Hay mil caminos.

De arriba nos ven como si viviéramos entre un paréntesis cerrado con arbustos rojos; tan imperceptibles y enseñables, que nos dejan pasar, como si nada.

Pero en los pasos que damos dentro, buscamos los hilos que nos indican las respuestas, la curva que nos muestra la siguiente pista.

Perseguimos desordenadamente las señales.

Parece que olvidamos la gracia de quienes cantan, las risas cómplices, la vitalidad de las mujeres que han estado cautivas y despiertan para comprender sus realidades, como si todo se exhibiera aún dormido.

En ese laberinto, los recuerdos les vuelven como la fiebre cuando quema. Y les llegan las letras, como la bendición de todo aquello que no pudieron arrebatarles.

Caminamos el laberinto para imaginar los palacios de la mente, las piedras del camino, la mirada perdida hacia arriba, la luz que guía las virtudes, las formas más antiguas de las que nos habló Borges.

Salimos juntos para recordar que pudimos haber estado perdidos, pero que en el mundo hay una sola puerta que evita el desborde: la conciencia ante las ambigüedades, la esencia que perseguimos.

Y también vuelves a verte en el espejo y sabes que no estás desierta. Solo descubriendo lo dormido, lo apagado, lo que pudiste ser, lo que profesaste cuando no estabas convencida.

En el laberinto, siempre hay algo que nos quita el velo, y nos protege de pensar que no hay cambio de dolor por entrega, porque la vida por fuera de él es simple: solo hay que seguir el latido del corazón, sin tratar de interpretar la elección de los otros.

Adriana Patricia Giraldo Duarte Avatar

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