Con los pies en la tierra

Publicado el Observatorio de Tierras

La tierra y el campesino: una cuestión de reconocimiento.

Por: Sebastián Martínez Durán

Por estos días ha vuelto la polémica sobre las invasiones de campesinos a predios como si se tratara de una situación moderna, algunos aún más radicales han insinuado la responsabilidad del electo presidente Gustavo Petro, sin embargo, el gobierno a través de distintos sectores ya salió a condenar el hecho. La realidad es que este fenómeno no es nuevo y, por el contrario, constituye un proceso recurrente en la historia de Colombia, con esto no estoy justificando su accionar sino poniendo en perspectiva histórica el asunto; siempre han existido las invasiones. 

Lo cierto es que, como lo afirma la Comisión de la Verdad a través de reflexiones de Darío Fajardo, desde tiempos inmemoriales en Colombia hay dos modelos de desarrollo agrario y rural en disputa: “uno que promueve la propiedad de los campesinos para un desarrollo productivo más equitativo y otro (de la agroindustria) que busca convertir a los campesinos en asalariados”. Es el segundo modelo el que más ha primado. Desde la independencia funcionó un modelo social hacendatario donde solo una persona era dueña de grandes extensiones de tierra mientras una gran cantidad de campesinos (incluidos niños) debía conformarse con vender su mano de obra como jornaleros.

Esto siguió evolucionando y pasaron a llamarse grandes terratenientes, para poder asegurar la mano de obra asalariada se llevó a cabo un gran despojo de tierras a los campesinos, ya que, existiendo muchos baldíos (tierras que pertenecen al Estado y que deben ser adjudicadas para ser propietario de estas), preferían trabajar en su propia tierra que depender de alguien más, por eso se necesitó del desplazamiento forzado. La Comisión encontró que el despojo de tierras fue un patrón de comportamiento histórico, especialmente de los pueblos étnicos, apoyado por el Estado colombiano a través de la fuerza pública, alcaldes, notarios, jueces y hasta la Iglesia católica: se inició la concentración de la tierra por medio de la apropiación de terrenos baldíos y a pesar de ser ilegal fue respaldado por el sistema judicial colombiano.

Así fue como se expandió la frontera agrícola, por la existencia de una gran cantidad de terrenos baldíos. Cuando los terratenientes invadieron las tierras de los campesinos, estos, desplazados, sin resignarse a trabajar para alguien más, decidieron ir por su parte a ocupar tierras cada vez más alejadas. Este ciclo se repetía una y otra vez. Fue así como surgió la mano de obra necesaria para el desarrollo agroindustrial: gracias al despojo. Este modelo de desarrollo explica los altos niveles de concentración de la tierra que presenta Colombia, con un coeficiente de Gini alrededor de 0,897 (2020)

Este fenómeno de invasión no se ha detenido. De lo rural se trasladó a lo urbano, donde millones de desplazados forzados han visto su refugio en casas improvisadas a las afueras de la ciudad. Allí está surgiendo una nueva ruralidad, personas con una identidad del campo pero que ahora habita en la ciudad, algunas hasta han continuado con huertas comunitarias. Esto puede encontrarse, por ejemplo, en la localidad de Ciudad Bolívar en Bogotá. Sin embargo, estudios han comprobado que el desplazamiento forzado hacia las ciudades es una condena a la pobreza, si bien las familias campesinas tienen mayor acceso a servicios, sus ingresos disminuyen considerablemente, principalmente porque sus saberes agrarios no son requeridos en la ciudad y ya no tienen su único activo productivo: la tierra.

Es importante pensar en la importancia que tiene la tierra para un campesino, y la respuesta es lógica: sin tierra no hay campesino. La tierra para el campesino no es solo la propiedad sobre un bien material sino la representación de su proyecto de vida, ya que los saberes que posee son agrícolas, un proyecto que configura su historia y tradición familiar porque es de sus cuidadores que las personas aprenden a manejar la tierra. Se mantiene una relación cercana que representa una pertenencia y una identidad cultural. Esto difícilmente se entiende en la ciudad donde la relación con la casa es totalmente diferente, donde es normal la mudanza o pasar más tiempo por fuera que dentro de la vivienda, y la relación con la tierra muchas veces es inexistente.

Hay que preguntarse entonces por qué este fenómeno persiste, y es que nunca se ha realizado una reforma agraria integral que garantice la tierra de forma equitativa, ese es el reto del nuevo gobierno. La actual ministra de agricultura, Cecilia López, radicó un proyecto legislativo que reconoce a los campesinos como sujetos de especial protección constitucional, precisamente reconociendo las violencias y la exclusión a la que se ha sometido esa población. En ese camino, se debe garantizar el derecho fundamental a una vivienda digna para que todos los colombianos desplazados encuentren un lugar seguro y se debe garantizar la tierra para que los campesinos tengan la posibilidad de desarrollar una vida agraria libre.

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