Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

La victoria de la estupidez

 

 

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Federico Acevedo Ramírez

Me emociono mucho cuando me llama o me escribe.  Hace rato comprendí que no le debo contestar, pero igual lo hago. Es una dura batalla entre la razón y la emoción. Siempre gana la segunda y toca llorar por la primera como si de verdad se hubiera muerto. Es un duelo, es la victoria de la estupidez. Prometo no volver a hacerlo. Resucito a la razón, la traigo de vuelta del mundo de los muertos solo para enviarla de nuevo cada vez que suena el celular y es él .

Es un vampiro emocional. Tan solo hablarle me chupa toda la estabilidad emocional. Me deja un torbellino, una maraña de sentimientos  que corroen las entrañas. Quedo como un guiñapo. ¡Qué frustración! Me alegra pensar que la solución es mantenerlo lejos.  La distancia funciona como paliativo. Cada día de alejamiento es sentir la esperanza de la curación. La llamo así porque es una enfermedad, es una obsesión. Es mejor llamar las cosas por su nombre para empezar a combatirlas. “las cosas como son”, esa ha sido la divisa de mi vida. Los eufemismos no contribuyen sino a la confusión. No me quiero confundir, quiero sanar. Pero cada vez que escucho su voz o que leo alguno de sus mensajes vuelvo a la línea de partida. Otra vez mal. ¿Cuántas semanas me tomó estar tan bien como lo estaba antes de la llamada? Pues ese es el tiempo que me urge que pase. Quiero volver a estar bien.

A veces pienso que es mejor renunciar a la idea de liberarme. Tal vez renunciando encuentre lo que busco. Me someto por completo a esta locura. ¡Haz lo que quieras conmigo! ¡Chúpame hasta la última gota de tranquilidad! Pero el sufrimiento es tan grande y mi resistencia a someterme aún peor. Nunca he sido amigo de la sumisión, ni de callar lo que pienso o siento. Ceder ante la locura no se me da con naturalidad. No seré su esclavo. Mi mente busca deprisa las salidas. Internet siempre ayuda con un consejo, cuando no un amigo psicólogo. Ya no soy partidario de pastores, curas o culebreros. De hecho, ya no soy partidario de certezas. No quiero seguir a nadie que me ofrezca certidumbres, ya mi mente se cansó de codiciar afirmaciones dogmáticas. Prefiero resolverlo todo conforme se vaya presentando. Al menos tengo claro que el tiempo ayuda. La clave está en la voluntad. No le responda.

Mi cabeza es una máquina de hacer preguntas. Todo el tiempo me las formulo y me las respondo. Ahora mismo me pregunto: ¿Por qué haber atravesado por todo esto? ¿Cuál es el fin de haber vivido lo que viví? Yo mismo me respondo: es un aprendizaje, no te estreses, la vida es un aprendizaje y para llegar al cielo hay que haber pasado primero por el infierno. Y entonces solo le pido a Dios: ¡Señor, ten misericordia con la forma en que me enseñas! Amén.

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