Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Ostracismo, un viejo remedio contra la discordia

Ostrakas usadas para ostraquizar a Temístocles

 

Ostrakas usadas para ostraquizar al líder ateniense Temístocles

Cualquiera que invoque el ostracismo como una fórmula para prevenir o resolver un conflicto político corre el riesgo de ser llamado anti-demócrata. Lo irónico del asunto es que la práctica de ostraquizar líderes políticos fue establecida en Atenas para defender la concordia, presupuesto de la democracia.

Entre los antiguos griegos fue más o menos común que la facción vencedora le impusiera el exilio no sólo a un individuo sino a familias enteras. Indudablemente, esta práctica tenía un sentido revanchista y era ella misma fuente de una gran inestabilidad. Los exiliados conspiraban para regresar y deshacer el daño de su exilio.

En contraste con la perenne expulsión de los vencidos, en Atenas la ostraquización de un individuo era limitada en el tiempo, diez años, y no implicaba para el ostraquizado pérdida alguna de sus derechos civiles. La decisión no era judicial sino meramente política. El ostraquizado no era condenado a dejar su patria; meramente se lo obligaba a partir y no intervenir más en los asuntos de la polis porque se le juzgaba ser una fuente de discordia. La medida podía ser revocada si, a juicio de los ciudadanos, las habilidades del ostraquizado fueran necesarias para el bien de la ciudad.

Los atenienses tenían una alta opinión de esta institución. En primer lugar, la consideraban una muestra de la capacidad del pueblo para discernir sobre los asuntos públicos. En efecto, al votar por la ostraquización de un ciudadano, le correspondía determinar quién podría ser una fuente de discordia, de división de la ciudad tal que precipitara una ruptura del orden democrático. En segundo lugar, los atenienses apreciaban el carácter moderado del ostracismo al contrastarlo con otras instituciones como la atimia, que podía transmitirse por herencia y que permitía, en los casos de pena de muerte, a cualquier ciudadano ejecutarla.

Lo fundamental, sin embargo, era la profunda aversión al faccionalismo que pudiera conducir a la guerra civil. Aunque el choque de diferentes posiciones era un evento normal para el espíritu griego, los atenienses descubrieron que el espacio público es el lugar donde se alcanza la libertad en virtud de no estar atado a una posición. Ser libre significaba deshacer las ataduras del prejuicio y la ignorancia por la vía de la reciproca ilustración que llevan a cabo los ciudadanos en los debates políticos.

Sin embargo, si en el curso de esos debates las posiciones se hacían rígidas y la asamblea tendía a dividirse siguiendo cada grupo un líder pertinaz, los atenienses se atenían al principio de que era mejor que uno de esos líderes se fuera pues de tal modo así se podría mantener la concordia.

Seguramente, a la versión idealizada del ostracismo uno debería oponer el examen cuidadoso de los numerosos abusos cometidos por asambleas enardecidas. No sería errado, sin embargo, recordar que el registro de las ostraquizaciones fue hecho en su mayoría por gentes poco amigas del principio democrático. Y aun entre los críticos de la democracia, como Aristóteles, uno encuentra el reconocimiento de su justificación política.

El ostracismo podría rehabilitarse como remedio contra la discordia. Empero, su establecimiento precisaría de un grado mínimo de concordia, el necesario para que el espíritu partidista no abusara de él o para que la oposición no magnificara la sanción al faccionalismo como una violación de las reglas de juego de la democracia. La gravedad de nuestro predicamento radica justamente en el hecho de que la deslealtad del expresidente Uribe a la Constitución él la escuda con sus derechos políticos y con la amenaza del trauma que provocaría su juzgamiento.

En mi opinión, la política colombiana podría funcionar un poco mejor si un líder discordante como Álvaro Uribe fuese juzgado por su abuso de poder como Presidente y su abuso de la ley como ciudadano.

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