¿Por qué la ciudad es un texto que nunca dejamos de escribir y nunca dejamos de leer?

En mi calle la gente no habla, la gente se mira y se pasa con miedo.

Silvio Rodríguez

La epidermis, el órgano más grande del cuerpo, se encarga de regular la temperatura corporal: actúa como barrera frente al entorno que la rodea e impide la pérdida de agua. Su color y grosor dependen de la parte del cuerpo a la que hagamos referencia. Por ejemplo, la piel en los pies es mucho más gruesa porque está perfectamente diseñada para que el individuo recorra amplias distancias sin sufrir la pérdida de consistencia y textura. La cabeza, por otra parte, está llena de pequeños folículos capilares que permiten apretones de cabello en medio de la angustia escritural. Dicho estrujón capilar, además de evidenciar el estrés creativo, relaja los músculos que rodean el cerebelo y busca incentivar el proceso creador.

Pero la piel no siempre es la misma, con los años se desarrollan rasgos particulares mas allá de su funcionalidad; hay territorios inexplorables en ella, hay “cuadras” donde algunas marcas emanan un recuerdo memorable o terrorífico. Y crece, se expande y transforma paulatinamente en la primera ciudad que reconocemos; la primera ciudad en la que nos aceptamos como individuos versátiles y, a la vez somos conscientes de que ella misma también muda, despliega su historia sobre nosotros tras los años.

El cuerpo, como asegura David Le Breton, es aquella cepa de identidad que le permite al hombre tener un rostro, existir desde el reconocimiento de lo que es y, al igual que la ciudad, se construye a partir de un saber singular sobre sus constituyentes; es decir, la manera en que vemos nuestro cuerpo/ciudad es precisamente lo que lo que le otorga sentido. Tal y como el cuerpo crece y se hace otro, la ciudad también es vulnerable a las concepciones que nacen o se desarrollan sobre ella. Resguarda su propia piel, tiene al igual que algunos extremos de la epidermis, características, huellas, heridas que la hacen desigual.

La ciudad, al igual que la piel, cambia también sus formas, texturas, colores. Ciudades que a veces son un cuerpo y se desangran; ciudades desoladas, ciudades que se enferman: cosechan en el epicentro de las calles un presente que nunca se hace perpetuo. La ciudad un día nos pertenece por completo y al otro simplemente se aleja de nuestra mirada. Dejamos de ser dueños de ella, dejamos de reconocerla gracias a su estructura cambiante. Entonces, se hace necesaria la reinterpretación: el cuerpo es el signo del individuo y la ciudad data ese simbolismo de rasgos que nacen de lo individual a lo colectivo a través de los años.

Al igual que el misterio del cuerpo se hace perceptible más allá de su naturaleza en el cosmos, en el significado de su piel, en el sentido que hay en sus entrañas para entender sus cambios, enfermedades y emociones, claramente perceptibles, la ciudad también posee una esencia que la hace auténtica e irrepetible. Goza de un sentido de vida que nos hace habitantes de ella y nos vuelve sujetos funcionales para su lectura y relectura.

La ciudad nunca es; siempre está siendo, siempre se escribe, nos proporciona de escenarios y sucesos para que la recreemos constantemente, nos invita a ser esa caricia que sirve como trazo para repintar el boceto de su cuerpo y después estar expectantes. Pues, al igual que la textura de la piel, la ciudad envejece, madura, toma otras formas que la hacen ser la obra misma.

Somos el público y el actor; hacemos parte de la escena teatral donde la obra existe gracias al unísono aplauso de quien atestigua su naturaleza, la ciudad o memoria, aquella metrópolis que se erige como constancia de nuestra existencia. Y así, el cuerpo se vuelve un rasgo inmutable de todo lo que des-habitamos.

Pavel Steven Salazar

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