It was born in England

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¿Por qué se ganan más tripletes hoy que en cualquier otro punto en la historia?

En 1999, un equipo refrescante, moderno en lo táctico, lleno de jóvenes y canteranos del club, logró un hito que solo se había dado tres veces antes en medio siglo de historia de competiciones europeas:  ganar los títulos de copa (principal, no de la liga), liga y Copa de Europa en la misma temporada, consiguiendo un trébol o un triplete, que es como es más común llamar ahora a este tipo de hazaña. Antes, solo en el Celtic de Glasgow de 1967, el Ajax de 1972 y el PSV Eindhoven de 1988, es decir tres equipos de ligas consideradas en la periferia europea, lo habían logrado. El Manchester United de 1999, dirigido por Sir Alex Ferguson, era el primer equipo de una de las cinco grandes ligas (Alemana, española, inglesa, italiana y francesa) que alcanzaba tamaño logro. Diez años después, un equipo refrescante, moderno en lo táctico, lleno de jóvenes y canteranos del club, también logró el triplete. El FC Barcelona de Guardiola en 2009 entró entonces a ese club que, desde entonces, se ha hecho menos selecto: Inter de Milán en 2010, Bayern Múnich en 2013, el Barcelona nuevamente en 2015 y el Bayern Múnich otra vez este año, también alcanzaron el triplete histórico. Cinco equipos en once años contra cuatro en casi cincuenta. ¿Qué ha cambiado?

Hace unos meses, el medio digital ‘La Media Inglesa’ (ver vídeo), que produce contenido en español sobre el fútbol inglés en diversos canales, sacó un vídeo titulado «Cómo la Champions League está arruinando la Premier» en el que desmenuzaban muy bien los efectos económicos de la competición continental en la explosión de la brecha económica que separa un puñado de clubes élite europeos del respecto de clubes, no solo en Inglaterra sino en todo el continente. La Media Inglesa hace un gran trabajo de datos que pintan un panorama continental que ha cambiado el mapa de las competiciones en Europa en los últimos diez o quince años. Uno de esos datos es, evidentemente, el hecho de que no solo haya más tripletes en esta época que en el resto de la historia, sino que haya más equipos en disposición seria de ganar uno a final de temporada de lo que era usual, transformando el unicornio del Celtic, Ajax, PSV y Manchester United en un objetivo institucional y deportivo plausible. La causa, para ellos, es la brecha económica. ¿Es así?

La respuesta corta es que sí, que la brecha económica de clubes juega un papel fundamental e indiscutible para que se dé este fenómeno; la larga es que por sí sola no es capaz de explicar un cambio de dinámica tan evidente.

Porque clubes ricos siempre ha habido: mismamente, clubes como la Juventus construyeron su grandeza deportiva a partir de un músculo económico de procedencia empresarial (en su caso la FIAT) que les permitía contratar a los futbolistas que quisieran ofreciéndoles salarios inalcanzables para los otros clubes y fichas de traspaso récord indeclinables para los clubes de origen de los jugadores (salvo que fueses el Santos y tu estrella, Pelé, Tesoro Nacional). Otros, como el FC Barcelona, tienen una tradición de décadas de grandes dispendios de dinero para contratar estrellas de todo tipo y color, desde Kubala hasta el trío  – al que luego se le sumó ¡Romário! – de su primera Champions, Koeman, Laudrup y Stoichkov, obtenida apenas en 1992, cuando por allí habían desfilado nombres como Luis Suárez, Johan Cruyff, Hans Krankl, Allan Simonsen, Diego Maradona o Bernd Schuster, algunos al mismo tiempo que otros. Por no hablar de los proyectos de Berlusconi en el Milan, Moratti en el Inter, Tapie en el Marsella o Lagardère en el Racing de París (Los ‘nuevos ricos’ no es cosa del fútbol del siglo XXI), algunos más exitosos que otros, pero todos cortado por la tijera de la plata.

El caso es que la plata por sí sola no genera esa dinámica. El dinero necesita una plataforma para poder marcar diferencias y el fútbol ha trabajado los últimos treinta años para crearla, con o sin intención. En adelante, enumeraré los que pienso son los factores principales que dan lugar a que haya más tripletes en los últimos años que en el resto de la historia.

EL FORMATO DE LA COMPETICIÓN

Berlusconi, principal impulsor de la Liga de Campeones

Hasta 1992, la Champions League era en realidad la Copa de Campeones de Europa, un torneo para los campeones de las ligas domésticas afiliadas a la UEFA en la temporada anterior y que se jugaba en fases eliminatorias con sorteo puro: la selva. Desde varios años atrás los clubes más grandes habían comenzado a preguntarse si aquel era el formato más atractivo a nivel comercial y de espectáculo, dos cosas que suelen unirse pero no siempre van de la mano, así que se inventaron un cambio paulatino de formato acompañado de un cambio de marca. En 1991, las eliminatorias fueron reemplazadas por dos rondas de eliminatorias y una fase de grupos de la que salían los finalistas. En 1992, el torneo pasó a llamarse Champions League y a partir de ahí fue probando con distintos formatos hasta la temporada 1997-1998, en la que el cambio es radical con el aumento de equipos clasificados: ya no solo la jugaban los campeones (de las ligas y de la edición anterior) sino que también lo harían los subcampeones de las ocho primeras ligas del ránking de la UEFA. Era otro mundo, que fue expandiéndose hasta lo de hoy, en la que en un año determinado, hasta cinco equipos de una misma liga podrían disputar la competición.

Ese cambio de formato borró de plano uno de los grandes límites para aspirar a un triplete: que para jugar la Copa de Europa había que haberla ganado el año anterior o haber ganado la liga doméstica el año anterior. Repitiendo cada año la disputa de las tres competiciones, las probabilidades ganarlas las tres en una misma temporada aumenta. Pero no basta: en las diez temporadas siguientes al cambio, solo se contó el triplete del Manchester United en 1999. No hubo ningún ‘boom’ a partir de ese aumento exponencial de posibilidades, algo que quizás debía ser previsible si se extrapolaban las circunstancias a lo más parecido, que era el disputar años seguidos la liga y copa local y la Copa de la UEFA, hito – ganar las tres en la misma temporada – que solo logró el Göteborg sueco en 1987.

LA LEY BOSMAN

El Arsenal, uno de los grandes beneficiados con la Ley Bosman

Hasta 1996, los equipos europeos veían restringido el número de extranjeros que podían tener en la plantilla y, sobre todo, que podían tener en el campo al mismo tiempo. Tras la sentencia Bosman, esa limitación dio un giro drástico al no incluir a los jugadores de la comunidad europea como extranjeros. Lo de antes significaba que los mercados de los equipos con mayor poder adquisitivo estaban restringidos principalmente al producto de jugadores nacionales, y como consecuencia los jugadores extranjeros de gran calidad se repartían mucho más equitativamente a lo ancho y largo del campeonato; tras la sentencia Bosman, la posibilidad de poner en uso el dinero en la contratación de jugadores de mayor nivel, con menos límites en su procedencia, dio paso a que los clubes más adinerados comenzaran a desmarcarse con más facilidad de sus competidores nacionales, dejaron de estar atados a la suerte del nivel de las generaciones de su país (un equipo español ya no necesitaba una generación de oro española para tener un equipo competitivo en Europa, pues podía acceder a cualquier jugador europeo) y su capacidad de reconstrucción tras uno o más años malos se volvió más expeditiva (antes, si tenías una plantilla envejecida o de inferior calidad, cambiarla al completo significaba un ejercicio de músculo financiero y precisión en las apuestas que no es tan necesario hoy). El Milan de Berlusconi, que por culpa de la normativa llegó a tener a algún ganador de Balón de Oro en las gradas más tiempo que en el campo, había sido pionero en la confección de plantillas con visos de súper plantillas; luego de Bosman, los demás equipos grandes siguieron sus pasos, hasta lo que hemos llegado hoy: los once jugadores con menos minutos en cualquiera de los equipos más grandes serían prácticamente titulares indiscutidos en equipos de nivel medio de sus competiciones nacionales, exagerando sin exagerar.

Pero de nuevo: ya para la temporada 1997-1998, el Real Madrid, ganador de la edición, contaba con una súper plantilla plurinacional con futbolistas internacionales absolutos en selecciones punteras siendo suplentes la mayor parte del tiempo. No obstante, quedó cuarto en liga y fue eliminado en las primeras de cambio de la copa. En la 99-2000, después del triplete del Manchester, volvió a ganar la Champions, pero fue quinto en liga y llegó hasta semis en la copa. Al año siguiente, el Bayern Múnich, quizás el epítome de la superioridad doméstica a partir de la brecha económica en las cinco grandes ligas (hasta la llegada del PSG qatarí), fue el ganador de la Champions, pero su temporada se quedó en doblete tras ser eliminado en la copa en segunda ronda por el Madgeburg.

NUEVOS ENTRENADORES, NUEVOS MÉTODOS

Pep y Mourinho, ganadores del triplete en 2009 y 2010.

Jugando año tras año las tres competiciones y con la capacidad de crear plantillas inalcanzables antes de Bosman, los tripletes no aumentaron. Solo el Manchester United, que tampoco podíamos decir que hubiese sido alzado por esos dos factores anteriores (Ganó la mayoría de las ligas inglesas en la década de los 90s y el equipo titular de la temporada estaba lleno de jugadores británicos y canteranos, antes que de extranjeros) lo logró en los años posteriores al cambio de formato y la libre circulación de futbolistas europeos. ¿Qué faltaba?

El verdadero quiebre estuvo en un nuevo grupo de entrenadores que cambiaron dinámicas en el campo y en la forma en la que se afrontaban las temporadas. Por un lado, a mediados de los 2000, se hicieron populares las rotaciones. Hasta entonces, la dinámica de los entrenadores para elegir sus oncenos era la de tener una alineación fija que solo cambiaba por bajo rendimiento, lesiones, sanciones o ajustes tácticos determinados extraordinarios para partidos específicos. Con las rotaciones, los oncenos comenzaron a variar para repartir la carga de minutos de la plantilla y activar competitivamente a todos los miembros de la plantilla. Uno de los entrenadores líderes en esa revolución fue el español Rafa Benítez, que llegó a estar ¡noventa! partidos sin repetir alineación mientras entrenaba al Liverpool.

Benítez: “Las rotaciones son una necesidad, no un capricho. Hay que proteger a los jugadores aunque ellos no quieran. Los futbolistas quieren jugar siempre, pero los responsables tenemos que ver las cosas de una manera más amplia. A lo largo de una temporada se pueden llegar a disputar cerca de 65 partidos y es preferible que los jugadores lleguen frescos al tramo final, que es en el que se juegan de verdad los títulos».

Lo que en un principio comenzó a verse como una excentricidad, fue encontrando acogida en toda una nueva generación de entrenadores que, apoyados por una preparación científica (ciencia del deporte, psicología) confiaban en las rotaciones, algunos más extremos que otros, para hacer frente al calendario, evitar lesiones, tener a los jugadores más frescos para los momentos decisivos de la temporada y que todos tuviesen ritmo de competición en caso de ser necesarios en un momento dado.

El paradigma de las rotaciones afectó directamente la confección de las plantillas: si antes era normal pensar en un once titular y un once suplente, y a partir de ahí diseñar la nómina, con las rotaciones se pasó a pensar en un grupo de quince a diecisiete jugadores con carga de minutos de titular y por tanto, ese grupo debía estar poblado de jugadores de ese nivel y no de nivel suplente, aumentando así la tendencia a las super plantillas que había empezado con la Ley Bosman, pero que toma realmente forma en la década 2010-2020.

Y luego, el que quizás es el punto real de partida que hace que todo lo anterior cobre sentido: los nuevos entrenadores comenzaron a ver las temporadas como maratones. Aterrizó en la élite una nueva metodología de trabajo de entrenamiento que ponía detrás la idea de los picos de forma y buscaba un rendimiento alto e intenso todo el año, todos los partidos, sin elegir competiciones y rivales, una práctica común hasta entonces. (Los equipos asumían que podían desconectar en determinadas competiciones, momentos del año y partidos, y descansar; práctica prohibida con la nueva mentalidad). El gran abanderado de esta nueva metodología y mentalidad fue José Mourinho. En la temporada 2002-2003, reeditó el hito del Göteborg y ganó la liga, la copa y la UEFA en un mismo año; al año siguiente, ganó la liga y la Champions, pero perdió la final de la Copa de Portugal ante el Benfica… en el tiempo extra.

Mourinho: «Yo no quiero que mi equipo tenga picos de forma… ¡No puedo querer que mi equipo varíe su desempeño! Quiero que se mantenga siempre en unos niveles de rendimiento elevados. Porque no hay partidos o períodos más importantes que otros. Todos los partidos son para ganar».

Al llegar a la Premier League, la actitud de Mourinho contagió a la competición. Aunque no todos usaban su método de entrenamiento de vanguardia, que en adelante se convertiría en estándar europeo, su mentalidad sí fue más fácilmente recibida en un país que guardaba mucho respeto por sus competiciones nacionales. Subió el listón.

Mourinho: «Históricamente, el Liverpool es un monstruo. Pero en los últimos años pueden ver que solo juegan una competición y solo tienen éxito en eliminatorias. No soy un hombre de estadísticas, pero creo que en la Premier el Chelsea puede tener 60 puntos más que el Liverpool. Eso es mucho. Tenemos que admitirlo y elogiarles por ello: han ganado la Champions League, FA Cup y de nuevo están en semifinales de la Champions, pero, desde enero, solo han jugado una competición: la Champions».

Ferguson, primero, y luego Guardiola, fueron los grandes entrenadores de ese segundo lustro de los 2000 que más se acogieron a esa mentalidad de maratón. En la temporada 2008-2009, Guardiola alcanzó el triplete (en 2009 ganaría ¡seis! títulos); en la siguiente, lo ganó Mourinho en el Inter de Milán; en la 2010-2011, el Barcelona de Guardiola y el Real Madrid de Mourinho harían un tête-a-tête por el triplete hasta el final que se saldaría con el Barcelona ganando la Champions (eliminando al Real en semifinales) y la liga (96 puntos contra 92 del Real) y el Madrid la Copa (Ganándole en la prórroga al Barcelona la final). Dos equipos que no solo tenían la probabilidad de ganar el triplete (disputaban año a año la competición) y la plantilla para hacerlo (súper plantilla conseguida con su poder financiero) sino que además se disponían por metodología de entrenamiento y mentalidad a hacerlo desde el principio de la temporada.

Guardiola: «Lo dije como entrenador del Barça, cuando estaba en el filial, cuando estaba en el Bayern, ahora en el City… la liga es la competición más importante. ¿Por qué? Porque durante once meses, nueve ha vivido una felicidad continua cada tres días».

Esa forma de afrontar las temporadas comenzó a ser vista por los grandes clubes como una exigencia. El resultado es que cada año, varios equipos llegan a la primavera aspirando seriamente por ganar todas las competiciones. Y en las ligas, sobre todo en aquellas en las que participa Guardiola, que tras el declive de Mourinho se ha convertido adalid principal de ese modus vivendi competitivo, se habla de cien puntos como una cifra no utópica sino alcanzable. Y de ahí se explica el ‘boom’ de tripletes y dobletes de los últimos años. La brecha económica es indispensable, pero la plataforma para que sea posible tuvo que recorrer más de dos décadas para llegar al punto en que fuese posible. Y principalmente, cambiaron las cosas donde más importa, en la cancha y en los entrenamientos, para que fuese una opción real. Se ganan más tripletes… porque los equipos ya lo ven como un objetivo al principio de cada temporada.

 

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