Lloronas de abril

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Abrazar el silencio

 

El-silencio-de-los-corderos

 

 

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Despertamos juntos.  Despertamos de nuevo juntos. Me venció mi poder infinito de desgarrarme en equívocos, de acomodar el dolor a una nueva condición que como mujer, solo yo conozco y entiendo: la manía de pensar lo impensable.

Me olvidé del sueño de la mañana, que también era tan irrisorio como tu ausencia, tan capaz de añadirle bondades a tu novedosa debilidad.

Esto de ser una buena chica, hace que nos imaginemos tristemente en ires y venires; en condiciones culposas evaporadas sin querer.

Así como llegan, pesadas de la nada, se ríen de lo que en últimas todas aspiramos tener,  y me dicen salvajemente al oído que no es el tiempo de los merecimientos, que aún no llegan los días contigo.

Mientras te espero, hay noches en las que nos gana la soledad.  Se burla insistentemente de las condiciones que me dejo imponer y me reta a rechazarte, a admitir que aún no estoy preparada para recibirte.

Me frustro, claro. Literalmente, me cambio de posición. Y solo puedo decir en sueños que bombeo sentimientos para revivirte de esa extraña sombra que a veces quiero recuperar, absorber, armar de nuevo y  traer a mi red, aunque no me pertenezcas.

Uso el recurso de género.  Hablo por cualquier vía con quienes día tras día se hacen la misma pregunta.  Algunas se han hecho fuertes; otras han renunciado a su caprichoso proceder.

Se cansaron de dormir sin despertar, de tener que mirar por la hendija y acomodarse a la partida; de ser menos y tener que empujar la vida; de ser más y tener que cargar con las miserias de la indecisión;  de jugar a ser pacientes y tener buenas posturas, cuando en realidad solo quieren locuras, nuevos planes, desafíos de un soplo que sin explicaciones, motivar movimientos que acaso den que hablar.

Aman y gritan querer opciones que las alejen de la soledad del cuidado de los suyos y las adentren en el mundo vetado del placer.

Dormimos juntos.  Amanecimos juntos.  Te he visto pocas veces y ahogas mis imaginarios apareciéndote enrollado, ligero de equipaje, cuando te observo tras el círculo pequeño de la pasión que reprimo.

Tú del otro lado de la habitación.  Yo en esta, la misma a la que te invité, la misma en la que pospones el regreso, porque no has entendido que no te necesito, que solo avivas mis ganas antes de que yo cierre los ojos.

Que podrías ir y volver sin preocupaciones porque ya estoy preparada para abrazar tu silencio.

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