Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

La edad del esplendor

 

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 Juan Gabriel Torres Pareja

Eran las 6:04 de la tarde. Comenzaba el verano.

Catorce años atrás, en ese mismo instante, había iniciado el largo invierno de los días aciagos de su ausencia. Aquel día de marzo, como ahora, una fuerte brisa de destino sopló y quizás fue el cambio o la despedida, pero al final la llama se apagó y ya no hubo mañana, ni antes, ni después.

Los párpados cerrados en un sueño no se abrieron más, y quizás el sueño mismo se hizo eternidad, como una extensión de un adiós jamás dicho. Como un extravío sin consciencia.

Pasados 14 años, los días de marzo seguían siendo un solo sueño para él, un espacio onírico virgen, donde quizás la vida se desarrollaba como un extenso día, solo en su sepulcro de imaginación, mientras que afuera los años corrían acompañados de recuerdo, castigados de despedida y heridos de desesperanza.

Y así fueron buscando ambos su propio camino, uno llevaba la guía de su propio sueño sin vivir y el otro guiaba su propia vida rumbo de la muerte, esperando quizás encontrarse en algún momento y darse la oportunidad de verse, finalmente, para poder decirse adiós.

Por aquel entonces ya había terminado de llorar su terrible pérdida. Era consciente que las despedidas debían existir y que a veces perderíamos más de lo que podríamos imaginar. La humanidad era frágil y volátil, en cualquier momento el adiós se presentaba como alternativa.

Quizás fue el amor, o quizás la soledad, nunca supo entender hasta que parte lo uno o lo otro le llenó el alma y le fue guiando por caminos de tristeza, por falsas emociones y necios sentimientos.

Se refugió en las necesidades de los otros, y allí quiso encontrar afecto, haciéndose ciego al beneplácito ajeno, a ese convenir que por ratos creyó era amor y al final siempre se reveló como desprecio.

Fue en un día como estos que le encontró. Tan distantes, tan hirientes, pero tan necesarios el uno del otro. Quizás la historia de sus amores fue también la historia de sus delirios. Como no haber amado ese calor de abrazo, esa basta fuente de cariño que jamás había sentido desde ese verano de hace 14 años, cuando sin iniciar, perdió todo en un soplo de destino.

Tenía 17 años, eso lo recordaba constantemente como un fetiche, apenas y su mente había ocupado el cuerpo de hombre que guiaría, y ya debía lidiar con un corazón atormentado y una memoria plagada de olvidos.

Cuando las letras no le alcanzaron para sostenerse a flote, optó por el pecado, y así se dejo llevar por caminos aberrantes, por episodios de desenfreno y lujuria que terminaron por llenar su alma de unas gruesas costras de secreto, que más que secretos fueron vergüenzas, todas ellas envueltas en la metáfora de una vida.

Construyó una mentira de entre sus pasiones más ocultas, y poco a poco fue llevando allí a todos sus amantes, sus prejuicios, sus vicios, sus mentiras hechas dones, a todo un universo de nostalgias con que construir la llama ardiente de su existencia, de esa mentira elaborada y curtida con la cual vivió el resto de sus años.

Encontró el amor en las playas, en las calles, en las montañas que olían a soledad, buscando, mordiendo, arañando pedazos de afecto en cada circulo de perdición. Se dejó llevar por el esplendor de los años fugados, por esa juventud vestida de otras vidas, y así, en el desprecio de sus principios, se hizo un animal  maldito, una bestia impenetrable que seguía incesante el recuerdo de su pérdida en el aroma fresco de los días de los otros, de las vidas fulgurantes de quienes amó.

Pulió sus historias para hacerlas memoria, enclavó su memoria en una fecha cristalizada y así, sin más, se dio a vivir sin límite, no responsable de sus actos y totalmente sediento de estos.

La vida comenzó a pasarle por encima, a manosearle en los tabúes rotos y a comprometerle en silencios de otras vidas ocultas, todas ellas a expensas de su decencia inamovible que solo era una mascarada de sonrisas.

No buscaba equilibrio, perseguía pasiones. Vivía preso de sus instintos alterados, de su alma alumbrada, de la invocación automática de sus demonios, que primero fueron compañía y al final hueste de penumbras.

Y fue en esa danza demoniaca que comenzó a perderse en las levedades de su angustia solitaria. Comenzó de pronto a coleccionar figuras afectivas, paternales algunas, fraternales todas, pervertidas en su dantesco deseo de tenerles hasta el punto mismo de adueñarse de sus existencias y corromperlas desde adentro, convirtiéndoles en entes subyugados, en esclavos magistrales de su necesidades, de su enfermo amor. Comenzó a identificar comportamientos, miradas, gestos, pieles y palabras que necesitaba fueran tan suyos como la vida misma.

De esta forma llegaron todos, mujeres, hombres, sueños y demonios, todos invocados a la trampa seductora de ofrecer un alma abierta, un corazón sincero, una compañía hipodérmica que se posesionaba lentamente y al final, cuando era piel bajo la piel, solo bastaba romper la carne y cobrar el premio.

Fue entonces oscuro y milenario, innombrable,  demasiado mundano para morir siquiera al cielo, y demasiado abominado para contenerse en el infierno. Entonces se desató sobre la tierra como una peste inmortal, peste que por momentos contenía y en la cotidianidad permeaba, hasta ser y no ser, más que un amigo siempre amable, un bastardo invasivo.

 Mañana jueves, 19 de abril, escucha Lloronas de Abril en www.masmusica.fm 

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