Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Sucumbir al amor

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Por: Jesús Rafael Baena Martínez

El amor mismo se sentía asombrado, estaba represado y pugnaba por salir e instalarse en las almas, pero las energías negativas absorbían las ganas y deseos escasos que aún quedaban.

La amistad perdida estaba, los altos intereses de la sobrevivencia habían acabado con ella. Las pocas personas que aún tenían fe atiborraban las iglesias hasta los tuétanos. Pero el sermón, carente de la dinámica y entusiasmo de otros tiempos resultaba insípido y vacío; como si clérigo y feligrés sin Dios estuvieran.

En aquellos días las bandas delincuenciales azotaban el país, el índice de desempleo estaba en su más alto porcentaje, los corazones de la gente se habían endurecido, los líderes religiosos enseñaban la palabra con desgano, como una actividad rutinaria y obligatoria.

Las relaciones de amor que aún quedaban tambaleaban por conservar la fe y su estabilidad, algunas habían sucumbido ante la batalla, otros luchaban tenazmente y sobresalían por su enjundia.

Entre los escombros de toda esa miseria humana se revolcaba una pareja de jóvenes enamorados, la tribulación reinante los había empapado con sus propios vómitos mentales, las discusiones y disgustos de su corto pasado las trajeron a la memoria de un presente donde toda la desgracia junta deslumbraba por su presencia.

El mundo se presentaba hostil para estos seres, cuya pretensión solo era salir airosos y que el amor floreciera nuevamente, pero los conflictos se agudizaban y obstaculizaban su libre desarrollo, el deterioro de sus relaciones aumentaba día a día. Los nacidos vivos llegaban por montones ignorando el caos reinante. Sus padres los arropaban con sus penas y quejidos, y estos, como esponjas absorbían su contenido, creciendo con toda esta gama de dolores, la recóndita esperanza de cambio que guardaban en su conciencia la heredaban a sus hijos ya que ellos no habían sido capaces.

Aquella pareja agonizaba, sin consejeros espirituales de razonamientos impíos que amordazaran su conciencia. Sin embargo, en lo más profundo de su ser una luz brillaba, el deseo de reír y llorar de amor fusionándose en un solo cuerpo.

Mientras, las madres amamantaban a sus crías, inyectándole todos sus anhelos.

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