Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

Chapuza constitucional: crítica a un cuestionable plebiscito

Con muy buenas intenciones y con muchas ganas, los colombianos hemos hecho importantes contribuciones a la Compilación Universal del Constitucionalismo Chapucero. Las más recientes tienen que ver con la paz: una, la propuesta de que el Congreso prolongara el período del presidente y el suyo propio por dos años más; otra, la más reciente, rebajar a un mínimo el umbral para aprobar el plebiscito con el cual se espera refrendar los acuerdos de paz. Lo común a estas dos propuestas es el de ser fraudulentas. Lo grave es que sus promotores y defensores nos quieran convencer, como ellos mismos se han convencido, de que son las que más se ajustan a nuestros valores.

El fraude en la prolongación del período del Presidente y del Congreso es muy claro. Si uno autoriza a un conjunto de representantes para que tome decisiones por cuatro años, mal harían esos representantes en ponerse de acuerdo entre ellos para prolongarse el período a seis. También hay fraude en el plebiscito: para que una decisión directa del pueblo tenga validez y, por lo tanto, legitimidad, se requiere que cumpla el requisito de que una proporción bastante amplia participe. Si lo hace sólo una pequeña minoría, ¿con qué título le va imponer su decisión al resto?

Empero, es preciso reconocer que el plebiscito minoritario es uno de los frutos malsanos que hemos cosechado en nuestro propio suelo. Hemos convivido durante largo tiempo con uno de los índices de abstención electoral más altos del mundo. Como alguien tiene que tomar las decisiones, por hábito, y en algunos casos por conviccción, se ha aceptado que lo haga la fracción minoritaria de ciudadanos que considera que tiene el deber de votar. Los abogados del incumplimiento de este deber han justificado su postura con el argumento de que los ciudadanos tenemos una supuesta libertad de abstenernos de participar políticamente, una libertad que en realidad es análoga a la de no pagar impuestos. Con posiciones de este corte, esos abogados se creen liberales, en el sentido de defensores de la libertad. Son, en realidad, defensores de la incultura cívica.

Participación en las elecciones parlamentarias en el mundo, en América y en Colombia (fuente: idea.int)

Mas no es sólo un asunto de principios y de antecedente históricos sino también de coyuntura el que nos ha puesto a discutir acerca de un plebiscito minoritario. Desde que comenzaron las negociaciones, el Gobierno y las FARC concordaron en procurar la refrendación popular de los acuerdos que firmaran. Con respecto a este punto, las FARC han insistido en la convocatoria a una asamblea constituyente, lo cual equivale a pedir que un cuerpo político se reúna para hacer y deshacer todo lo que ha sido acordado en La Habana. Y el Gobierno, sin parar mucha atención a su contraparte, ha recurrido al embeleco del plebiscito minoritario por haberse embarcado en un proyecto que, sólo a mitad de camino, comprendió que no podía realizar cabalmente. Previó una cosa y le salió otra: creyó que por cuenta de la paz todos los ciudadanos le daríamos nuestro respaldo, pero se estrelló contra la apatía y también contra el odio y la obstinación.

En un régimen democrático, el orden de las cosas es que los defensores de una propuesta procuren convencer a los demás con buenas razones y que, después de deliberar, la decisión del caso se tome de acuerdo con las reglas de juego previamente acordadas. En un régimen demagógico, por el contrario, el orden de las cosas es el desorden; en él impera la modificación de las reglas para obtener el resultado que ha sido escogido de antemano. Los más esmerados circunloquios en defensa del plebiscito minoritario no pueden ocultar su carácter espurio: justifican un procedimiento irregular para ajustarlo a una coyuntura muy particular, una que revela la limitada representatividad del Gobierno y de las FARC y, por tanto, su limitado poder de convocatoria.

Las consecuencias de todo fraude son siempre negativas. En este país la expectativa de que cumpliremos las reglas es baja, la confianza interpersonal también es baja y el costo de tomar e implementar decisiones colectivas es bastante alto. El plebiscito minoritario agrava esta situación. Cuando los líderes políticos ablandan las reglas para conseguir un resultado, no importa cuán noble sea, la realización de una paz firme y duradera quedará en entredicho. De seguir por este camino, las bases del edificio constitucional continuarán debilitadas.

Coda: Ninguno de los acuerdos suscritos por el Gobierno con la insurgencia fueron objeto de refrendación. Tal precedente podría servirle al Gobierno como modelo. Si lo siguiera, podría emplearse a fondo para hacer lo que todavía no ha hecho suficientemente: una buena pedagogía de los beneficios de ponerle fin al conflicto armado y de la manera concreta en la cuál procura lograr ese propósito. De esa manera, sin distorsionar las instituciones, podría responder a los críticos acérrimos del proceso de paz.

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