Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

El Cabo de la Vela

Tal vez uno de los sitios naturales más paradisíacos del país lo constituye el territorio guajiro con todo el esplendor que produce la arena, el mar, la sierra, la cultura wayúu, sus caseríos, y toda la magia que de su exhuberancia nativa se siente cada vez que tenemos la oportunidad de visitarla ya sea por motivos de trabajo o de placer.

La inmensa e inconmensurable belleza de su geografía, que ha servido de fuente de inspiración a reconocidos escritores colombianos como Zalamera Borda y hasta el mismo García Márquez, se remonta a más de cinco siglos de historia desde aquel 1499 cuando Américo Vespucio arribara a sus costas y durante una estadía de 47 días realizara las primeras investigaciones astronómicas de las que se tenga información en el hemisferio occidental, en su condición de cosmógrafo y piloto mayor de la expedición de Alonso de Ojeda, conquistador ibérico quien pisara por primera vez estas tierras llenas de leyenda y hechizo indígena.

Destaca entre esta plenitud natural tejida a través de la milenaria tradición wayúu con sus rituales y su propia cosmogonía, ese paisaje desértico lleno de sensaciones distintas acompañadas por fuertes vientos y gigantescas polvaredas soportadas por quienes deciden alejarse del mundanal bullicio para sumirse en un original y delicioso aislamiento. Una especie de retiros espirituales marcados por rancherías a la orilla del mar, chinchorros, pescado fresco al desayuno, artesanías vendidas por las tejedoras indígenas, gente amable con grandes deseos de mostrar lo suyo, alboradas al aire libre, y una singular armonía interior que por allí se respira.

Y es precisamente estas circunstancias de excepcional expresión de la naturaleza guajira la que como producto natural –ecológico, podría decirse- han logrado estimular el turismo de manera sensible y notoria. Un turismo para el cual se han desplegado algunos esfuerzos institucionales  –no suficientes, infortunadamente-  para mejorar la infraestructura de acceso por cuanto las carreteras y los intransitables caminos de acceso limitan la visita. Un producto exótico para un turista también exótico.

Por ello son incomprensibles –por decir lo menos- las actividades que algunos funcionarios se han empeñado en promover y desarrollar en esos “lugares sagrados”. Algunos han recurrido a programas recreacionales amplificando los gritos destemplados de algunos “artistas”,  utilizando grandes altoparlantes y haciéndose acompañar por música vallenata, oraciones sagradas, concursos de baile, jornadas aeróbicas, y voleibol de playa, han roto la paz y la calma de quienes en busca de un sereno y natural esparcimiento han vuelto a visitar este delicioso lugar en búsqueda de “desconectarse” del acostumbrado bullicio que viven en sus lugares de origen.

¿Por qué intentar convertir al Cabo de la Vela en un producto turístico como tantos otros que existen en el país caracterizados por la algarabía y la rumba? ¿Será que estos “expertos en turismo” aún no comprenden los postulados del marketing en relación con los segmentos de mercado y los productos concebidos para cada uno de ellos? ¿Será que aún no dimensionan que el mercado para este tipo de productos busca simbólicamente beneficios asociados con lo natural y lo virgen y no con lo comercial y lo cotidiano?

Sea por lo que sea, sería saludable que todos estos esfuerzos gastados de manera inútil se destinaran a mejorar las condiciones de acceso, la señalización y las actividades promocionales que incrementen el número de visitantes y no a romper el equilibrio natural que por allí se respira a plenitud.

El Cabo de la Vela es un paraíso, no hay duda, pero es deber de todos contribuir a que lo siga siendo para el beneficio de la misma cultura wayuu y de las próximas generaciones. Es un remanso de paz: conservémelo así.

 

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