Bernardo Congote

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Compraré un perro en 2020. ¡Lo prometo!

Me declaro derrotado. Hace 20 años era menester pertenecer a alguna lista negra para tener algún nombre social. En las conversaciones estaba out quien no formara parte de los chuzados, de los vigilados, de los objetivos militares o de los enemigos de Uribe. En fin.

 

Ahora eso va pasando, aunque todavía algunos chuzadores profesionales evitan ser condenados. Sobre todo, el mayor, uno del que se ha vuelto tabú mencionar el nombre.

 

Pero ahora no se puede ser alguien si no se tiene perro. Trump ya tiene un perro, como él, elefantiásico; Johnson tiene un micro perro, también igualito; por siglos lo ha tenido la reina Isabel. Y Jennifer López.

 

Pero después de saber que Taylor Swift tiene mascota, tomé la decisión. Cuando supe que cumplió los 30, me dije: Si una mujer que está parada en dos ejemplares de la Tour Eiffel tiene mascota, debo hacer algo. ¡Necesito comprar perro para ser alguien!

 

¿Quiere otra prueba? ¡Peñalosa y Petro tienen perro! (ambos adoptados, como mandan los cánones). Lo que demuestra que el perro puede ayudar a resolver los peores conflictos de la democracia.

 

Santos, por ejemplo, logró firmar con las FARC cuando se compró un perro. Bastó con que se enterara de que “Timochenko” compraría perro. Y de inmediato firmaron. (Sólo que no les dejaron entrar los perros al Colón. Allí sólo entraron lagartos).

 

El único que, en lugar de perro, compró caballo, es el mayordomo del ubérrimo. El error le ha costado que su jumento le lleve desbocado hacia el despeñadero.

 

Debo hacerlo para lograr exenciones tributarias; me atiendan mejor en la EPS; visiten mi blog; me renueven el contrato en la universidad; o para que me saluden mis vecinos, me convendría tener un perro.

 

También me ayudaría a sostener algún tipo de conversación con mis amigos y familiares. Hay que ver lo aburrido que me he sentido en estas sospechosas fiestas, sólo porque no tengo perro.

 

No conozco algo de veterinarios ni, menos, de veterinarias. Ignoro todo lo referente a los concentrados. Lo único parecido, es que ante mis estudiantes me impongo este principio metodológico: si su perro come concentrado, no lo distraiga.

 

Pero hay algo peor. Me he visto obligado a no mencionar la máxima de Voltaire: si quieres tener un amo, consíguete un perro. Estoy entendiendo, ladrido a ladrido, que la condición para alcanzar el amor y  la libertad por estos tan cristianos días, consiste en tener perro.

 

El perro puede resolver la soledad; también la depresión: inclusive el sentimiento trágico de la vida de los cristianos. En fin. ¡El psicoanálisis ha muerto!

 

Estoy a punto de echar para atrás también la máxima de que ¡Es la economía, estúpido! ¡Pamplinas! Ahora entiendo que lo estúpido es no tener perro.

 

La falta de perro explica por qué estoy pasando del anonimato al  desprestigio social, profundizando mis dificultades para hacer amigos y ahondando mis problemas con el amor, el sexo, la enfermedad y la muerte.

 

Los griegos y romanos que llenaron las más iluminantes páginas diseñando la democracia, habrían perdido su tiempo ignorando las doctrinas  canicultoras de estos años 2.000. Los perros están logrando reinventar el planeta.

 

Si quedaran dudas, ningún grecorromano habría sido capaz de advertirnos que la paradoja del sólo sé que nada sé de Sócrates, se podría solucionar hablando con un perro.

 

Escribo en El Espectador desde que tenía catorce años. Y, con excepción de un error cometido por don Guillermo Cano por allá en los años 70, no he podido volver a ser columnista del periódico.

 

Pero habiendo logrado ser bloguero, estoy pensando devolverle el espacio a don Fidel Cano. Todo porque se habría equivocado. No tendría sentido haberle abierto un blog en El Espectador a un escrinauta sin perro.

 

Pero Señor Director: Agradeciéndole su paciencia y comprensión durante estos meses, me comprometo a comprar perro en 2020. Espéreme tantico.

 

Congótica. Hace días tuve el atrevimiento de escribir que el amor a los perros representaba el fracaso del amor cristiano[i]. Les presento excusas a mis lectores. ¡Nunca escribí algo más estúpido!

Congótica 2. Pensé, en algún momento que el perro no ama a su amo porque el perro es el amo de su amo. ¡Qué horror! ¡Les presento excusas a los canicultores!

Congótica 3. Mi padre fundó la Sociedad Protectora de Animales en Medellín, comenzando el siglo XX. Gracias a un costoso y largo sicoanálisis, logré criticarlo por haberle dedicado más afecto a los perros que a sus hijos. ¡Perdóname, padre donde quiera que estés!

Congótica 4. Le voy a comprar un perro a DUribe. Así podrá resolver las contradicciones del paro nacional.

 

El autor es profesor universitario colombiano, miembro del Consejo Internacional de la Fundación Federalismo y Libertad (Argentina www.federalismoylibertad.org) y autor del libro La Iglesia (agazapada) en la violencia política (www.amazon.com) y escribe el blog argentino: www.federalismoylibertad.org/agenda/artículos

[i] http://blogs.elespectador.com/politica/bernardo-congote/amor-los-perros

30 octubre 2018

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