Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Un ángel anciano

Encontrarle alivio a la mente es más difícil de lo que parece.  Enfrentar  los pensamientos es de valientes, y acomodarlos de tal manera que se vayan solucionando es como intentar arrojar una hoja con fuerza y pretender que alcance metros de distancia. Sí.  Así es como nos atrofiamos mental y físicamente.

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Por Mary Ramírez

Llevar en la mano una dirección indica que se va a algún lugar, a un destino que no conocemos, a un camino que recorremos por primera vez.

El recorrido a ese destino, empieza con dudas, con interrogantes como ¿podré llegar? ¿Y si me pierdo? ¿Y si no encuentro el lugar y hago en vano el viaje?, son estas y muchas otras preguntas que rondan en nuestra mente como cuando un mosquito se acerca a nuestro oído tratando de decir algo pero lo único que hace es fastidiar.

Preguntar por indicaciones es la forma más fácil de llegar a donde se quiere, pero, hay que tener cuidado a quién se le va a preguntar, no todos quieren colaborar, no todos están bien ubicados, no todos tienen buenas intenciones.

Con o sin preguntas, iniciamos el recorrido, tomamos el primer bus, sin saber cuál será la primera parada. Y resulta, que nos acercamos; no sabemos dónde estamos, pero sin duda alguna, es más cerca. Pero, ¿por qué sé que estoy cerca? ¿Y si el bus que tomé haya avanzado pero en sentido contrario?.  Fácil, sé que el bus al que me subí iba en la dirección correcta.

Sin embargo dudo, miro a la derecha y a la izquierda, nada se me hace familiar, todo es raro, es distinto, en cada parada me pregunto si bajar o seguir abordo, gente distinta sube y baja, y yo sigo ahí, esperando a reconocer algo que me indique que debo bajar. Pero decido preguntar, ¿estoy cerca a esta dirección? Efectivamente, estaba cerca, pero debía bajarme en la siguiente parada y tomar otra ruta porque en la que iba, se desviaría a otro horizonte.

Tomo la decisión de llegar hasta ahí, bajarme y preguntar por nuevas indicaciones o encontrar la forma de orientarme. Nuevamente pregunto, veo confianza en esa cara, me dirijo a él, ¿cómo llego a esta dirección? Él, muy amable me instruye, dedica su tiempo hasta que me quede totalmente claro cómo debo hacer para llegar.

Voy ahora hacia ese lugar que tantas paradas me hizo tomar, tantas dudas me generó, tanto cansancio sentía. Avanzo, mirando en cuál de tantas paredes está la tabla con la dirección que busco, el sector me genera inseguridad, todo el nervio que no había tenido cuando inicié el viaje apareció de manera abrupta y se apoderó de mi mente, pero no podía devolverme, ya estaba cerca, aunque no creía en que el lugar que yo buscaba pudiera estar en ese sector,  aun así continué, y esta vez dudé en volver a preguntar, creía ya poder sola llegar. Pero no…

Ahí iba él, con su saco y corbata, su paso lento, su cabeza gacha, su sombrilla en la mano, por si la lluvia interrumpía su tranquilo y paciente andar. Él, con los años encima, su postura de cansancio, su piel tan llena de arrugas como si cada una contara una experiencia. Sentí tranquilidad, paz, confianza, e incluso aprecio. ¿Disculpe, puede usted indicarme si estoy cerca a esta dirección? Sí, hacia allá es, vamos, la acompaño.

Un aire de tranquilidad me invadió, una gracia aniquiló mis nervios.  Ahora yo no iba sola, iba llegando a donde quería pero acompañada por alguien que se ofreció a hacerlo.

¿Por qué andas sola por este sector? No sé, siento que debo aprender a andar sola para conocer dónde estoy y a dónde puedo llegar, ¿fui muy arriesgada al venir sola a esta parte? No, no fuiste arriesgada, fuiste atrevida.

Caminamos, hablamos, nos reímos, fue un momento agradable, era tanta la seguridad que sentía que me dejé llevar, él sabía más que yo a dónde iba.

Después de caminar varias sendas, entre gente que me generaba miedo, un miedo que se apaciguaba porque yo iba acompañada de él, mi ángel anciano,  ahí estábamos, frente a la dirección a la que tanto me costó llegar.

“Gracias por acompañarme, es usted muy amable”

-No, no hemos llegado.

-Pero cómo que no, ahí veo la dirección, solo debo cruzar la calle

-Por eso, no hemos llegado, vamos.

Cruzamos la calle, él aligeró su paso, evitando los autos, evitando los semáforos, era ágil, rápido, más de lo que imaginé. Ahora sí, allí estábamos en la inmensa puerta del lugar que buscaba. Le agradecí, él me escuchó atento, pero fue aún más atento cuando me dio las últimas indicaciones, “cuidado con los documento, sé muy atenta a lo que vas a entregar, no te confíes, cada cosa que te la devuelvan…” yo lo escuchaba concentrada y agradecida.

Pensando que ahí nos despedíamos, me dijo: “entremos”

-no se preocupe, ya me ha ayudado mucho, muchas gracias.

Sin embargo, entró conmigo, hasta dejarme ahí, justo en el lugar al que yo debía ir, justo el lugar por el que tanto pregunté, justo el lugar que necesitaba. Me despedí, nuevamente le di las gracias, él también se despidió, salió, di media vuelta, aunque yo quería ver por última vez esa imagen, nuevamente me volví, pero ya no estaba, sí, esa figura tan amigable y cálida ya no estaba, se había desaparecido en un instante.

Él, el ángel anciano, aquel tranquilo ser que me generó paz, lo perdí de vista, quizá no lo vuelva a ver, o quizá sí, uno nunca sabe lo que pueda pasar en este mundo tan lleno de “Diosidades”.

A él, le escribí esto, a él, quien siento que es imagen viva de Dios por su paciencia, por su confianza, por  su ayuda, por su entrega, por sus consejos, por sus indicaciones, por sus instrucciones, por la paz que sentí, la confianza que me generó, por el cariño puro que brotó durante esos minutos, por su cuidado en ese corto tiempo, por su jocosidad combinada con su seriedad. Él, alejó de mí el miedo, la inseguridad y me ayudó a llegar a donde yo quería brindándome su protección, cuidándome de la maldad que a mi alrededor estaba, cuidándome de la malicia que a veces no veo.

Los caminos que emprendemos, están siempre llenos de ansiedad por querer saber qué nos espera cuando lleguemos, pero la senda que hay que recorrer para llegar hasta allá, debemos saber que tiene paradas, cambios de ruta, cansancio, inseguridad, intranquilidad, y demás. Pero siempre, siempre existe la habilidad y la capacidad de saber cómo llegar, así sea preguntando, así sea perdiéndonos de vez en cuando, así sea tomando rutas que sabemos que van en esa dirección.

 

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