Con los pies en la tierra

Publicado el Observatorio de Tierras

¡Cataplún!, que nos jodimos, porque ya ni siquiera tierra nos va a quedar

Por Lina María Zárate

Se moría como moriría la siembra bajo la mano sin alma de la ventisca. La literatura jamás ha fallado en darnos un paisaje y en ser aliada a la hora de explorar nuestra historia. La oración inicial de este párrafo no es la excepción, pertenece al cuento “Granizada” de Carlos Arturo Truque, escritor chocoano, quien en su narración nos presenta a una familia amenazada por la llegada de una fuerte granizada que dañaría sus cultivos en su pequeña parcela, y además con una amenaza del banco por una hipoteca (imposible de pagar ahora que perderían su cosecha, y de paso, sus tierras). Ellos deciden encomendar su suerte y esperanza a Santa Bárbara (o cualquier ser divino con misericordia suficiente), por ello, encienden una vela y depositan en dicha llama la espera de un milagro, pero esta se moría como moriría la siembra bajo la mano sin alma de la ventisca.

Esta no es una historia aislada a nuestra realidad ni mucho menos fantástica. En esta ocasión, hablaremos del Alto Cauca, un territorio atravesado por diversas dinámicas y choques. En primer lugar, casi como un lugar común, se presenta una suerte de “escasez de tierra”, haciendo referencia al acceso a este recurso vital. Se debe ver las contradicciones e ironías que orbitan alrededor. Por ejemplo, declarar en la Constitución Política de 1991 un Estado protector de la diversidad étnica y cultural, pero que su performatividad y acciones se han encaminado en un único modelo de desarrollo, sin tener en cuenta las otras voces, trayendo consecuencias a la configuración de los territorios, los recursos, y de la misma identidad de las comunidades, especialmente las rurales.

No es en vano ni gratuito el famoso eslogan: “Bienvenidos al futuro” que abanderó la llegada de una nueva Carta Política, parte de este futuro respondía a un proceso político y social global: el neoliberalismo, toda una nueva manera de pensar y actuar.  Colombia no esquivó estos cambios, y las políticas y programas apostaron entonces por la apertura y racionalidad económica, lo cual desdibujó a las comunidades rurales, de este modo, la noción de territorio (donde se construyen los lazos de vida) se reduce a una categoría de coste-beneficio y se prioriza el acceso a la tierra de los grandes proyectos empresariales, como el monocultivo de caña de azúcar. En palabras de los personajes de Truque, ¡cataplún!, que nos jodimos, porque ya ni siquiera tierra nos va a quedar.

Ahora, sería perjudicial nombrar al neoliberalismo como el único causante de los laberintos y paradojas en el acceso, tenencia y titulación de tierras; es más un detonante de problemas estructurales que han atravesado la trayectoria agraria de Colombia. Esto ha generado una fuerte movilización social no solo alrededor de la tenencia de la tierra, porque esta demanda también requiere del reconocimiento de la identidad, siendo un caso emblema el Alto Cauca (donde existe convergencia de pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y campesinado); y esta última petición puede ser la más problemática porque implica reconfigurar mecanismos de participación para las comunidades que incluyan respeto por su autonomía y decisiones vinculantes.

Para el caso de esta región, las principales demandas que han acompañado su movilización han estado relacionadas con la titulación de tierras, política agraria, y vulneración de Derechos Humanos en el marco del conflicto armado. Ninguno de estos motivos está aislado, por el contrario, se han hilado y hacen parte de la historia del territorio: configurando demandas históricas ante las cuales tristemente parece no haber respuesta oportuna, incluso, dando lugar a retrocesos. Por ejemplo, el Paro Agrario del 2013, dentro de las peticiones que se plantearon en la mesa de negociación se incluía darle prontitud a los acuerdos alcanzados en años anteriores, o, para traer a colación un caso más reciente, se puede citar el reverso que han tenido las discusiones sobre la aspersión con glifosato, saltándose los mecanismos de consulta con las comunidades. Se repiten los mismos errores.

Para no ir más lejos, el caso del Embalse de La Salvajina, cuya construcción no fue consultada debidamente con la población directamente afectada, y años después se pretendía complementar el proyecto con la desviación del Río Ovejas, sin embargo, el mecanismo de consulta previa fue dilatado. Y es gracias a la movilización de las comunidades y la ejecución de otros mecanismos de denuncia y exigencia de sus derechos como la acción de tutela, fueron tomados en cuenta, aunque la deuda ecológica no tenía remedio.

¿Cuál es el reto?  Reconocimiento integral y todo lo que este acarrea. Se trata de escuchar el territorio, conocer sus trayectorias y resistencias, reconocer la violencia directa y simbólica que lo ha marcado, no buscar homogeneizar los actores sino permitirles hablar y participar (siendo su derecho fundamental), como lo expone Odile Hoffman, permitirse saber cómo se imaginan sus territorios, y a través de esto, construir.

Y no tener que decir: ¡Mijo…! Nos tragó la diabla …

 

 

 

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