Para Moni

Abre los ojos que todo sigue igual.

La incertidumbre, las preguntas, el latido de la angustia, los juicios, y a la vez, la posibilidad de los pequeños milagros.

El volumen del mundo no cambia, ni las cartas con muñecas que bordan estuches para las jarras con las que caminan mientras dejan su pasado.

El tono del mundo no cambia, ni los gatos siguen besándose la nariz en la ventana, sin importar los intentos de otros por cazar sobre el tejado.

Abre la ventana. Eres tú. Admite el miedo, explica tu realidad deformada y escribe para ahogar el aburrimiento, viendo cómo las lagartijas trepan por la trampa.

El latido fulminante es nuestro refugio.  Hemos aprendido a quererlo porque nos recuerda que levantarnos e ir tras la luz de la ventana es comprobar que la felicidad pasa en las cosas desapercibidas:

El disfraz blanco con corona para un nuevo Halloween.

La melodía vital de audífonos a todo pulmón, cuando creías que la música estaba perdida.

La imagen colorida de cómo te ves leyendo en la mitad de una barca solitaria.

Los pantalones bordados que soñaste para un cuerpo nuevo.

Escribes porque hay un temblor que no suplica un mañana; una mujer nueva dentro de las flores que le regalaron a otra; la promesa de algo bonito para ti; las citas aplazadas por temor a que te vean llorando.

Entre tanto, vas a tus tareas domésticas a conectar y exorcizar.

Escuchas la alarma de las responsabilidades, tomas el carro y vas por el niño pensando en la línea de remate de tu último texto.

Vas comprendiendo, todavía, que vinimos solo a ser humanos.  Y eso implica despedirnos de quienes se irritan con otros demonios.

En esas líneas encuentras tus horas de misterio.

Alguien miente, alguien te ama mal, alguien se va a arrepentir.

Inventas un mundo que compartes, y al que finalmente, nadie puede acceder.

El llanto te persigue y le das vuelta a tu historia.

Porque el fondo, cuando el miedo te dice que puede instalarse, has inventando un mundo propio para olvidar el monopolio del sufrimiento.

Escribes para salvarte, para salvarnos, para probar los sabores perdidos.

Lo haces porque se requiere mucha fe en el mundo; y aún la tenemos.

¿Como marcar los errores humanos de los trenes?

Aquí estamos, al lado de nuestras ventanas.

Sin borrar las conversaciones que oran ausencia en el único duelo que no queremos terminar.

Confía en ese invasivo pálpito desbordado, en los olores de la noche, en la forma misteriosa del cielo y las constelaciones.

Cuando eres amigable con él, en el paso lento de días menos convulsionados, sueñas un lugar en el que te esperamos mujeres con las uñas limpias.

Cierra los ojos, que todo sigue igual.

Solo tiene que perseguir un nuevo pensamiento en el sigas siendo La Emperatriz.

Adriana Patricia Giraldo Duarte Avatar

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