La reciente denuncia sobre el exgobernador del Valle del Cauca, Juan Carlos Abadía, vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda que Colombia se niega a enfrentar: en muchas cárceles del país el encierro parece ser apenas simbólico para quienes han ostentado poder político, económico o burocrático.

Las graves advertencias hechas por el abogado Pablo Bustos no solo comprometen al exmandatario, quien presuntamente estaría ejerciendo influencias, realizando llamadas y manteniendo contactos políticos desde su lugar de reclusión. El verdadero escándalo nacional es otro: ¿cómo es posible que una persona privada de la libertad conserve capacidad de maniobra política y administrativa desde un centro de reclusión bajo vigilancia del Estado?

Si estas denuncias llegan a confirmarse, el principal responsable institucional sería el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC), una entidad que desde hace años arrastra cuestionamientos por corrupción, falta de controles y debilidad operativa. Lo preocupante no es únicamente el eventual uso irregular de teléfonos celulares o las visitas no autorizadas; lo verdaderamente alarmante es la sensación de permisividad estructural dentro del sistema penitenciario colombiano.

Porque en Colombia pareciera existir una justicia para el ciudadano común y otra para quienes tienen conexiones políticas. Mientras miles de internos viven hacinados, sometidos a requisas permanentes y estrictos controles, algunos condenados por corrupción continúan moviendo influencias, operando redes de poder e interfiriendo en asuntos públicos como si la cárcel fuera simplemente una oficina alterna.

El INPEC no puede seguir escudándose en investigaciones internas o en comunicados tibios cada vez que estalla un escándalo. La repetición constante de estos episodios demuestra que no se trata de hechos aislados, sino de una crisis profunda de autoridad y vigilancia. Cada teléfono que ingresa ilegalmente a una prisión, cada visita irregular y cada privilegio indebido son evidencia de un sistema permeado por la negligencia o, peor aún, por la complicidad.

Se supone que Abadía cumple su condena en un centro de reclusión especial, y no importa cual sea este, es decir, sí es de la Policía o de otra institución, la responsabilidad es la misma.

Resulta inadmisible que en establecimientos bajo custodia estatal puedan desarrollarse presuntas presiones a funcionarios, movimientos burocráticos o gestiones contractuales. Si alguien condenado conserva capacidad de operar políticamente desde prisión, entonces el sistema penitenciario ha fracasado en su función esencial: garantizar que la sanción judicial implique una verdadera limitación del poder y no una simple reubicación física.

Lo más grave es el daño que esto produce sobre la credibilidad del Estado. Cuando la ciudadanía percibe que los condenados por corrupción continúan ejerciendo influencia tras las rejas, el mensaje es devastador: delinquir desde el poder sigue siendo rentable incluso después de una condena.

El país necesita una reforma penitenciaria seria, con controles tecnológicos reales, vigilancia independiente y sanciones ejemplares contra funcionarios que faciliten privilegios ilegales. De lo contrario, las cárceles seguirán siendo espacios donde algunos pagan condenas y otros simplemente administran sus negocios desde una celda con teléfono incluido.

Porque una democracia no solo se mide por la capacidad de condenar a los corruptos, sino también por la firmeza para impedir que continúen actuando desde prisión.

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