Tricheur

En la entrega anterior de esta n-logía (que antecede a ésta por casi diez meses (!)) cerramos con la siguiente pregunta: ¿en qué sentido puede la justicia, al margen de cualquier otra cosa que propicie, ser un bien para una persona? Éste, dijimos, es el centro dulce del conundrum planteado en el relato de Giges, un personaje usado por Platón en La República para escenificar la posibilidad de la total impunidad.

En esencia, Giges es alguien que siempre se sale con la suya. Puede robar, violar, matar y cometer todo tipo de acciones detestables para obtener lo que desea, sin tener, nunca, que pagar los platos rotos. (Giges puede hacerse invisible a voluntad.) Alguien curioso podría preguntarse por los beneficios que le traería llevar una vida justa y honrada, en contraste con los que podría obtener llevando una vida como la de Giges. ¿Hay algún bien que Giges esté incapacitado para obtener simplemente en virtud de no ser justo? O, puesto de forma más abstracta: ¿existen bienes que la práctica de la injusticia hace necesariamente inaccesibles?

Todo el crédito para Platón por haber planteado de una manera tan prístina un problema que, en sus contornos generales, le precedía.

El súper-archi-recontra famoso argumento que Platón emplea para mostrar que sí existen bienes de este tipo es un razonamiento por analogía desarrollado a lo largo de los Libros II y IV de La República. En términos gruesos, en este tipo de argumentos se busca concluir que un objeto a posee una propiedad P a partir del hecho de que a y otro objeto b se parecen en ciertos aspectos relevantes, y de que b posee P. En un ejemplo:

1. María y Laura tienen una formación pianística muy similar.
2. Laura improvisa muy bien.
∴ María improvisa muy bien.

En este razonamiento, la propiedad proyectada (P) desde Laura (b) hacia María (a) es la de improvisar muy bien. Y el aspecto relevante que soporta la proyección es la formación pianística que comparten. Por supuesto, razonamientos analógicos como el anterior o el de Platón no garantizan que la conclusión que extraen sea verdadera. Después de todo, las premisas 1 y 2 podrían ser verdaderas y, si María sufre de artritis, la conclusión falsa. Esto los incluye dentro de la gran familia de los argumentos derrotables o no-deductivos. Pero no por ser derrotables, los razonamientos analógicos dejan de tener un gran poder persuasivo. De hecho, en muchas ocasiones esta clase de argumentos son medios idóneos para suscitar una nueva interpretación o perspectiva de un fenómeno que pensamos conocer muy bien. Y en este particular rubro, como veremos pronto, el argumento platónico detonado por el relato de Giges no deja absolutamente nada en el tintero.

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