Otro mundo es posible

Publicado el Enrique Patiño

Adiós al tigre Alberto Duque López

¿Quieres que te cuente, hasta cuando te duermas con los angelitos, cómo he peleado con la muerte para salvar a desesperados y solitarios como Marilyn Monroe, Ernest Hemingway, Sharon Tate, Che Guevara, Marlon Brando, Gabriel García Márquez, Cheyenne Brando, Sylvia Plath, John Belushi, Roman Polanski y otros amigos de infortunio?

De la novela inédita “Mirarla Mirarte”. Alberto Duque López.

Si hubiera podido elegir, Alberto Duque López se habría llamado “whisper”: susurro, en inglés. Una palabra que hace referencia a lo que él emitía cuando se encontraba en un cine y uno tenía el privilegio de sentarse a su lado y escuchar sus comentarios, y la palabra con la cual bautizó a su personaje principal en su último libro “Mírala mirarte”, –aún inédito– en el que Alberto mismo, a través de la literatura, intenta salvar a los personajes más emblemáticos del cine de su cita con la muerte. No lo logra, pero lo intenta, como un Quijote contra molinos insurrectos. Pero la muerte no da tregua y tampoco logró él escaparse de ella.

Igual a la pasión que más lo inspiró en la vida, el cine, le rendimos un homenaje a la medida de los personajes que tanto amó. Porque Alberto era como Alfredo, el proyeccionista de Cinema Paradiso, que enseñó a amar el cine a jóvenes neófitos y a un público que no quería las fastidiosas columnas de los que saben demasiado. Y también era como Alfred Hitchcock, de quien había adoptado el porte y la capacidad de combinar el misterio con la ironía, y del cual se vio cuarenta películas en ocho días para su artículo de abril en Diners, con el que participó en los premios Simón Bolívar de este año. Por momentos, era como el Charles Chaplin de El chico, dueño de una ternura paternal que expresaba hacia todos los que tuvieran talento y que daba cuenta de la grandeza de un corazón sin envidias. Y siempre era como el Robin Hood de Ridley Scott o la versión temprana con Errol Flynn, de los que robaban imágenes del cine y palabras de los libros para dárselas a los demás con generosidad.

Era como Jeremy, de My Blueberry Nights, un conquistador nato que sí creía en el amor y en las conversaciones compartidas. Y era como el Clint Eastwood de Los imperdonables, un creyente de las historias humanas sin artificios. En sus ratos de ocio era como el Humphrey Bogart de Casablanca, un amante del jazz, capaz de pedir que sonara de nuevo As Time Goes By y otras obras improvisadas al piano. Y casi siempre era como quiso Walt Disney que fueran los niños, capaces de disfrutarlo todo con su innata y barranquillera felicidad. También era como el James Barrie que creó Peter Pan: de imaginación fértil. Y a la vez fue el talento supremo de Akira Kurosawa, la pasión por la belleza de Tarsem Singh y las historias fragmentadas de los guiones de Guillermo Arriaga cuando escribió sus libros Mateo el flautista, Muriel mi amor, Mi revólver es más largo que el tuyo, El pez en el espejo, Ni siquiera la lluvia y Alejandra, con los que rompió los formalismos y las estructuras tradicionales de la literatura nacional.

Alberto Duque era como el Roman Polanski de Bitter Moon, de una sensualidad pasmosa e incontenible. Y como el Scorsese de Toro salvaje, de una violencia caribeña en su prosa y a la vez con la sutileza descriptiva y la poesía sucinta de las cintas de Terrence Malick. Era el Spencer Tracy de El viejo y el mar y la versión costeña de Ernest Hemingway, un escritor a quien amó por sobre todos. Era un aventurero como Indiana Jones porque disfrutaba de este género casi tanto como de los narradores de suspenso estadounidenses del estilo de John Grisham o Norman Mailer. Y por supuesto, era como Woody Allen, capaz de producir sin pausa, de ver hasta cinco cintas diarias de las que les compraba a Fernando y a Javier, o de las que veía en la pequeña sala de cine de UIP, y de escribir de lo humano y lo divino como si de todo supiera porque la verdad era que sí, de todo sabía.

Era inquieto como Steven Spielberg aún a sus 67 años, un prodigio que se movía en todos los campos, que pasaba de comentar literatura a escribir sobre cine, de hacer libros a viajar a San Sebastián en España y a Cartagena de Indias sin falta cada año, que hizo televisión con Germán Santamaría y con Jorge Eliécer Pardo, críticas de cine para CM& y RCN, columnas para El Heraldo y para El Espectador, asesor y realizador de Movie City, conductor de programas de radio en RCN, y al que le quedaron horas para escribir en Tiempos del Mundo o El país de Cali, para los amigos sin costo y para los menos amigos por amor al arte.

Era, también, como el Vito Corleone de Francis Ford Coppola, un hombre que imponía respeto con su presencia. Y era como los vaqueros de Sergio Leone, un cínico con alma bondadosa. Era como el Otelo y el Charles Foster Kane de Orson Welles: un personaje casi mítico. Y era como el Obi-Wan Kenobi de Star Wars, el personaje que encarnaba La Fuerza, el Jedi que aún después de fallecido no desaparecía sino que seguía iluminando el camino.

Era el tigre, como llamaba él a sus amigos. Y amó tanto el cine, tanto y a tal punto, que en su último viaje a Nueva York, del que regresó quince días antes de morir, visitó el lugar donde se realizó la cinta Serendipity y en la clínica, en su lecho de muerte, pidió poner el afiche de la cinta siete veces ganadora del Óscar Patton para que el cine lo acompañara hasta el final. Como él mismo lo dijo –casi como en una premonición– en su libro inédito, cuando la muerte le pregunta al protagonista: “¿Ya se cansó de inventarse historias espantosas para no aburrirse en este cine que se viene abajo?  ¿Ya se cansó? La miro y le digo, simplemente, “Ya”. Usted entonces se mueve lentamente, me pasa las manos que no son manos por los ojos y siento que se me cierran…”

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