Los zancudos ya no te eligen y están sobre la mesa las rosas rosadas con girasoles en la mitad, las renuncias de los conocidos que todavía no encuentran su rumbo y las cuentas de quienes ya merecían estar ausentes.

Por: Adriana Patricia Giraldo Duarte

Después del cumpleaños se leen periódicos antes de pisar la hierba mojada, se ven las placas marcadas con tu nombre y cualidades, las nuevas heridas cosidas, los regalos sobre la cama y las tarjetas pensadas con entusiasmo.

Los zancudos ya no te eligen y están sobre la mesa las rosas rosadas con girasoles en la mitad, las renuncias de los conocidos que todavía no encuentran su rumbo y las cuentas de quienes ya merecían estar ausentes.

Sobreviven las muertes de los famosos no deseados, el perro dormido, la ropa por lavar.

El versículo inoportuno de una mala actitud positiva.

El grito de la mamá que celebra cómo gana la carrera su pequeño rayito.

La imagen de la quema y la tristeza.

El error de ortografía que ya no encuentra la página.

Ves los miedos que se pudren, las tusas que pasaron, las listas que se escriben para seguir aplazando películas y canciones.

Los embarazos que se anuncian por teléfono.

Los libros que apuntas para leer porque los necesitas en otoño.

Los ladrillos de barro que se secan al sol.

Las casas prefabricadas que alimentan tu sueño.

Las abuelas coloreando mandalas.

Los trucos de las mujeres que se tapan las canas.

Los dos minutos eternos del último temblor.

Los matemáticos antipoetas.

Los gritos despavoridos de la mujer que teme ser robada, y las mujeres jóvenes que sacan piedras del jardín y compran máquinas de coser para ser ellas mismas.

Después del cumpleaños conoces el nombre del santo de las causas perdidas.

Perdura el deseo de saborear una bebida fresca para celebrar el regreso de la amiga que alimenta tu tranquilidad con canciones en la mañana, y de saber que, en el nuevo camino, hay gente lúcida y menos atormentada y cruel.

Después del cumpleaños ya no se madruga, ni se espera, ni se tallan las orejas con aretes mal acomodados.

Y se va por la vida, con más consciencia de la nueva identidad, con menos músculos retraídos y el eterno deseo de viajar contigo a oler Aracarata y San José del Palmar.

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