Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Su hogar y sus memorias

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Federico Acevedo R.

Vivía en una casa grande. Allí nació y allí quería morir.

La casa de Doña Ruth estaba ubicada en una ciudad de Colombia, una de las de mayor desarrollo.

Pasaba los días en compañía de su hijo menor, que había regresado a su lado después de un divorcio, y de dos jóvenes universitarios que le pagaban por vivir allí.

Esas paredes no solo eran  su hogar y sus memorias, sino su modo de subsistencia.

Un día la sorprendió la grata noticia de que le habían bajado el estrato a su propiedad. Pagaba menos por los servicios públicos y los impuestos eran de menor costo.

Otro día estaba furiosa porque la habían visitado funcionarios de la alcaldía: debía desalojar. Su casa ocupaba el terreno que sostendría un gran proyecto de desarrollo urbano.

Después de un minucioso avalúo, el precio de la casa no era ni la mitad de lo que ella pensaba. Recientemente y por casualidad se había convertido en un estrato bajo.

Doña Ruth se indignó. Se opuso. Luchó contra las garras de la demolición, sacó gente a escobazos, escribió, peleó, y tocó todas las puertas posibles. Muy pocas voces la secundaron, apenas las de los vecinos que pasaban por la misma situación.

Los políticos que alguna vez tocaron a su puerta estaban del otro lado y hasta la increpaban por oponerse al desarrollo. Ella se convirtió de un momento a otro en la gran fuerza opositora del desarrollo; fuerza que sería derrotada por el más tierno suspiro del monstruo al que se enfrentaba.

Le dieron dos meses para encontrar donde vivir, tiempo más que suficiente, según ellos. El dinero que le darían no le alcanzaba más que para encontrar donde meter la cabeza con su hijo. ¿Alquilar habitaciones? ¿Y su modo de subsistencia? ¡A quién le importa eso! A doña Ruth le quedaban apenas 20 días para encontrar dónde mudarse.

Un día, afanada, salió de su casa e intentó cruzar la calle sin mirar a los lados. Arrollada por un bus. Su cuerpo rodó y quedó tendido justo en la acera del frente de su casa.  La casa que la vio nacer y donde quería morir.

El negocio fue lucrativo, para unos cuantos, para todos, supuestamente.

Hoy, el desarrollo urbanístico se levanta imponente en ese lugar.

Hoy, no hay rastro de Doña Ruth, ni de su historia.

 

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*Fotografía tomada del blog de Jenny Jacobsson

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