Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

¿Se puede creer en las encuestas?

Las evidencias son inocultables. Cada día las encuestas demuestran ser una herramienta administrativa de incierta predicción del comportamiento futuro de la población a la que se supone éstas representan estadísticamente. Los crasos desaciertos al tratar de pronosticar el futuro se cuentan por montones. Ha sido tal la cantidad de equivocaciones que prácticamente no existe sector económico y social alguno que halla estado exento de sus cada vez más frecuentes yerros. Aunque han sido muy notorios los errores cometidos en la predicción de los resultados electorales en diferentes países en el mundo, ha sucedido lo mismo cuando los encuestadores han previsto con cierto grado de certeza las conductas de los miembros de determinados grupos humanos para los que las empresas han querido dirigir sus ofertas atractivas, competitivas y diferenciadas. El mundo ha sido testigo de los inmensos recursos gastados en este tipo de esfuerzos que cada vez han sido más inútiles.

A pesar de mencionarse variadas justificaciones para el desencanto mundial con las encuestas, las razones son mucho más estructurales y por lo mismo no son fáciles de subsanar porque ello implica romper la tradición enquistada en el imaginario colectivo al que buena parte de la población parece estar ya acostumbrada.

Si bien es cierto al comienzo se aceptaba que estas equivocaciones se debían a malintencionados propósitos de quienes las realizaban, hoy se dispone de múltiples evidencias que demuestran que sus desaciertos pasan por la naturaleza misma de la investigación cuantitativa que la sustenta. Aunque no debe descartarse que existen agencias de investigación de mercados que se “venden al mejor postor” para entregarle a sus contratantes los resultados que de forma retorcida ellos buscan, el asunto es mucho más de fondo y tiene que ver con la concepción del mundo desde donde se aplica el método de la encuesta y la rigurosidad que impone los procesos que tienen que desarrollarse para su utilización. Es decir, sus incorrecciones no nacen solo de torvos intereses que hayan respondido a finalidades alejadas de su rigurosa aplicación a la solución de problemas empresariales -o políticos- estrechamente relacionados con la falta de información para la toma de decisiones, sino de lo que históricamente las ha sostenido como un método certero y de notable confiabilidad.

Como se sabe, el proceso de la encuesta implica obtener una muestra que represente cualitativa y cuantitativamente a la población a estudiar de tal manera que los resultados obtenidos solo pueden ser extrapolados a tal población y a ninguna otra. Y es aquí precisamente donde nacen sus deficiencias más significativas. La representatividad cualitativa puede asegurarse de forma sencilla haciendo que la muestra sea un fiel reflejo de la estructura de la población. Sin embargo, la representatividad cuantitativa de la población en el tamaño de la muestra no es tan clara como suele afirmarse. Si bien es cierto existen refinamientos estadísticos de gran calado, aún no se tiene un método que asegure que a mayor tamaño de población mayor tamaño de muestra. Hasta hoy la cantidad de cuestionarios aplicados ha estado basada en la tradición y en la conveniencia de los investigadores.

Por otro lado, la estructuración de las preguntas del cuestionario está guiada por las alternativas de respuesta que el investigador avizora pueden responder lo que él está buscando. Ello implica que las respuestas de los encuestados no son espontáneas y están sesgadas por lo que el investigador visualiza sea por estudios previos, por la teoría que ha revisado o, por lo que él intuye. Al hacerlo, no se está estudiando la realidad misma, sino que el investigador está validando lo que él piensa que puede estar ocurriendo en el mundo que está estudiando.

Otro elemento que está influyendo de manera sensible en esta deplorable situación nace del hecho de creer firmemente en las respuestas dadas por los entrevistados, sobre todo cuando se indaga por su intencionalidad de comportamiento futuro y lo ubican en un escenario posible en el futuro, condicionando sus respuestas. El asunto es de mayor envergadura.

Son estas, algunas de las razones que explican el continuo fracaso de las encuestas y que han servido para torcer las conciencias de quienes decidirán en el futuro. Y esto sí que ha sido notorio en los mercados electorales donde los desaciertos, además de ser ya una constante, han servido para manipular las emociones de los potenciales electores. Todo el mundo lo sabe, pero nadie hace nada. Hay muchos intereses detrás.

 

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