De los límites de una exhortación canónica a la caridad.
De los límites de una exhortación canónica a la caridad.

Probablemente ustedes conozcan la leyenda de San Martín de Tours y el mendigo. La historia es muy bonita y, de hecho, el mensaje que parece transmitir conserva cierta actualidad, pues evoca el deber de hospitalidad para con los extranjeros conocido entre los antiguos griegos como xenia — uno de los temas centrales de la reciente adaptación cinematográfica de la Odisea realizada por Christopher Nolan.
Pero si no conocen la leyenda, cuya versión más temprana se encuentra (hasta donde sabemos) en el capítulo III de la Vita Martini de Sulpicio Severo (s. IV), aquí se las cuento. Martín de Tours, que en ese punto de su biografía es todavía un soldado del ejército romano, se encuentra con un hombre pobre y desnudo, sufriendo las inclemencias del invierno a las puertas de Amiens, en lo que hoy es Francia. Sus acompañantes, al ver a este pobre hombre, ni siquiera se inmutan; pero Martín, quien a esas alturas ya ha dado varias muestras de ser una persona caritativa, decide cortar su capa en dos y compartir una mitad con el mendigo. Por qué no le dio la totalidad de la capa es un punto en el que varias versiones de la leyenda discrepan. Sulpicio explica el gesto por el hecho de que Martín ya no tenía otra cosa que compartir, pero otras variaciones apelan a explicaciones diferentes. El punto es relativamente menor, pero es significativo porque, hasta donde puedo ver, todas estas versiones presentan motivos independientes de la voluntad de Martín para explicar la división de la capa en dos. No es, pues, que Martín estuviera apegado a su capa (o a la mitad que decide conservar); es que no podía deshacerse totalmente de ella.
El giro filosóficamente interesante de la historia se da poco después del encuentro entre Martín y el mendigo. Esa misma noche, cuenta Sulpicio, Martín tiene un sueño. En él, Cristo se le presenta vistiendo la mitad de la capa que Martín le entregó al mendigo, rodeado de una multitud de ángeles, y dice: “Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha vestido con esta capa”. Es entonces cuando descubrimos que el mendigo, en realidad, no era meramente un mendigo; era también el mismísimo Hijo del Hombre. Sulpicio interpreta esta declaración a la luz del pasaje de Mateo 25:40: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”. La interpretación de Sulpicio es bastante directa: los pobres, hambrientos, sedientos, exiliados, presos, etc., sostienen una relación íntima con Jesús, de tal suerte que el trato que les concedemos y el que le damos a Cristo no son cosas independientes. Esto, dicho sea de paso, hace eco a la xenia, la institución helénica que mencioné al comienzo, pues en al menos algunas de sus expresiones, el deber de hospitalidad se entiende a partir de la posibilidad de que los extranjeros resulten ser dioses disfrazados — y nunca conviene desatender las necesidades de un dios, por más miserable o insignificante que parezca.
El sueño, por supuesto, es un evento preñado de consecuencias para Martín. Lejos de sentirse exaltado por su generosidad, Martín reconoce en lo sucedido una muestra de la bondad de Dios, se bautiza y, aunque no abandona inmediatamente el ejército, se interna en el camino que terminaría convirtiéndolo en obispo de la ciudad de Tours y en uno de los santos más importantes y venerados de la Galia tardorromana.
En lo que me concierne, no poseo una formación cristiana particularmente sólida y soy, lo confieso, un hombre de poca fe. Así que lo que me mueve al compartir la historia del encuentro de Martín y el mendigo no es un deseo evangelizante, o siquiera uno edificante. La leyenda me parece llamativa porque encuentro en ella una tensión entre dos maneras distintas de concebir el valor de la compasión. Y creo que una buena manera de hacer visible esa tensión es preguntándonos: ¿por qué, a la luz de la leyenda, compartir la capa fue una buena acción?
Una respuesta natural, que no me parece hacer violencia al texto, es que la compasión es buena porque no sabemos, a ciencia cierta, qué influencia sobre nosotros pueden tener en el futuro las personas que hoy ignoramos. Al fin de cuentas, nada excluye que la ayuda de estas personas pueda resultar crucial a la hora de obtener un empleo o, como es el caso de Martín, a la hora del juicio final. En este sentido, atender a las necesidades del prójimo es bueno porque es prudente o conveniente: nos permite ahorrarnos penas en tiempos venideros o, si tenemos la suerte de Martín, granjearnos la estima de personas que pueden revelarse instrumentales en nuestra búsqueda de magnos bienes, como el de no perecer. Sugerir esta concepción de la caridad es, en mi opinión, uno de los efectos narrativos más naturales de la historia de Martín, así como una interpretación muy plausible de la función filosófica de la identificación tardía del mendigo con Cristo.
Sin embargo, algunos lectores sentirán, y creo que con buenas razones, que este tipo de justificación del valor de la compasión es demasiado cercano a una pedestre gestión de riesgos, a una lógica de contador (sin ánimo de ofender). Claro, si el mendigo es Jesús, es útil, conveniente, etc., congraciarse con él — mejor no ofender al mero mero. Pero esta lógica implica que el valor de ser misericordiosos debe variar en función de la identidad del objeto de misericordia. Si el mendigo fuera simplemente un mendigo, alguien que, para nuestros propósitos vitales, es irrelevante, ¿qué razón tendría Martín para ayudarlo? ¿Qué utilidad o conveniencia podría encontrar en ello? Es más, observemos que, si hacemos descansar el valor de la acción de Martín en esta clase de cálculos de interés, parece que no solamente destruiremos la admirabilidad de su acción, sino su naturaleza compasiva. Actuar por misericordia y actuar por conveniencia son cosas que juegan en órdenes morales muy, muy diferentes.
Así pues, existe, sospecho, una tensión, quizá una inconsistencia narrativa, entre la enseñanza moral que parece desprenderse de la leyenda de Sulpicio y el mecanismo que la propia leyenda emplea para vehicularla — en particular, los móviles que parecen animar a su protagonista. Pero esto no es realmente lo más interesante del relato de San Martín de Tours. Lo más interesante es que esta tensión nos obliga a examinar con cuidado la estructura misma de la misericordia. Y eso es algo que me propongo aclarar junto a ustedes en una próxima entrega. ¡Evohé!
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