“El fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice a cada una de sus formas nuevas, todos los días, en todos los rincones del mundo”.                                         

UMBERTO ECO.

En la noche del pasado 31 de mayo Iván Cepeda, el candidato progresista a la presidencia de Colombia, al referirse a Abelardo de la Espriella, usó la expresión “Fascismo criollo mafioso”. Más allá del adjetivo “criollo”, que se usa para calificar, denigrar o despreciar “lo tropical”, lo que surge desde América Latina, y que por eso mismo no me gusta, es válido preguntarse si la expresión “fascismo mafioso” tiene pleno sentido, y si configura un riesgo para la sociedad colombiana, pues implicaría el peligro de que se instaure un régimen político y social autoritario, dictatorial, excluyente, violento y violador de los derechos humanos. Es urgente preguntarse si Abelardo de la Espriella representa ese peligro y si encarna la posibilidad de que ese fascismo se instaure en el pais. Pero ¿qué es el fascismo, por qué es peligroso? ¿Puede decirse que de la Espriella lo representa?  

Cuando hablamos del “fascismo histórico”, el que se materializó en Alemania con Hitler, pensamos en una ideología totalitaria, como lo vio Hannah Arendt, una ideología que pretende tener una explicación única, verdadera y omnicomprensiva de la realidad social, de la historia, y que a través de la propaganda moviliza a las masas. El fascismo toma fuerza en momentos de crisis y aparece como una solución a los problemas de la sociedad, ya sea la crisis económica, la descomposición social, el hambre, el desempleo, la falta de perspectivas de futuro, y por eso logra la adhesión de la gente. Lo movilizan las clases altas en el poder, y se encarna en las clases medias y populares. Por eso, el fascismo es mesiánico y se muestra como salvador. El fascismo tiene la pretensión de resolver los problemas que enfrenta una sociedad en un momento determinado y por eso aparece con la pretensión salvacionista.

El fascismo se alimenta de la angustia, la inseguridad vital, la desesperanza y se moviliza siempre contra un “gran Otro”, un culpable, un chivo expiatorio. El fascismo siempre fabrica un culpable, al cual hace responsable de todos los males y las desgracias de la sociedad. Por eso, el fascismo pone a una parte de la sociedad contra otra, ya sean minorías judías, comunistas o inmigrantes. Por eso, las armas del fascismo son el odio, el rencor y el miedo. Todos estos son “afectos inmunitarios” para decirlo con la filósofa Laura Quintana, que legitiman la expulsión, el encerramiento y la eliminación del Otro, el cual es visto como un virus, una enfermedad oun peligro para el cuerpo social.

El fascismo actúa con una lógica defensiva y agresiva contra ese otro, el enemigo en la lógica de Carl Schmitt, busca controlarlo o extirparlo. Para ello crea una narrativa de la nación, la patria o el pueblo, los cuales, según la ideología fascista, es corrompido, degenerado, dañado  o imposibilitado por el Otro, por el enemigo, el comunista, el judío, el guerrillero, el mamerto. El fascismo imagina una Edad Dorada de un tiempo pasado que fue mejor, al que hay que volver; imagina una sociedad pura, virginal, adánica o edénica, que ha sido corrompida por el ese gran Otro, por eso imaginan un paraíso al cual se desea volver o el cual se desea restaurar en el futuro. Por eso el fascismo suele tener tintes conservadores. Ahora, esas ideas con las cuales se construye la imagen idealizada de la patria, la nación, el pueblo, suelen ser simplísimas, básicas, de poca profundidad tal como la “superioridad de la raza aria”. Esto es así porque ante todo tienen que poder ser traducidas en frases cortas o eslóganes efectistas, que puedan ser hábilmente difundidas por el aparato mediático de propaganda (sean estatales o privados). El fascismo busca una comunicación efectiva que movilice los afectos de odio y de miedo hacia el Otro.

Pero una vez en el poder, una vez ha logrado la legitimación social o una vez ha logrado la hegemonía en la sociedad, el fascismo se vuelve más peligroso porque se institucionaliza. Crea una vigilancia generalizada hacia la sociedad; crea cierto aparato burocrático y fuerzas policiales (estatales o paramilitares) para el control de los disidentes, de los críticos, de la oposición; busca criminalizar la protesta social o eliminar la oposición política. Es ahí donde aparecen los señalamientos, las estigmatizaciones, las desapariciones, los encarcelamientos, los internamientos, las cárceles, las deportaciones o la tortura; surge la violación de las libertades de expresión, pensamiento, movimiento, etc., en fin, de los derechos humanos. Emerge una dictadura fascista que se impone sobre el cuerpo social, y que actúa con una complicidad de parte de la sociedad, tal como ocurrió en Alemania, donde muchos ciudadanos sabían y otros se hicieron los ciegos frente al exterminio judío.

En otro escrito he sostenido que en la actualidad Estados Unidos camina hacia un fascismo, debido a que en el gobierno de Donald Trump se ha dado una

“vuelta a un nacionalismo chovinista, las políticas xenofóbicas, la caza de migrantes, la destrucción de la división de poderes y las instituciones intra e interestatales, la censura de la prensa, la censura de libros, el ataque a la autonomía universitaria, los ataques a la libertad de expresión y de reunión, el anti-intelectualismo, el rechazo de la ciencia en los movimientos antivacunas, la defensa a ultranza de los valores familiares tradicionales, el negacionismo climático, la movilización del miedo y del odio como afectos inmunitarios contra el diferente, el otro, el extranjero, el pobre; la persecución de los opositores o de los disidentes, la misoginia, la proscripción de los discursos de género y la negación de los derechos para las minorías, el supremacismo blanco racista; el aumento del securitismo y el militarismo, el culto a la personalidad de sus seguidores”.

Creo que estos mismos peligros corre la sociedad colombiana con el “tipo de ideas” que encarna Abelardo de la Espriella. Esta clase de ideas son claramente de tipo fascista. De la Espriella [a] ha creado la narrativa de un “país milagro”, escatológica, al que [b] hay que salvar. [c]Rellena esa narrativa con frases simples o eslóganes como “firmes por la patria” y [d] promueve las banderas de la defensa de la propiedad (de los más ricos) y de la seguridad. También crea [d] una narrativa del enemigo, del chivo expiatorio culpable de todos los males del país, en este caso, la izquierda comunista y guerrillera. Esa izquierda es el “gran Otro” del que hablamos atrás. Esa izquierda es el virus al que hay que eliminar para mantener sano ese “cuerpo social” que es la patria. La patria aparece como un significante afectivo, romántico, efectista, que promueve [e] la militarización de la sociedad en su conjunto y la proliferación de miles de cárceles. A esto se suma [f] la promoción de la virilidad tóxica patriarcal del fuerte, de la fortaleza. El “tigre” es ese símbolo de fortaleza pero que también tiene un componente violento: es el que destroza a los enemigos de Colombia, a los enemigos de la “gente de bien” que la derecha que encarna defiende. Esto es así porque, entre otras cosas, [g] este neofascismo es profundamente clasista y elitista. Estas dos características las epidermiza y encuerpa el propio candidato (en realidad un “rastacuero recienvenido”) con su estética personal y sus actitudes (esos “desprecios que matan”). A esto se suma la [h] vieja defensa de los sagrados valores familiares por medio de una religión. Y cuando la religión aparece mezclada con la política, el cóctel es peligroso, ya lo sabemos por múltiples experiencias históricas.

El fascismo que encarna Abelardo de la Espriella es manifiesto en el [i] ataque continuo a la prensa y la persecución de periodistas, [j] la animadversión que ha mostrado frente a la educación pública, crítica y secular; sus [k] ataques a la diversidad, su misoginia, su homofobia, su sexismo y su machismo explícitos. Este último aspecto lo convierten en un candidato anti-derechos, algo tan propio de los neofacismos que buscan conculcar los logros históricos de las luchas de las mujeres y los movimientos LGTBIQ+.

Abelardo de la Espriella no solo encarna elementos del “fascismo histórico”, sino que adopta elementos más recientes [l] como la lucha contra lo que llaman “ideología woke”, que en sus comienzos fue progresista y que, posteriormente, devino en fundamentalismo identitario. Pero el problema es que dentro de lo “woke”, que ellos asimilan a “progresismo”, el fascismo actual incluye todo aquello que es de su desagrado o que defiende demandas y valores emancipatorios que el fascismo detesta. Esto es parte de la batalla cultural que el fascismo actual o sus manifestaciones (Con Trump, Milei, Vox o Bukele) asumen como tarea en los medios y en el proselitismo político diseñado para confundir y movilizar a las masas, asimilados más a creyentes. Asimismo, [m] parte de los nuevos dispositivos que incorpora este neofascismo es la pornopolítica, en la cual la política misma se vacía de contenido y se convierte en espectáculo, en show, en escena, dejando de lado los debates esenciales para la sociedad como la salud, la naturaleza, la justicia social, la equidad, el arte, la educación y la cultura. Esto es así porque el fascismo se basa en un régimen de simplificación que minimiza lo complejo, ensalza exageradamente ciertos valores y contenidos y rehúye la complejidad y la heterogeneidad de lo real, entonces, resulta más simple hablar de patria, emprendimiento o seguridad.   

El “fascismo criollo mafioso” como lo llamó Cepeda es, en verdad, el que [n] representa un peligro para la institucionalidad, la constitución y la democracia real. Ya se anunció un gobierno como el de Trump en el cual se gobierna por medio de una avalancha de decretos presidenciales, soslayando el debate en el congreso, en el legislativo, y presionando a las Cortes para su aprobación. Con métodos de captura y amenaza constante de la institucionalidad fue que Bukele logró cambiar la constitución para instaurar la reelección indefinida en el Salvador. Así podrá perpetuarse en el poder por los próximos años. Y todo eso se fundamenta y legitima en el dogma del securitismo y en su papel de salvador de la patria. De este modo, la alternación democrática es la primera damnificada, al igual que la participación del ciudadano en los asuntos que le conciernen.  

En 1995 Umberto Eco dictó su célebre conferencia “Il fascismo eterno” traducida al español como “Contra el fascismo” en el cual señala varias características “esenciales”, “eternas del fascismo” que permiten reconocerlo, entre ellas: el culto a la tradición, al pasado, el irracionalismo, el culto a “la acción por la acción” pues hay “la vida es para la lucha”, la sospecha hacia el  mundo intelectual o el anti-intelectualismo (pues los intelectuales críticos siempre son una molestia o un peligro), el rechazo al desacuerdo o a la disidencia argumentada, pues “el desacuerdo es traición”; el miedo a la diferencia y la búsqueda de un consenso homologante impuesto en la sociedad; su apoyo en las clases medias, el culto a la identidad nacional; el “elitismo popular”, pues los ciudadanos defensores de sus ideas son “los mejores” ciudadanos; el heroísmo, el “culto a la muerte” y la lógica del sacrificio (hacerse matar por la patria) y, por su puesto, comenta Umberto Eco, el machismo y el culto a las armas. Quien lea bien el texto de Eco podrá hacer una tabla comparativa y comprobar si el abogado, “estafador de estafadores” como lo llamó Cepeda, encarna muchas de esas características.

Finalmente, el fascismo “mafioso” se representa en que el candidato ha sido un comprobado defensor jurídico de la mafia, en lo cual no ha mostrado escrúpulos pues al fin y al cabo la “ética nada tiene que ver con el derecho”, según dice, sino además porque los regímenes que se están configurando en la región, como el de Ecuador con Noboa, han mostrado un entronque entre el narcotráfico y todo tipo de economías ilícitas con sectores políticos y con el aparato estatal. De configurarse el fascismo mafioso en Colombia, las expresiones “enriquecimiento sin causa” o “enriquecimiento ilícito” serían moneda de cada día. Este es el molotov que se avecina para Colombia si los ciudadanos deciden elegir el pasado securitista, excluyente y oligárquico por sobre un modelo de sociedad más justo y equitativo.

Referencias bibliográficas claves

Arendt, Hannah. (1951). The origins of totalitarism. New York: Harcourt Brace Jovanovich Inc.

Eco, Umberto. (2025). Contra el fascismo. Barcelona: Lumen.   

Cruz, Edwin. (2025). Pornopolítica. Bogotá: Desde abajo.

Pachón, Damián. (2026). “El fascismo americano y las ultraderechas autoritarias”. En: https://blogs.elespectador.com/filosofia-y-coyuntura-2/el-fascismo-americano-y-las-ultraderechas-autoritarias/

Quintana, Laura. (2021). Rabia. Afectos, violencia, inmunidad. Barcelona: Herder.

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