Tenis al revés

Publicado el @JuanDiegoR

Las herencias del béisbol

Son códigos indescifrables, casi imperceptibles. A veces son miradas, gestos sutiles como cruzar los brazos, moverse la gorra, tocarse una oreja. Pero ese mensaje cifrado lo dice todo a manera de consejo: un cambio de ritmo o de estrategia, la revelación del talón de Aquiles del rival o la deficiencia propia del momento. Los entrenadores se comunican todo el tiempo con sus dirigidos mientras éstos juegan. Pero a mí me tocó jugar contra un tipejo que sacaba un walkie-talkie en pleno cambio de lado para recibir las indicaciones de su entrenador. “¡Ojalá se te acaben las pilas, desgraciado!”, pensaba.

Esto del ‘coaching’ pasa siempre en el tenis. Sin ir tan lejos, el entrenador de la tenista bogotana Mariana Duque, el español Borja Uribe, se cruza tenuemente los brazos, como formando una equis y eso significa que Mariana debe empezar a jugar más cruzado, abrir el campo. Y eso que en mujeres, al menos, los entrenadores pueden ingresar una vez en el partido y hablarle a la jugadora. Los hombres, por el contrario, están solos en la caldera. Por eso hay tanto código secreto en el aire.

Alguna vez mi amigo Sebastián Gómez, que jugó torneos Future y ahora está becado en Estados Unidos por tenis, me confesó un par de mensajes de su entonces entrenador Jaime Cortés. Si levantaba el puño derecho significaba atacar la derecha del contrario. Si levantaba el izquierdo, atacar el revés. Y si se cogía la gorra, saque y volea. ¡Ah bueno! Pásele un tabaco y una panza al señor para que mastique, como el mánager de un equipo de béisbol. Es tan seria la cuestión que hace unas semanas a un jugador colombiano, durante un Challenger en Bucaramanga, le restaron 500 dólares de la ganancia final porque el referí reportó ‘coaching’ durante un partido.

Imagínese entonces cómo es la cuestión en los torneos juveniles, en los que no hay casi vigilancia de los árbitros sobre el tema. A mí me tocó ver a un técnico que silbaba y mágicamente su dirigido empezaba a jugar diferente, la melodía lo hacía jugar mejor. Pero el caso más impresionante era un tipo que le gritaba durante el punto a su pupilo. ¡Durante el punto! Como en un partido de fútbol.

Lo recuerdo perfecto. “¡89!”, gritaba, y el niño tiraba un globo. “¡90!”, y el niño tiraba un slice. “¡91!”, y el niño se invertía de derecha. Todo eso durante un punto, que supuestamente requiere de silencio para que los jugadores se concentren.

“¿Si ve cómo me hace caso?”, me decía el señor, orgulloso, cuando finalizaba un rally.

A decir verdad, a mí nunca me fue bien con el tema. Alguna vez mi entrenador, detrás de la reja, me levantó el brazo izquierdo. La idea era atacar el lado izquierdo de mi rival; no hacer invertidas de revés. Eso lo entendí cuando me lo explicó después del partido, luego de haber perdido.

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