Bernardo Congote

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Confesión: Fui Militar pero no supe de Heroísmos*

Al Ejército entramos dos clases de gentes. Los campesinos entran a vengarse y la clase media entra a trepar. A los primeros los capturan gratis en los campos o en los billares de los barrios. Los segundos, pagan por entrar a la escuela militar.

Los campesinos suelen llegar a ser, como máximo, suboficiales. La clase media -preferentemente hijos de militares- sí llega hasta arriba. A los campesinos les tiran los uniformes al piso el día de llegada. Los de clase media los mandan fabricar.

La guerra campesina comienza con los uniformes porque ni las botas ni los vestidos están a la medida. En los baños y en los dormitorios se roban unos a otros. “Hay que ser vivos como en la guerra”, gritan aplaudiendo los oficiales.

Por eso cerca de los cuarteles suele haber almacenes de implementos, casi siempre propiedad de exmilitares o expoliciales. Como uno no se puede presentar sin el uniforme completo, en esos comercios suele verse que los ladrones vayan a vender y los robados a comprar.

La guerra de la clase media comienza logrando puestos. El chofer, el mandadero, el oficinista, estos son los que pintan para generales. Después de logrados los puestos, vienen los contratos. Y después, a los soldados nos toca cuidar sus inmensas fincas.

Ambos grupos somos entrenados para matar compatriotas. Durante la doctrina nos enseñan, por un lado, que hay unos “buenos” -curiosamente dirigiendo la guerra- y otros “malos”, los de a pie.

Durante la doctrina somos llevados a misa y a confesarnos por parte de los curas que aparecen -y a veces viven- en los batallones. Ellos sí que conocen nuestros crímenes. De esta forma Dios confirma que hay unos buenos que son los creyentes, y otros malos, que son los ateos. Y como dice la Biblia, a los ateos hay que exterminarlos.

Todos los días aplicamos manuales de ataque y defensa contra el enemigo. Pero cuando llegamos al terreno vemos que el enemigo son otros campesinos o los vecinos del barrio.

Los curas también nos dicen que el cuerpo de la mujer es símbolo del pecado, y que el mismísimo Satanás se encarna en las mujeres. Tampoco falta la prédica de que el sexo es una maldición. Por lo que adentro la tropa se pregunta: ¿cuál es el problema entonces?

Algunos buscan las razones de esta guerra. Pero en la milicia está prohibido pensar. “El que piensa muere”, gritan los oficiales; por una parte, tienen razón porque si Usted tiene un fusil en la mano frente al enemigo, el que no piensa dispara primero.

Pero no la tienen porque si usted tiene al mando un pelotón de soldados, necesita diseñar estrategias y tácticas que sólo se logran pensando. Esta guerra la hemos perdido porque la dirigen unos que tampoco piensan.

En mi batallón recuerdo al comienzo a dos tenientes, también jóvenes. El uno, inteligente, estratega, analítico y el otro vivaracho, pendenciero, tramposo.

Del primero, supe luego que, tal como me ocurrió a mí, fue forzado a “pedir la baja”; tiempo después me di cuenta de que el segundo llegó a ser Ministro de Defensa.

El cuento de “los héroes” es nuevo. Se lo inventaron algunos políticos y militares retirados para justificar que siguiera el negocio de la guerra; porque sí que hay negocios por todas partes. Por ello creo que no puede haber héroes en una milicia que tiene como negocio matarse entre hermanos.

Tampoco puede ser heroico armar componendas con los paramilitares; no tiene nada de heroico que el comandante paramilitar camine por el batallón como si nada hablando con los oficiales y que luego, durante las matanzas, los dejamos pasar por los retenes sin requisas.

Tampoco es heroísmo asesinar o violar mujeres. Mucho menos si son menores de edad. Estos crímenes aparecerían justificados por el adoctrinamiento recibido, pero no he visto que a los que adoctrinan se les haya acusado, por ejemplo, de autores intelectuales.

Tampoco es heroísmo irse al ataque contra civiles desarmados, sean exguerrilleros, criminales o estudiantes. Lo hacemos porque llevamos en la bandera a Dios y a la Patria y esa doctrina dice que el fin justifica los medios. Por ello es que, más que matar, exterminamos.

Fui militar y no dejaré de serlo nunca; me pasó lo mismo que a los curas. Los que fueron, nunca dejarán de serlo. Debido a que militares y curas somos enganchados muy jóvenes, las doctrinas y la guerra nos dejan marcas indelebles.

Así como nunca conocí héroes en la milicia, tampoco conocí que algún hijo de la clase política se «untara de uniforme».

Los políticos dirigen y se benefician de la guerra, mientras los campesinos y la clase media, la peleamos. Aquellos manejan el poder y los demás terminamos en la calle, en la cárcel o en el cementerio.

Uno nunca se recupera. Sobre todo ahora que a todas estas locuras se las llama dizque “heroísmos”.

Esta confesión va a ser desmentida por unos y otros. No me importa. Me estaba enfermando con estas palabras guardadas durante años entre las tripas.

*Ficción. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

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