Pareidolia del Sur

Publicado el Pareidolia del Sur

El funeral de los autores

Por Quim Rabinovich.*

'Lou Reed's album 'Transformer' as a collection of books.'
‘Lou Reed’s album ‘Transformer’ as a collection of books.’

En octubre del año pasado, una avalancha de noticias sobre un músico llamado Lewis Allen Reed me sorprendió. Anunciaban la muerte del cantante y compositor norteamericano, quien fue en los 70’ el líder de la legendaria banda The Velvet Underground. Yo no cabía del asombro, pues por más que intentara hacer una remembranza exhaustiva, pensando en discos, años, conciertos, canciones, no lograba encontrar ningún rastro de Lou Reed en mi cabeza. Y aquí he de confesar algo: honestamente uno no tiene por qué sabérselas todas, y aunque yo había escuchado The Velvet nunca supe nada de sus integrantes; esto me llama a una segunda confidencia, pues difícilmente me intereso por los nombres de los autores, de los intérpretes, ya sea en música o en literatura. Por tanto, de cuando en vez he quedado mal ante algunos colegas expertos en el registro de nombres, fechas y números.

En todo caso, el asunto de Lou Reed me dejó inquieto. Era increíble que me hubiese limitado a escuchar a The Velvet sin siquiera haber percibido algo de la carrera en solitario de su vocalista y guitarrista principal. Un ejercicio parecido al que cualquiera hizo con Dave Grohl, vocalista de Foo Fighters (siempre detrás de Kurt Cobain en la batería) o con Phil Collins, luego de su salida de Génesis. De todas formas, hoy la tecnología nos pone al alcance todo lo que queremos, y a decir verdad encontrar la música de Reed fue una tarea relativamente fácil. Luego de escucharlo quedé fascinado, obsesionado, con ganas de hacerme adicto. ¿Qué efecto tan interesante el que produce la muerte de un artista para alguien que no lo conoce, no?[1]

Poco después, en enero de este año, se produjo el segundo sacudón que me aclaró las ideas y me ayudó a pasar el rato con más música. En ese entonces, los periódicos se enfocaron en la muerte de Pete Seeger, un viejo sin pelo que había sido en los años 50 una figura esencial del Folk norteamericano. Nuevamente, y en este caso con la antigüedad del intérprete a mi favor, no recordaba nada acerca del señor que acababa de morir. Otra vez Youtube y los portales de música a nivel mundial aportaron para resolver mi ignorancia y escuché a Seeger. Otra vez quedé fascinado. Y entonces vinieron las preguntas, más reposadas y concretas. ¿Por qué la muerte del autor debe ser algo trágico cuando puede convertirse en una puerta a su obra artística? ¿Por qué tenemos una obsesión por su vida personal antes que por sus creaciones?

Inicialmente, es pertinente decir que la vida del autor y su obra deberían marchar por separado, sin que el defecto o virtud de una interfiera en la calidad o fracaso de la otra. De tal suerte que el sujeto (persona) es simplemente el arquitecto de una estructura estética que se va defender por sí misma, con el resultado lógico de que perdure en el tiempo en caso de ser óptima. En otras palabras, si la expresión artística es egregia, se perpetúa aunque el autor perezca.[2]

La muerte del creador (de Reed o de Seeger) no debe ser algo trágico, triste, desolador. Sino al contrario, debe contemplarse como el fin del término vital de quien ha hecho de su obra el único legado en materia artística. Es decir, a quien percibe de ellos su música, su escritura, su pintura, debe importarle la lectura, apreciación y disfrute de sus construcciones estilísticas. Otro asunto sería si fuera parte de sus familiares o amigos, pero como esto no es así (por lo menos en mi caso y en el de una buena parte de la humanidad) el mejor homenaje al artista es la contemplación de sus creaciones.

Por tanto, la muerte debe celebrarse de la misma manera que la vida; pues el artista descansará en paz mientras su trabajo queda en las bibliotecas, en los discos o en los cuadros. Hacer lo contrario, es decir, obsesionarse y ahogarse en el llanto y el dolor por un desconocido (como Reed o Seeger para mí) es una pérdida de tiempo cuando su deceso no implica la desaparición de su obra, sino al contrario, deja una puerta abierta a su conocimiento. Asumir de esta manera la desaparición del artífice es saludable para las personas, quienes se convierten en receptores interesados únicamente en el arte, y no en lo que hizo su creador mientras estuvo vivo. Desprenderse del morbo natural que aqueja al ser humano es una tarea de limpieza que seguramente mejorará la lectura, la observación y la audición.

Macondo, Tom Rainford (2011)
Macondo, Tom Rainford (2011)

Tal vez sea necesario dejar atrás los nombres, las fechas y los números y concentrarse en la estética. Por ejemplo, Borges dijo alguna vez en una entrevista: “Olvídenme, olvídenme que hay muchos otros mejores que yo”. Y aunque el argentino lo haya pedido, lo que generó fue una atención exclusiva en sus cuentos y poemas memorables. Igual que con Reed, con Seeger, y recientemente con el colombiano García Márquez, es importante ver su fallecimiento como una nueva oportunidad para conocer sus obras, no para atacar sus vidas o para distraerse con sus parejas o adicciones personales. Esto último hay que enterrarlo con ellos. Al contrario, lo que imagino imposible es que podamos enterrar la literatura y la música notable. El arte sigue rondando a cada receptor, a cada ser humano, aunque no haya pensado ni por un segundo en ir al funeral de los autores.

__________________

*Editor y colaborador

[1] Al escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez le preguntaron una vez sobre los libros que él más estima y que por tanto recomienda. Antes de enumerarlos, refirió: “No seré muy original, porque los libros que me han marcado no deberían ser un descubrimiento para los lectores, y sí son un descubrimiento, pues entonces eso no me genera más que envidia. (…) Porque leer Cien años de Soledad por primera vez es algo que yo quisiera hacer.” ( http://www.youtube.com/watch?v=o8reYqgCs3A )

[2] Así lo explica Augusto Monterroso en su ‘Decálogo del escritor’: “No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, (…) pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.” ( http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/decalogo_del_escritor.htm )

Comentarios