Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Domingo de silencio

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Luisa Fernanda Viatela Lozano

Caminaba por la acera del lado izquierdo. No en la derecha, porque sencillamente así fue.  Así pasó.

No tuve por qué caminar por la acera izquierda, ni tampoco tuve que ponerme los tenis grises, el pantalón más viejo, la blusa negra de encaje. Nadie lo notó porque encima llevaba un saco grande, de la abuela, de esos que son tejidos, que transmiten un algo, un no sé qué ni sé dónde.

No me tientes que si nos tentamos, no nos podremos olvidar”.  Letras de Benedetti en el ladrillo de una de las esquinas que tenía que cruzar.

Aunque caminaba sin un por qué, esa leyenda estuvo taladrando por el resto de la tarde en mi cabeza.  “No me tientes que si nos tentamos, no nos podremos olvidar”… “No me tientes que si nos tentamos, no nos podremos olvidar”…”No me tientes que si nos tentamos, no nos podremos olvidar”.

Me pregunté qué momento viviría el artista al escribirla.  ¿será que se lo hizo al postre que vio en la vitrina de la panadería, del que se antojó preciso cuando hacía dieta?.  Quizá le surgió al ver los ojos de un gato de dos meses que esperaba en una pet shop a ser comprado.  Pensé de nuevo ¿por qué momento estaría pasando para escribir?.

A lo mejor lo hizo por la primera opción.  Pero qué le impedía lanzarse, qué le impedía arriesgarse, qué le impedía decir más bien “Ven, tentémonos para que siempre nos recordemos».

Tantas vueltas le di al tema de la frase que el tiempo pasó de una manera absurda. No solucioné nada, no respondí a ninguna pregunta, pero sí pasé en silencio,  un silencio que solo noté hasta llegar a casa, que me quitó el asco por el saco tejido; el que les digo que me traía una sensación  ‘de la abuela’, de esas abuelas que se hacen querer por muchos y que adoptan a todos como sus nietos.

Me preparé un café, tinto bien cargado, más bien tibio con leche en polvo, tibio para que la leche quedara en grumos.

¡Silencios!, grité mentalmente, esa podía ser la respuesta del porque de la frase. Seguramente Benedetti tuvo una tarde de caminar sin rumbo y solo tuvo mucho silencio en su cabeza.  A lo mejor quiso pensar en infinidad de cosas a las que no tenía acceso y prefirió plasmar una negativa o ¿una petición?

Volví al pocillo y pensé.

-¿qué es lo que nos hace evitar lanzarnos… arriesgarnos?

Creo que es eso; el silencio, silencios incómodos, silencios con nombre propio, con situaciones propias.  Mi silencio es el que hace que no hayan riesgos.

Por lo pronto, lo único que cortó este estado de no emitir sonidos fue el que se produjo con el pocillo sobre la mesa.

El primer sonido consciente que acaparó mi cerebro, que me hizo dar cuenta de que terminé el café, y con él la necesidad de cuestionarme tanto por algo que quizá no logre saber: no la frase, no.  Hablando en serio, el no lanzarnos al vacío, el no arriesgarnos.

 

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