarto, las decisiones de esas mismas audiencias.

Es aparente que el segundo y el tercer mecanismos se implican de una manera que no es propiamente recíproca. Por un lado, si los valores que guían las decisiones de los medios estuvieran en contradicción con sus incentivos económicos, entonces con una alta probabilidad se irían a la ruina. Por el otro, una vez que los medios logran adquirir una posición preeminente en la sociedad, pueden entonces oponerse a modificaciones legales a la estructura de incentivos económicos que consideren contraria a sus valores. Si los medios devienen, como ha sucedido en muchos lugares del mundo, propiedad de conglomerados, entonces la alineación de los valores con los incentivos económicos deviene muy singular.

¿En qué sentido? Esos conglomerados han sido los ganadores de los grandes cambios económicos ocurridos en el mundo con el advenimiento de las políticas neoliberales. Si bien la trayectoria en cada país es muy específica, la tendencia común es la del triunfo del neoliberalismo en muchísimos ámbitos, incluído el de las noticias y el del entretenimiento. Estas áreas, cuya frontera se ha hecho difusa, son ahora un mercado bastante desregulado. A medida que se desmontaron las restricciones formales, como la doctrina de la imparcialidad de la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos, pareciera que hubiesen perdido vigencia social muchas de las restricciones informales que se consideraban propias del ejercicio del periodismo, tales como las contenidas en la célebre página de C. P. Scott, propietario y director de The Guardian, Comment is free, but facts are sacred” (“La opinión es libre, pero los hechos son sagrados”).

En este contexto deberíamos entender las declaraciones del Gerente de la cadena CBS, Leslie Mooves, que Sides y Leetaru citan apenas incidentalmente: “Puede que [Trump] no sea bueno para los Estados Unidos, pero es extraordinariamente bueno para CBS.” Esas declaraciones ameritan una consideración más detenida. Mooves dijo esto a finales de febrero de 2016 en San Francisco, en la Conferencia de Morgan Stanley Technology, Media & Telecom, a propósito del cubrimiento que Trump estaba recibiendo durante las elecciones primarias del Partido Republicano. Según el medio que recogió sus declaraciones, The Hollywood Reporter, el Gerente de CBS quizá no votaría por Trump, pero si estaba a gusto con los anuncios que Trump y sus competidores le trajeron a su cadena. Según el mismo Mooves, la campaña presidencial se había convertido en un circo, lleno de ataques bomba, y él esperaba que siguiera así. “Nunca he visto una cosa como ésta; va a ser un muy buen año para nosotros. Lo siento. Es terrible decirlo, pero traigan a Donald. Sigámosle dando (…) Hombre, ¿quién habría esperado este aventón [económico] en este momento? … La plata está rodando y esto es divertido.” Es una pena que sólo un periodista como Jorge Ramos, de la cadena Univisión, se haya tomado a Trump muy en serio desde muy temprano.

Es una pena también que los intentos por reestablecer marcos regulatorios sobre los medios de comunicación hayan quedado asociados a las avanzadas de líderes populistas para amordazar la prensa, como sucedió con las reformas a los medios de comunicación en Argentina y en Ecuador. Como lo indica la reacción a esas reformas, la ideología liberal se ha convertido en un obstáculo casi insalvable para revertir la tendencia según la cual a los medios les está permitido todo porque todo hace parte de la libertad de expresión. No obstante, uno debería oponer a este liberalismo un modelo como el del servicio público, el cual permite que una actividad económica que se realiza en el marco de la libertad de empresa, como la bancaria, pueda ser sujeta a estrictas regulaciones. A lo anterior habría que agregar que, en tanto los grandes conglomerados económicos han devenido cuasi-estados, un liberalismo renovado debería ser capaz de ponerlos en cintura utilizando los mismos principios del estado de derecho: sometimiento a reglas generales y previas, separación de poderes, rendición de cuentas y respeto a los derechos humanos, ampliamente considerados. De otro modo, todos los Trump de todo el mundo seguirán teniendo una segunda oportunidad sobre la tierra.

Una segunda razón que permite comprender el éxito de Trump es su singular discurso político, uno que yo invitaría a descifrar en los términos de una rebelión de tipo adolescente, una rebelión que, como lo explicaré a continuación, entraña una alta dosis de conformismo. Las claves de este desciframiento están disponibles en la obra de Pier Paolo Pasolini, Cartas Luteranas, específicamente, en la carta tituladaI ragazzi sono conformisti due volte” (Los jóvenes son doblemente conformistas). En esa carta, Pasolini logró definir de una forma extraordinariamente clara la perniciosa aquiescencia a tratar como educadores a unos pares matoneadores, un asenso que se manifiesta crudamente en la pubertad y que se consolida luego en la vida adulta.

Según Pasolini, lo típico de los educadores adolescentes radica en desautorizar a todos los demás: a los padres, a los maestros, a cualquiera que invoque algún tipo de autoridad, y esto incluye también a los expertos, pues lo que vale es lo que es, lo que es espontáneo, yo agregaría, lo que aparentemente se expresa sin ninguna de las mediaciones habituales que son requeridas para negociar la distancia entre lo que se quiere, lo que se debe y lo que se puede tener. Frente a una complejidad que se percibe como excesiva, estos educadores ganan autoridad como grandes simplificadores.

Además, su fuerza de convicción proviene de encarnar los valores que pregonan. Por tanto, proporcionan un modelo de choque contra la percibida falta de autenticidad de las autoridades que socavan con su rebelión. Como Holden Caulfield, el protagonista de The Catcher in the Rye (El Cazador Oculto), denuncian como puro embuste (‘phony’) todo lo que asocian con las autoridades que impugnan.

Pasolini observa que los instrumentos pedagógicos de los educadores adolescentes son la intimidación y la extorsión, los cuales usan casi que gratuitamente. Al decir de Pasolini, lo suyo es la violencia en estado puro. No hay forma de esperar de tales educadores ninguna forma de comprensión, de piedad o de humanidad. Ellos enseñan el credo hobbesiano: cada uno es un lobo para todos los demás, por lo cual es mejor pertenecer a la manada – ser conformista, que enfrentarse a ella.

No obstante, conviene retener que estos educadores operan “dentro del esquema del conformismo asimilado –como en los tiempos de la orda– del orden social paterno (…)”. Lo decisivo, sin embargo, es que a este conformismo le agregan otro: el “de la revuelta y de la oposición.” Aquí radica pues su doble conformismo. Ellos enseñan a desobedecer, mientras exigen una obediencia incondicional, que tiene muchos de los rasgos y del contenido del orden que rechazan.

Todo esto es Trump. Por una parte, él funge como el gran político anti-sistema. Por el otro, es en realidad el gran portador de los valores del sistema: la superioridad política y moral de los Estados Unidos; la libre empresa y el libre mercado, pero para beneficio de los Estados Unidos; el WASPismo (de White, Anglo-Saxon Protestan US – los Estados Unidos blanco, anglo-sajón y protestante); y el patriarcalismo.

En efecto, Trump ha denunciado una y otra vez el carácter sesgado del establecimiento. Su denuncia más emblemática es que el proceso electoral ha sido distorsionado para favorecer a sus opositores (a los otros precandidatos republicanos, primero; a la rival demócrata, después). Por esta razón, aunque esté en contravía con las mores que han gobernado desde larga data el proceso político en los Estados Unidos, en la perspectiva de Trump es completamente consistente decir, como lo hizo en el último debate, que se reserva el derecho de impugnar el resultado electoral.

A pesar de esta retórica anti-sistema, Trump encarna al mismo tiempo el sistema mismo: todas las aspiraciones de los hombres blancos de que el orden patriarcal se restaure (si su hija Ivanka fuese acosada sexualmente en su lugar de trabajo, le recomendaría que consiguiera otro empleo); de que se restablezca su superioridad cultural (insultando a mexicanos y musulmanes); de que se recupere la preeminencia comercial de su país (sobre todo, de cara a China); y de que se la haga pagar a los aliados de Estados Unidos un precio más alto por la protección que éste les ha otorgado hasta ahora.

Uno de los aspectos más singulares del discurso de Trump, su admiración por Vladimir Putin y su disposición a establecer una relación positiva con el gobierno ruso, cuadra con ambas facetas de su carácter. De partida, Putin representa para Rusia todo lo que Trump quisiera ser para Estados Unidos: el líder que encarna todas las aspiraciones de superioridad personal y colectiva que, a su turno, justifican sus apelaciones a la conformidad con valores tradicionales.

Sin embargo, al mismo tiempo, una relación positiva con Putin es lo suficiente anti-sistema como para poner en entredicho todas las certezas del establecimiento estadounidense en materia de política exterior. En efecto, desde la Presidencia de Bill Clinton, los Estados Unidos han proseguido una política expansiva en Europa Central y Oriental, la cual ha generado numerosos choques con Rusia. Trump le pondría fin a esta política, seguramente con el fin de evitar el desgaste que ya desangra las finanzas de los Estados Unidos, y lo haría incluso sacrificando lo que para muchos estadounidenses, por extraño que parezca, ha sido uno de los pilares de su política exterior: la independencia de los países bálticos – en aplicación de la Declaración Welles, Estados Unidos nunca reconoció la anexión de Estonia, Letonia y Lituania por parte de la Unión Soviética. Trump ya ha indicado que no intervendría para ayudar a estos países si fueran atacados por Rusia. En la misma línea, Trump tampoco actuaría en caso de un ataque contra cualquiera de los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Su defensa de la tortura tiene el mismo corte: es, a la vez, pro-sistema y anti-sistema. Con todo lo que sabemos acerca del trato a los prisioneros en Guantánamo y a Chelsea Manning, es imposible negar que la tortura hace parte de la estrategia de los Estados Unidos contra sus enemigos, tanto externos como internos. Sin embargo, una buena dosis de mala consciencia impide que este instrumento sea explícitamente incorporado dentro del repertorio cultural de lo que se considera apropiado hacer en un conflicto armado. Con sus declaraciones acerca de la práctica del submarino (waterboarding), Trump logra ubicarse perfectamente en el borde de lo que es anti-sistema y pro-sistema: anti-sistema, porque desafía la conciencia legal que impide la legitimación de la tortura y pro-sistema, porque logra incorporar en el discurso institucional ordinario todo lo que ha sido relegado al ámbito de la ficción y de la confidencialidad de la razón de estado.

Es preciso añadir varios elementos a esta caracterización de Trump. Lo que hace a Trump ser quien es, en otras palabras, lo que lo diferencia de Putin, Erdogan, Chávez y Uribe, por sólo mencionar unos cuantos nombres, son los rasgos que adquieren sentido dentro del cuadro de una rebelión adolescente. En la historia política reciente no hay un personaje que se compare a Trump en su capacidad para insultar a sus rivales poniéndoles apodos degradantes: Low-energy Jeb [Bush] (El ‘bajo de energía’ Jeb), Little Marco [Rubio] (‘El pequeño’ Marco), Lying Ted [Cruz] (Ted ‘el mentiroso’), y Crooked Hillary [Clinton] (Hillary ‘la torcida’). El comediante Stephen Colbert logró ir al corazón del asunto al hacer una parodia de esta capacidad de Trump de poner apodos. Con ello puso en evidencia el mismo mecanismo de conformidad de la adolescencia con el cual opera Trump: la intimidación por la vía del matoneo (bullying).

Ésta no es su única táctica. Trump logró involucrar a su audiencia en este mismo ejercicio de destrozar las convenciones sociales de respeto por los demás, de una manera análoga a cómo lo hacen los adolescentes. En un evento en las elecciones primarias en New Hampshire, decisivas para recuperarse de la victoria de Ted Cruz en Iowa y, por tanto, para asegurar la viabilidad de su candidatura, Trump le preguntó a la audiencia, “¿Saben qué dijo ella? Grítelo pues yo no quiero hacerlo… OK, no le está permitido decirlo – y yo espero no oírlo de ustedes de nuevo – ella dijo … él [Cruz] es una chocha (pussy) [en un argot machista, pussy tiene además el sentido metafórico de cobarde].” Luego de un supuesto regaño, que claramente fue entendido por la audiencia como parte del ‘chiste’, Trump añadió, “Para [el consumo de] la prensa, esto es un regaño”, lo cual era una nueva burla a la autoridad, en este caso la de los medios, a quienes de manera consistente él ha escogido como blanco de sus ataques contra muchas formas de autoridad establecida.

Trump ha practicado otro tipo de intimidación: la validación de los intimidadores que operan en su favor. En marzo de 2016, en un evento en Cedar Rapids, Iowa, Trump dijo que estaría dispuesto a pagar los costos de la defensa legal de sus partidarios en caso de que intervinieran violentamente en su defensa: “Puede haber en la audiencia alguien con tomates. Por tanto, si ustedes ven a alguien listo para arrojar un tomate, dénle una paliza, ¿lo harían? En serio. ¿Okay? Sólo reviéntenlo – les prometo, pagaré el costo de la defensa. Lo prometo, lo prometo. No será mucho porque los tribunales están también de acuerdo con nosotros.”

Uno de sus intimidadores insignes, Corey Lewandowski, fue su gerente de campaña hasta su forzado retiro en marzo de 2016, luego de haber apartado a la fuerza a una periodista que quería abordar a Trump para hacerle preguntas. Aunque Lewandowski ya tenía antecedentes de este tipo de violencia intimidatoria, en esta ocasión los medios se abalanzaron sobre él y tuvo que renunciar. Trump, sin embargo, no paró de elogiarlo por hacer un “trabajo increíble” con “periodistas repugnantes”. A pesar de su renuncia, Lewandowski continuó en la nómina de Trump como recipiente de una remuneración cuantiosa.

Desde fuera de la campaña, Lewandowski ha continuado trabajando como un leal escudero de Trump. Cuando estalló el escándalo de las declaraciones machistas del candidato republicano, Lewandowski dijo sin ruborizarse, “Claramente esta no es la manera de hablarle a las mujeres, pero usted sabe, aquí no estamos eligiendo a un maestro de escuela de domingo.” Tal fue su táctica para trivilizar el escándalo y reducirlo a su mínima expresión. A juzgar por lo sucedido después, tuvo éxito.

Sin embargo, el mejor servicio que Trump ha recibido de Lewandowski es la formulación de la estrategia según la cual Trump ha de presentarse siempre espontáneo; como un adolescente, agrego yo. Con ocasión de su forzado retiro, Lewandowski le dijo a MSNBC que la clave de su campaña había sido permitir que Trump fuese Trump (“Let Trump be Trump”) y que [de ese modo] éste se había puesto en completa sintonía con el público estadounidense. La siguiente jefe de la campaña de Trump, Kellyanne Conway, se aferró al mismo principio. Según Conway, “Trump registra muy bien en su condición de líder fuerte y eso es lo que ansían muchos estadounidenses” – esto podría interpretarse en el código adolescente como la añoranza de un macho alfa o de un líder para la pandilla.

Tan fuerte es el efecto de este principio que Trump ha logrado arrastrar a sus detractores a la regresión adolescente que él encarna. En efecto, en octubre de 2016 el Vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, le dijo a una periodista, “La prensa siempre me pregunta, ¿no quisiera estar debatiendo con él? No, quisiera que estuviéramos en el bachillerato y pudiera llevármelo detrás del gimnasio. Eso es lo que yo quisiera.” Trump estuvo a la altura: le respondió a Biden que estaría dispuesto a pelearse con él detrás de un establo.

Esta aparente autenticidad también tiene mucho de calculada. Trump ha ganado muchos partidarios oponiéndole a Hillary Clinton su carácter espontáneo. Clinton, por el contrario, no logra sacudirse del estigma de ser postiza. Muy temprano en la campaña por la nominación del Partido Demócrata, en abril de 2015, Matt Taibi resumió así la percepción que muchos observadores tenían de ella: “Los comentaristas dicen que su colada idealista no es ni muy caliente ni muy fría, sino suficientemente falaz.” El más reciente número del magazín satírico MAD incluye un ataque devastador a Clinton en términos similares. En un juego de palabras con “mi pequeña pony” (My Little Pony), la candidata demócrata es llamada “mi pequeña embustera” (My Little Phony). MAD le enrostra a Clinton sus vínculos con Wall Street, su falta de transparencia respecto a sus correos electrónicos, sus exageraciones acerca del peligro que corrió en Bosnia, su prodigalidad con su apariencia y su doble estándar en relación con los derechos de las mujeres. Trump, por el contrario, con su estilo desenfadado, ha logrado que le resbalen muchas de las críticas en su contra.

En este contexto, se comprende bien por qué el estilo de adolescente rebelde de Trump haya podido cautivar a unos medios interesados exclusivamente en lo que sirve para capturar audiencias. El tema ahora es entender por qué Trump las ha cautivado. Esta es la tercera razón que explica el éxito de Trump. Mucha gente encuentra a Trump atrevido, descarado, desenvuelto e incluso divertido. ¿Cuál es el perfil social de quienes apoyan su candidatura?

Aparentemente, es un perfil que no ha cambiado mucho desde el inicio de su campaña. En septiembre de 2015, un primer estudio sobre los simpatizantes de Trump mostró que se trataba principalmente de hombres blancos de mediana edad, de poca educación y de bajos ingresos. En mayo de 2016, otras encuestas mostraron que, mayoritariamente, los simpatizantes de Trump consideran que la sociedad se está feminizando, creen que los inmigrantes son una carga para el país, justifican someter a los musulmanes a un escrutinio mayor que al de los demás ciudadanos y están convencidos de que Obama es musulmán. Esto último es un poco delirante y podría explicarse de muchas maneras (perciben que Obama no pertenece a su grupo y utilizan el término musulmán para afirmar esa falta de pertenencia; utilizan el mencionado término simplemente para insultar a Obama o consideran que éste debe ser musulmán a causa de no suscribir un mismo grado de intolerancia), pero no es lo más importante. Lo importante aquí es que mucha gente conectó las dos cosas y sacó la siguiente conclusión: quienes simpatizan con Trump son “los perdedores de la globalización”. Sólo gente blanca pobre y maleducada, marginada a cuenta de las transformaciones sufridas por la sociedad durante los últimos años, podría suscribir las políticas que promueve Trump de cerrar las fronteras a los inmigrantes y al comercio con otros países. Sin embargo, como lo han destacado el académico Cass Mude y la periodista Sarah Smarsh, entre otros, detrás de la referida conclusión no hay más que un estereotipo que, además de estar alejado de la verdad, sirve fundamentalmente como un cumplido auto-justificatorio de la clase media educada, la misma que encuentra a Trump horripilante.

¿Quiénes son entonces los que encuentran a Trump atractivo? Sí, son mayoritariamente hombres blancos de mediana edad, con poca educación. Sin embargo, un análisis muchísmo más cuidadoso, el llevado a cabo por Jonathan Rothwell, de Gallup, en septiembre de este año, muestra que estos hombres no son, de ningún modo, los perdedores de la globalización. Antes bien, comparados con hombres de la misma edad de otros grupos étnicos, se caracterizan por tener mejores ingresos y empleos más estables. Dentro del grupo de hombres blancos, tienen menos ingresos por cuenta de tener menor educación, pero al ajustar esta característica en términos de poder de compra, se trata de personas que están ligeramente mejor que muchos otros.

Hay otras características destacables: estos hombres blancos de mediana edad tienden a trabajar como independientes, a ser veteranos del ejército o a tener un familiar que lo sea, a identificarse como cristianos y a considerar que la religión es importante, así como a vivir en áreas socialmente homogéneas y segregadas, en las cuales la incidencia de muertes de otros hombres blancos de mediana edad es particularmente alta. Esta ha sido una característica muy singular, que Jeff Guo destacó en marzo de 2016 en un artículo publicado en el Washington Post, con el título “Death Rates Predicts whether People Vote for Donald Trump(Las Tasas de Mortalidad Predicen si la Gente Vota por Donald Trump). Este rasgo se asocia a su vez con otro: la gran ansiedad que expresan los simpatizantes de Trump, en todos los renglones económicos, acerca de sus finanzas personales.

Uno podría volver reeditar un argumento modificado acerca de los perdedores de la globalización a la luz del hecho de que en los Estados Unidos el ingreso real de la clase trabajadora e incluso de la clase media no ha hecho sino caer: entre 1998 y 2013, el de la clase trabajadora cayó 52.7% y el de la clase media 19.1%. Mientras tanto, los ingresos del 10% más ricos aumentaron 74.9%. No importa que estén mejor que el resto de los de su clase. Los hombres blancos de mediana edad que votan por Trump sí están en el grupo de perdedores.

Aunque esto es cierto, por sí mismo este hecho no explica por qué lo hacen – ¡pudieron haberlo hecho mejor por Bernie Sanders! Si hay algo que explica su adhesión a Trump es su autoritarismo. Basado en una encuesta realizada con 1800 personas que se han registrado como votantes, Matthew MacWilliams encontró que el mejor predictor de los votantes de Trump era esta característica. A su lado, los demás rasgos personales (edad, raza, educación e ingreso) devienen redundantes. Para identificar a los autoritarios, MacWilliams utilizó una escala elaborada por Stanley Feldman, quien logró romper la barrera que impide que la gente se reconozca como tal. La clave de la escala de Feldman consiste en utilizar una estrategia indirecta, la de realizar cuatro preguntas acerca del tipo de crianza que estiman adecuada para sus hijos: si deben ser respetuosos de sus mayores o independientes; si obedientes o auto-suficientes; si de buen comportamiento o considerados; si de buenas maneras o curiosos. La base de Trump la conforman todos aquellos que clasifican como autoritarios según esta escala.

Este dato está en conformidad con otro que proviene de la Encuesta Mundial de Valores. En la muestra tomada en los Estados Unidos en el 2011, el 34.1% dijo estar de acuerdo con tener un líder fuerte que no se tomara la molestia de ponerle atención al parlamento o a las elecciones. En el 2006, el 31.6% dio la misma respuesta; en 1999, el 29.1% y en 1995 el 23.7% (en Colombia, la misma pregunta fue hecha en el 2012: el porcentaje dispuesto a apoyar a un líder fuerte que prescinda de las instituciones democráticas fue de 52.7%. En el 2005, ese porcentaje, aunque alto, fue apenas del 29.5%. Podríamos interpretar esto como el efecto retardado de la dinámica de polarización que sufrió el país durante la primera década del Siglo XXI). Lo que ha hecho Trump es entrar en contacto con la corriente de autoritarismo que ha existido en los Estados Unidos de una manera más o menos velada y darle una expresión pública. Lo ha hecho con tal éxito que en la actualidad las barreras culturales que contenían esta corriente (la llamada tiranía de lo “políticamente correcto”, el sentido del decoro y del respeto, etc.) han quedado rotas pavorosamente.

Esta corriente está viva no sólo en el Partido Republicano. En la encuesta de MacWilliams, el 39% de quienes no tienen afiliación a ningún partido (los llamados independientes) tiene una personalidad fuertemente autoritaria, así como un 17% de gente que se identifica con el Partido Demócrata. Para el mismo estudioso, éste no es el único hecho relevante. MacWilliams sostiene que el potencial de Trump no está limitado al núcleo de autoritarios. Siguiendo en este punto los hallazgos de Marc Hetherington y Elizabeth Suhay (“Authoritarianism, Threat, and Americans’ Support for the War on Terror”, 2011 – Autoritarismo, Amenazas y Apoyo de los Estadounidenses a la Guerra contra el Terror), el tema es que los no autoritarios, cuando se sienten amenazados, tienden a responder autoritariamente. A este respecto, lo único que Trump ha tenido que hacer es interpretar su libreto en concordancia con la percepción que tienen un buen número de ciudadanos de que están en peligro y de que los demócratas en el gobierno son incompetentes para protegerlos. Por tanto, resulta comprensible que uno de los arietes que Trump ha usado contra Clinton haya sido la falta de una respuesta decisiva en el caso del ataque al consulado estadounidense en la ciudad libia de Bengasi – el ataque ocurrió siendo Clinton Secretaria de Estado.

Si los autoritarios son la base de Trump, la siguiente pregunta sería, ¿qes lo que hace que la gente sea autoritaria? En clave psicológica, el autoritarismo podría ser definido como la disposición a buscar orden y seguridad en agentes dispuestos a usar castigos severos contra los desviados, a expulsar a los extraños y a utilizar la fuerza contra ellos, incluso en su país de origen, una vez que los desviados y los extraños han llegado a ser percibidos como una amenaza. En clave sociológica, el autoritarismo se alimenta de la validación de las propias percepciones de amenaza, validación que realizan pares reconocidos como próximos o similares, que es lo que encontró Rothwell. Políticamente hablando, lo fundamental consiste en canalizar la ansiedad proveniente de las amenazas percibidas al statu quo hacia el apoyo a figuras de autoridad. Estas figuras pueden ser del tipo paternal, como Erdogan o Uribe; y también del tipo adolescente, como Trump.

Un reciente estudio, coordinado por Amanda Taub de Vox, definió el perfil autoritario en Estados Unidos como una respuesta a dos tipos de amenaza: en primer lugar, los ataques a la integridad física provenientes de enemigos externos; y, en segundo lugar, la erosión del orden social. Las manifestaciones del primer tipo de amenaza a las cuales respondieron los autoritarios en una alta proporción fueron, en su orden, el Estado Islámico, Irán y Rusia; las manifestaciones del segundo tipo fueron la autorización del matrimonio de las parejas del mismo sexo y el permiso para construir un número mayor de mezquitas en las ciudades. En este orden de ideas, el éxito de Trump se explica por cuenta de su capacidad para articular estas dos amenazas en un mismo discurso.

Al comparar el perfil de los votantes de Trump con los votantes del Brexit, Anatole Kaletsky, un analista económico, sacó la conclusión que los cambios económicos ocurridos durante los últimos cincuenta años no podían explicar por sí mismos el ascenso del populismo en ambos lados del Atlántico. Si bien esos cambios han tenido un impacto, su efecto ha quedado diluido a cuenta de las categorías culturales con las cuales fueron interpretados. Esto es, en la conciencia de los desafectos votantes del Brexit y de Trump, el ascenso de las mujeres en la esfera del trabajo y la inclusión de las minorías tomaron el lugar de la pérdida relativa de poder económico de la clase trabajadora y de la clase media. Esta gente se habría sentido más amenazada por los cambios al orden social que por los cambios ocurridos en la estructura económica. Hasta aquí Kaletsky está en sintonía con las observaciones de Mude y Smarsh, que mencioné anteriormente.

Kaletsky, sin embargo, confundió la motivación de los votantes del Brexit con los de Trump y le atribuyó a ambos el estar en oposición a la liberalización del comercio internacional. Si bien Trump se ha ido lanza en ristre contra los tratados de libre comercio, sus simpatizantes no están de acuerdo entre ellos acerca de la importancia de este factor como causante del desorden social. Aunque un buen número lo asocia con la apertura de las fronteras a los inmigrantes y la reducción de los niveles de bienestar, otro tanto lo considera determinante del progreso del país, razón por la cual en el estudio coordinado por Taub la correlación entre el perfil autoritario y la oposición a los tratados de libre comercio es bastante baja.

Derivado del anterior, Kaletsky comete otro error en su análisis: creer que la coalición en la que se apoya Trump, como la del Brexit, es inherentemente inestable y terminará por disolverse. Por el contrario, lo que sugiere el trabajo que coordinó Taub es que los autoritarios que han votado por Trump son un grupo relativamente duradero, uno que continuará alimentando una dinámica polarizadora y que seguirá aglutinándose en torno a las amenazas percibidas ya mencionadas: las provenientes de agresiones externas y de la erosión del orden social. Al haber ganado una fuerte tracción dentro del Partido Republicano, de ahora en adelante los autoritarios tienen una alta probabilidad de definir su curso futuro. La razón radica en el hecho de que el sistema electoral estadounidense no favorece el multipartidismo sino el bipartidismo, razón por la cual los moderados tienen una mayor presión para procurar una aveniencia con los autoritarios radicales.

Hay otro factor sustancial para comprender la forma en la que Trump ha podido conectarse con la corriente autoritaria de una forma en la cual hasta entonces ningún político lo había podido hacer. Para comprender este fenómeno, es preciso contar un poco la historia de la forma en la cual el establecimiento del Partido Republicano terminó divorciado de su base y, de modo más general, como se ha consolidado en la opinión pública la profunda desconfianza hacia la clase política.

Hasta la llegada de Trump, los líderes del Partido Republicano habían podido hacer caso omiso de la radicalidad de las demandas de los autoritarios. Pudieron agitar el manto religioso y apelar a los valores de la familia tradicional para movilizar a un sector del electorado que, de otro modo, probablemente no se habría sentido identificado con su plataforma económica – ésta servía más los intereses de los de grandes conglomerados que a los suyos, fenómeno que describió Thomas Frank en su libro What’s the Matter with Kansas (¿Cuál es el problema con Kansas?). En este escenario, George Lakoff, un lingüísta cognitivo, insistió en varios de sus escritos que el éxito de los demócratas provendría de jugar también la carta familiar, pero apelando al modelo de padres apoyadores (nurturing parents) en oposición al modelo de padres estrictos (strict parents) de los republicanos. En ese modelo de los demócratas de padres apoyadores cabían además las parejas del mismo sexo.

Por varias razones, que no tuvieron que ver propiamente con haber jugado la carta familiar, los demócratas pudieron volver a la Presidencia y, si bien nunca recuperaron el control de la Cámara de Representantes, durante los 8 años que Obama ha estado en el poder lograron que avanzara una agenda liberal, lo cual acentuó la ansiedad social de los autoritarios. La victoria más emblemática de esa agenda liberal fue la decisión de la Corte Suprema de Justicia federal de declarar inconstitucional la prohibición de los matrimonios de personas del mismo sexo el 26 de junio de 2015.

Durante la presidencia de Obama, la oposición más estridente provino de gente con un perfil social más o menos próximo a los votantes de Trump: los hombres blancos de mediana edad, casados y religiosos, pero económicamente afluentes y más educados, que se volcaron sobre el movimiento denominado Tea Party. Este movimiento logró disputarle al establecimiento del Partido Republicano numerosas nominaciones para cargos de elección federal y del nivel estatal, e incluso obtuvo victorias significativas en varios comicios, pero no tuvo nunca la fuerza suficiente para que ese establecimiento adoptara su radical agenda. A muchos votantes republicanos les quedó entonces el sinsabor de haber sido defraudados por los líderes de su partido.

Este sentimiento de decepción se confunde, hasta cierto punto, con el sentimiento más general de rechazo a la clase política. En Estados Unidos, como en otros lugares del mundo, la Encuesta Mundial de Valores registra bajísimos niveles de confianza en los partidos políticos, niveles que no han hecho sino descender: 20.3% en 1995, 22% en 1999, 14.7% en el 2006 y 13.5% en el 2011 (en Colombia, los porcentajes han sido 22% en 1997, 18% en el 2005 y 17.2% en el 2012). Los políticos profesionales son percibidos como gente sin escrúpúlos, que sólo se sirven a sí mismos. Desde hace mucho tiempo es sabido que el principal motivo que anima a un representante elegido es hacerse reelegir, algo que Anthony Downs describió muy claramente en su libro Una Teoría Económica de la Democracia. No obstante, en el marco de la Guerra Fría y del pacto social interclasista en el que se basó el Estado de Bienestar, los políticos profesionales inspiraban algún tipo de respeto por su devoción al menos declarada hacia valores e intereses superiores. Con el neoliberalismo, todo esto cambió y se generalizó la idea que sólo responden a la expectativa de intereses inmediatos, siendo su reelección el interés primordial.

A medida que transcurrían las elecciones primarias de los Partidos Demócrata y Republicano, ocurrieron varios hechos que acentuaron esa percepción. El primero fue el debate que planteó Bernie Sanders acerca de la forma en la cual el sistema actual de financiación de las campañas políticas le permite a los grandes grupos económicos adquirir una influencia exagerada en el proceso democrático. Repetidamente, Sanders puso contra las cuerdas a Clinton por la forma en la cual ésta había recibido altísimos honorarios de firmas de Wall Street como Goldman Sachs para dar charlas y por no haber querido revelar las transcripciones de esas charlas. Aquí incluyo referencias a todos los debates de los precandidatos demócratas en los cuales Sanders planteó el tema del carácter distorsionado de la financiación de las campañas políticas: Charleston, Carolina del Sur, el 17 de enero de 2016; Durham, New Hampshire, el 4 de febrero; Milwaukee, Wisconsin, el 11 de febrero; Flint, Michigan, el 6 de marzo; Miami, Florida, el 9 de marzo; y Brooklyn, New York, el 14 de abril. Muchos ciudadanos al final quedaron con la percepción de que Clinton, como muchos otros políticos, no era una candidata independiente sino el vehículo de grandes intereses económicos.

Todo esto ocurrió a medida que se desató otra discusión. El 3 de abril de 2016, en su programa de televisión Last Week Tonight, John Oliver hizo la revelación de que las dos terceras partes del tiempo los congresistas estadounidenses se la pasan recogiendo fondos, no legislando. Centrado en el testimonio del representante a la Cámara por el estado de Nueva York, Steve Israel, Oliver mostró como los congresistas dedican la mitad de su jornada a hacer llamadas por teléfono a posibles donantes desde un cubículo en la sede de su partido pues cada uno tiene una cuota que cumplirle a la organización que respalda su candidatura. Otro tanto de su tiempo los congresistas lo emplean en reuniones de toda clase con sus donantes: desayunos, almuerzos, cenas, cocteles, con tal intensidad que su realidad se limita grandemente a esas interacciones. Pocos días después, el programa 60 Minutes de CBS dedicó una sección a documentar el mismo fenómeno, esta vez con entrevistas a los Representantes Republicanos David Jolly, de la Florida y Reid Ribble, de Wisconsin, así como a los Representantes Demócratas Rick Nolan y Steve Israel.

Unos pocos días después, en mayo, salió a la luz el libro The Confessions of Congressman X (Las Confesiones del Congresista X), un devastador recuento de la visión cínica que supuestamente tienen muchos congresistas de la política en Estados Unidos. Según este presunto congresista, “Los votantes son increíblemente ignorantes y saben muy poco acerca de la forma del gobierno y de la manera en la que funciona (…) Es mucho más fácil de lo que usted cree manipular a una nación de ovejas ingenuas y ensimismadas que no ansían nada más que su gratificación presente.” En otro aparte, el mismo congresista dice, “Mi función principal es mantener mi trabajo, ser reelegido. Esa es la razón por la cual la recolección de fondos tiene precedencia sobre todo lo demás.” Agrega, “Los gremios empresariales y los sindicatos sueltan más de tres mil millones de dólares cada año a quienes hacen cabildeo ante el gobierno federal. ¿Le dice eso algo? Todo lo que hacemos es operar un puto casino.” Y, si todo esto no fuera suficiente, el mismo supuesto congresista afirma, “Nos gastamos dinero que no tenemos y sin ninguna preocupación hipotecamos el futuro con un guiño y un gesto de asentimiento. Todo es para aquí y ahora. ¡Que se joda la siguiente generación! (…) Todo lo que importa es la publicidad inmediata, obtener reconocimiento ahora y lucir bien para la próxima elección.” Durante el verano, este escandaloso opúsculo quedó clasificado como el segundo libro más vendido en la plataforma de Amazon.

No creo que la deslegitimación de la clase política en los Estados Unidos haya alcanzado nunca un nivel como éste. A finales del Siglo XIX, fue publicada póstumamente la novela del escritor Henry Adams Democracy: An American Novel, en la cual el mundo de los congresistas es presentado de una forma descarnada. A comienzos del Siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber pudo notar que un fenómeno característico de la vida política estadounidense era el hecho de que el status de los políticos era mucho más bajo que el de los europeos. Sin embargo, a comienzos de los 1970, senadores como Mike Gravel, quien leyó una buena parte de los Documentos del Pentágono y logró insertarlos en la Gaceta del Congreso, y Frank Church, quien dirigió las investigaciones acerca de los abusos de los organismos de inteligencia, le dieron a la actividad de los políticos un aura de defensores del interés público suficiente para mantener la confianza general en la clase política. Hoy por hoy, como lo mostré en los párrafos anteriores, esa aura está perdida irremediablemente.

Aquí es donde entra un rasgo único de Trump en esta campaña electoral, que ha cautivado a todos sus seguidores: su condición de hombre económicamente independiente, no subordinado a ningún grupo de interés. Trump sabe muy bien que esta es una de sus cartas ganadoras y la ha usado siempre que ha podido no solamente para validarse a sí mismo sino también para invalidar a sus rivales. El día en el cual anunció su candidatura, el 15 de agosto de 2015, Trump dijo, “No necesito el dinero de nadie. Es chévere. No necesito el dinero de nadie. Estoy usando mi propio dinero. No estoy usando cabildantes. No estoy usando donantes. No me importa. Soy realmente rico; se los mostraré en un segundo. Y, a propósito, no estoy diciendo esto de manera fanfarrona … esta es la clase de pensamiento que ustedes necesitan en este país.”

El 23 de octubre del mismo año, Trumpo hizo una declaración llamando a los precandidatos a devolverle a los donantes todo el dinero que habían recibido: “Yo estoy autofinanciando mi campaña y por lo tanto no seré controlado por los donantes, los grandes intereses y los cabildeantes que han corrompido nuestra política y nuestros políticos por mucho tiempo. Yo he repudidado todos los Super-Comités de Acción Política, pedido la devolución de todas las donaciones que han dicho que hicieron esos comités, y llamo a todos los candidatos presidenciales a hacer lo mismo. El carácter de nuestro país solamente será fuerte en tanto lo sea el de sus líderes – El único gran interés que yo tengo en cuenta es el de la gente de los Estados Unidos ¡Juntos haremos que los Estados Unidos vuelvan a ser grandes!

En el debate con otros precandidatos del Partido Republicano realizado en Manchester, New Hampshire, el 6 de febrero de 2016, Trump volvió a la carga contra sus competidores utilizando la misma carta. En esa ocasión dijo, “El Comité Nacional del Partido Republicano nos dijo [a los precandidatos] que tenemos a todos los donantes en la audiencia. Y la razón por la cual no me están queriendo – la razón por la cual no lo hacen – excúseme, la razón por la cual no me están queriendo es porque no quiero su dinero. Yo estoy haciendo lo correcto por la gente estadounidense. Yo no quiero su dinero. No necesito su dinero. Y soy el único aquí que puede decir eso.” Al día siguiente, en una entrevista para la cadena ABC, Trump repitió el mensaje: “Cuando usted tiene a alguien como yo, que no toma dinero, que me autofinancio, eso le gusta a la gente.”

Recientemente, Trump cambió un poco el tono. Ahora exalta las numerosas donaciones de pequeñas sumas de dinero que le hacen sus simpatizantes, pero sigue usando el mismo argumento contra su rival Hillary Clinton, cuya candidatura caracteriza como vacía, impulsada solamente por los “grandes intereses y por la élite de Wall Street.”

El columnista de The Atlantic David Frum llama la atención sobre el hecho de que en una encuesta realizada en marzo de 2016 por el Washington Post más de la mitad de los votantes republicanos y de los líderes republicanos describieron a Trump como “deshonesto”. A pesar de ello, Trump ganó las elecciones primarias en la mayoría de los estados, cada vez con márgenes crecientes, a pesar de que sus mentiras no hacían sino acumularse. Según el mismo Frum, esas mentiras no fueron ignoradas ni creídas. Simplemente, fueron condonadas bajo el principio, “todo el mundo lo hace”. Esto, creo, es sólo la mitad de la historia. Mi conjetura es que los simpatizantes de Trump razonan del siguiente modo: ‘Todos los políticos mienten, incluido Trump, pero él es diferente a todos los demás. Él no hará lo que los demás hacen.’ De acuerdo con esta lógica, no solamente tiene sentido votar por Trump; también lo tiene luchar furiosamente contra quienes se oponen a su causa.

Desde el punto de vista de las instituciones democráticas y de la cultura cívica, el balance de todo esto no puede ser sino negativo. Un personaje como Trump ha podido disputar creíblemente la presidencia de los Estados Unidos por razones que tienen que ver con el papel de los medios de comunicación, que le proporcionaron una plataforma que, de otro modo, no habría tenido; con el efecto de la segregación social pues ésta contribuye a que personas con una disposición autoritaria refuercen entre sí su percepción de amenazas al país y al orden social; y, finalmente, con la desconexión entre los partidos políticos y los ciudadanos, una desconexión que yo creo que se ha vuelto insalvable por los incentivos equivocados que tienen los políticos para preservar su status y los votantes para encontrar alternativas dentro del sistema, que en realidad lo subvierten.

Al final del día, el fenómeno Trump ha logrado revelar el profundo malestar que hay en la democracia. La emergencia y consolidación de líderes populistas en otras latitudes es indicativa de una fractura profunda en el marco institucional de los regímenes demo-liberales. Estos regímenes perdieron la capacidad para resolver lo que yo he llamado la cuadratura del círculo de la política moderna: cómo conciliar la igualdad política con la desigualdad económica. La concentración de poder económico ha hecho sentir su efecto en el proceso político, sesgando las políticas públicas a su favor. Atrapados en un horizonte social y temporal bastante reducido, los políticos ya no responden a la ciudadanía. Están demasiado ocupados en cortejar a los grupos de interés que financiarán su reelección. A medida que estos políticos devienen sordos, se hacen populares los que gritan estridentemente que no han sido comprados por el establecimiento.

Trump puede perder las elecciones el martes 8 de noviembre – lo ocurrido en Reno, Nevada, que tiene todo el tinte de un acto de sabotaje destinado a mostrar el carácter salvaje de sus seguidores y la declaración de James Comey, el director del FBI, de que no habría nada sustancial en la nueva tanda de correos electrónicos de Hillary Clinton, parecieran ser todos actos destinados a devolverle a la candidata demócrata la oportunidad de ganar la presidencia. Empero, la grieta que Trump ha dejado en la cultura cívica es enorme. Trump ha logrado que sus seguidores validen entre sí formas de acción y expresión en contravía con los valores y principios que harían posible el diálogo democrático. Más grave aun es el hecho de que quienes se oponen a Trump terminen siendo arrastrados a la dinámica polarizadora que él ha desatado.

Aquí conviene destacar un ejemplo bastante ilustrativo. Jessica Valenti ha definido bien la gravedad del predicamento actual de los Estados Unidos. Ella teme menos a Trump que a la realidad de misoginia e intolerancia de la cual Trump ha surgido. Es una pena, sin embargo, que la misma Valenti se refiera a los seguidores de Trump en los mismos términos insultantes que Clinton usó en una ocasión, de los cuales se retractó posteriormente: gente deplorable.

Como alguna gente en Estados Unidos (Murray Attaway y Wesley Moore, entre otros), al leer el poema de William Butler Yeats The Second Coming (El Segundo Advenimiento), no he podido sino pensar en Trump. Aquí ofrezco una nueva versión al español. Después de leer el poema, se entenderá el motivo de la mencionada evocación.

Dando vueltas y vueltas en el creciente torbellino,
no puede el halcón oír al halconero.
Todo se desmorona; el centro no lo puede contener.
La pura anarquía se abate sobre el mundo.
Se desata la marea oscurecida por la sangre, y por doquier
se anega el ritual de la inocencia.
Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores
rebosan de febril intensidad.
Seguramente alguna revelación está próxima;
seguramente el Segundo Advenimiento está próximo.
¡El Segundo Advenimiento! No acaban de ser pronunciadas esas palabras
cuando ya una vasta imagen procedente del Spiritus Mundi
turba mi mirada: en algún lugar en las arenas del desierto,
una forma con cuerpo de león y cabeza humana,
de mirada vacía e implacable como el sol,
mueve sus pausados muslos, mientras en todo su rededor
giran las sombras de las indignadas aves del desierto.
La oscuridad cae de nuevo; pero ahora sé
que veinte siglos de sueño pétreo
fueron atormentados hasta la pesadilla por el mecer de una cuna.
¿Y qué tosca bestia, llegada por fin su hora,
Se arrastra hacia Belén para nacer?

 

The Second Coming, Yeats

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