Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

7 dolores

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Por: Adriana Patricia Giraldo Duarte

¿A quién tenemos que rendir cuentas, cuando los dolores abundan y sobrepasan los límites, y se quedan durmiendo en medio de la pobreza?.

Ni a la virgen guardiana del pueblo de carreteras oscuras, ni al marido silencioso al que se le hacen carteleras con corazones para recordarle el amor, a los 17 años, cuando un bebé está en camino y uno cree que no hay engaños, ni víctimas, ni penas, y que todo es posible en nombre del afecto, porque sencillamente no sabe qué viene después del cierre natural de la vida.

Ni a la joven que deja su chiquillo, para beber a escondidas, para tragarse los prejuicios y los juicios y las palabras necias de los desalmados que compran su cuerpo.

Ni a la abuela que se esconde para llorar, porque no alcanza lo previsto, ni las horas, ni las jornadas para traer más, ni los esfuerzos por ser feliz cuando la soledad es como un látigo, como una ráfaga que nos recuerda que no estamos muertos.

Ni al bebé que crece y habla con sus lágrimas, quizá para consolar esos dolores eternos de los que tratamos de alejarlo,  porque tiene que escalar solo, y entender que su mirada puede brillar, a pesar de las violencias que le impondrán a sus madres.

Ni al niño que arropa sus botones en la modernidad, con la libertad que le dan los privilegios de vivir en compañía, con ángeles que custodian sus sueños.

Ni al padre que suelta palabras retadoras, de puro miedo de que eso que le pasa a los demás le pase también los suyos, juzgando a la ligera la solidaridad y el sentido gregario que son ebullición en la mente de las mujeres solidarias que él mismo equilibró.

Ni al tiempo que no llega, que no se adelanta, pero sí se come los pensamientos antes de ir a dormir, y te quita abrazos y palabras, y el último deseo de esperar un día lleno de besos, que se va primera hora, sin despedirse, olvidando que siempre se pueden destrozar las paredes para llegar al amor.

Ni a quienes respiran más de 7 dolores, sin la posibilidad de levantar su mirada, porque en su encierro voluntario, las culpas pesan tanto como los párpados cargados de agua que desbordaron sus límites antes que de pudieran coleccionar nuevas vivencias.

¿A quién tenemos que rendir cuentas, cuando a otros, las mentiras se les vuelven fuerza primordial, y el paso del tiempo, una excusa para reforzar sus engaños?.

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