Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Si usted fuese usted

¿Qué puede significar esta pregunta? ¿Acaso no es obvio que usted es usted? Los tiempos verbales hipotéticos, nuestros subjuntivos, están reservados para otras forma de ser, que no son la suya, pero que usted de todos modos se puede imaginar. No es que parezca obvio, podría usted enfatizar; es que es obvio quién es quién.

Al revisar el catálogo de obviedades, resulta aparente que los países son como las personas y también que las personas son como los países: todos los días cada uno refrenda su identidad con himnos, banderas y lecciones de historia personal oficial; con más o menos asiduidad, cada uno revisa sus puestos fronterizos y sus aduanas, y llena todos los formularios y paga todos los tributos que tenga que pagar para poderse sentar tranquilo por lo menos una media hora. Por eso, se entiende, produce un poco de vértigo que un país pueda llegar a partirse en dos o más pedazos, incluso si esa partición se hace de forma civil.

Mas, ¿se puede partir en dos o más pedazos una persona? El cuerpo, sin duda, no – no se puede partir sin matar una parte del cuerpo o el cuerpo todo, pero la persona sí y muchas veces. La persona puede romper su persona hasta despersonarse en la locura y locamente otros pueden despersonarla hasta reducirla a la condición de cuerpo insensible, pero viviente. Si Job y Hécuba hubiesen experimentado el horror que tantos despersonadores han causado en este siglo o en el anterior, quizá habrían enmudecido – sin morirse, no habrían emitido siquiera un gemido.

Para nuestra desgracia, en esta época también hemos llegado a saber que esa no es la única forma de enmudecer. El ser humano puede devenir enmudecido y así inhumanizado entre el enorme ruido de palabras gastadas, como si una costra viscosa se adhiriera a los músculos de la lengua, de la cara, del cuello, de los brazos, de las piernas, del pecho, del cuerpo todo o como si una droga enervara la posibilidad de gritar, mientras un clamor sordo horada las fibras del estómago, del hígado, del corazón.

Para pervivir y levantarse sobre los males de nuestra época, y sobre todo si se quiere revolucionar el mundo, es preciso revolucionar primero el espíritu. La sabiduría vedanta enseña a contemplar el silencio que sigue a la pregunta, ¿quién soy yo? Otra sabiduría, la de un ser que quizá haya conocido la iluminación, aunque sólo fuese por breves momentos, propone que uno se apersone de la energía que ha sido enclaustrada por la propia persona. Quisiera compartir aquí esa sabiduría, la de Clarice Lispector:

 

Cuando no sé dónde he guardado un papel importante y la búsqueda se revela inútil, me pregunto: si yo fuese yo, y tuviese un papel importante que guardar, ¿qué lugar escogería? A veces funciona, pero algunas veces me siento tan apremiada por la frase “si yo fuese yo” que la búsqueda del papel deviene secundaria y comienzo a pensar, diría mejor a SENTIR.

Y no me siento bien. Haga el experimento: si usted fuese usted, ¿cómo sería? y ¿que haría? Después de comenzar, se siente un descontento: la mentira en la que nos acomodamos acaba por ser movida del lugar donde se había acomodado.

Sin embargo, he leído biografías de personas que de repente llegaban a ser ellas mismas y cambiaban completamente de vida.

Me parece que, si yo fuese realmente yo, mis amigos no me saludarían en la calle porque hasta mi fisonomía habría cambiado. ¿De qué modo? No lo sé.

La mitad de las cosas que yo haría si yo fuese yo, no lo puedo contar. Me parece, por ejemplo, que por un cierto motivo yo terminaría en la cárcel. Y, si yo fuese yo, daría todo lo que es mío y le confiaría el futuro al futuro.

“Si yo fuese yo” parece representar nuestro mayor peligro de vivir, parece la nueva entrada en lo desconocido.

Sin embargo, tengo la intuición de que, pasadas las primeras llamadas locuras de la fiesta que aquello sería, tendríamos al fin la experiencia del mundo. Lo sé bien, experimentaríamos al fin plenamente el dolor del mundo, y nuestro dolor, aquel que aprendemos a no sentir. Pero también algunas veces quedaríamos poseídos por un éxtasis de alegría pura y legítima que no puedo adivinar bien. No, me parece que ya estoy de algún modo adivinando porque me sentí sonriendo y también sentí esa especie de pudor que se tiene delante de aquello que es demasiado grande.

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