El último pasillo

Publicado el laurgar

My name is Laurita. AfroLaurita.

Publicado originalmente en HojaBlanca.net

Hace unos días los medios anunciaron que la ley colombiana antirracismo ya ha sido “elevada al Presidente” para su aprobación. No puedo transcribirla acá completa, pero encontré que, entre otras, sancionará las conductas discriminatorias que tengan lugar en espacio público, establecimiento público o sitio abierto al público, así como también las que se lleven a cabo mediante la utilización de medios de comunicación de difusión masiva; la seguida por servidor público o persona en ejercicio de las funciones propias del cargo que ostenta; la que se dé a causa o con ocasión de la prestación de un servicio público; la que se dirija contra niño, niña, adolescente y/o persona de la tercera edad, y la que impida al agredido el uso, goce y disfrute de uno o todos sus derechos fundamentales.

Muy bonita la ley, aunque para qué. Con ella tan sólo garantizamos que no haya más discriminación en la fila del banco, o en un bar, pero no que los negros, por poner un ejemplo, dejen de morirse de hambre en el Chocó, uno de los departamentos más golpeados por la miseria.

Realmente no sé desde cuándo, no sé si porque es «El Año de la Afrodescendencia», o debido a la famosa ley, o si ya venía de mucho antes, pero sí sé que todos los medios de comunicación se sincronizaron para no llamar más «negros» a los negros, sino «afrodescendientes», un eufemismo que no sé qué diablos pretende, pero es tan vergonzoso o más que la misma discriminación. Cosas de la humanidad, que va por ahí como una serie de tv presentando un capítulo más absurdo que el otro, y así. Es mejor reír para no llorar.

Pero sea, respetemos la dichosa ley. Respetar las leyes es lo que corresponde, ¿no? Yo, por ejemplo, ya empecé a hacerlo. Partí pidiéndoles a mis amigos colombianos que no me llamen más ni «negra», ni «negrita». Me ofende profundamente eso porque, si bien ese es, más o menos, el color de mi piel (vaya y vea mi foto en la esquina superior derecha de su pantalla), la ley ya me protege de esa humillación que es que lo llamen a uno negro. ¡Horror! A mí, como mucho, permitiré que me llamen «AfroLaurita». Lástima que en Chile aún no se legislen estas cosas porque de hacerlo, emprendería altiro mi campaña acá.

Por respeto, ya sabemos además que de ahora en adelante a Leonor González Mina la debemos llamar «La Afrodescendiente Grande de Colombia». Hace pocos días, via Twitter, la periodista paisa Ana Cristina Restrepo me dijo que ella a su hijo lo llamaba «mi negro», que cuánto sería la multa a pagar por eso. Yo le digo ahora, Ana Cristina, que sea más consciente, que no se trata sólo de multas, la plata es lo de menos, lo que importa acá es que pueden suceder dos cosas graves: o traumatizará a su hijo, o bien él, por reflejo, puede repetir actos racistas y discriminatorios contra otros e ir llamándolos «negros» por ahí.

¡Ah! Cómo lamento que esta ley no hubiese existido hace 20 años, cuando recién me escolarizaron. Tenía seis tiernos años y en la ciudad había un prestigioso colegio de religiosas regentado por una monja más conocida como «La Madre Superiora», de cuyo nombre no me acuerdo, no porque no quiera, sino porque de verdad no me acuerdo, créanme. El caso es que era muy muy difícil entrar a ese colegio y La Madre Superiora, para variar, tenía bien ganada fama de racista, y corría la voz por la ciudad (bueno, pueblo con cara de ciudad) de que no admitía en su colegio a «niñas de color». Y los diarios y revistas de la época publicaron las muchas protestas que hicieron los padres de todas las «niñas de color» porque La Madre Superiora dizque sacaba excusas para no admitirlas.

Yo me salvé porque mi abuela era ex alumna del colegio y conocía a La Madre Superiora y entonces logró con mucha facilidad que me diera un cupo. Si hubiera existido esta ley salvadora en su momento, probablemente yo no sería la única «afrodescendiente» que aparece en las fotos de mi curso, es verdad. Nadie nunca me habría dicho «negra» sin pagar por ello su merecido castigo, y no lo habrían intentado siquiera, si lo pienso bien, porque mis compañeritas, retoños de unos padres amorosos que les daban buena educación en sus casas, habrían preferido decirme, por ejemplo, que intentara un baño de cloro para que quedara blanca, como Fulanita, que era blanquísima, y linda.

Sí, bueno, está ese minúsculo pormenor de que las leyes no educan… pero es eso: sólo un pormenor desdeñable.

Nos hacía falta esta ley, todo hay que decirlo. Me siento orgullosa de la gente que legisla en Colombia, porque el país no puede permitir que su población «afrodescendiente» sea tratada de «negra». Lo mejor es que nos digamos cosas políticamente correctas que pueden encubrir perfectamente que a la hora de los hechos somos todos unos verdaderos hijos de puta.

La ley antirracismo, aunque muchos no lo noten en la euforia del «todos somos iguales», no es más que la pirueta políticamente correcta de quienes la implementan. En Colombia, reza que no se discriminará a nadie por causa de su raza, religión, credo político, sexo o nacionalidad. Pero eso no es otra cosa que una trampa de discriminación mayor. Es decirle al musulmán, al negro, al indígena, al chino, por poner unos pocos ejemplos: «Vea, usted es musulmán, negro, indígena, chino en Colombia. Es otro. Es diferente. Es una rara avis. Y como es otro, es diferente, pues pobrecito, qué pesar, vamos a obligar a los demás, caucásicos esplendorosos en su mayoría, a que lo traten como si no fuera ese ser extraño, raro, distinto.»

Ya que en este país habituado por mera comodidad a la corrupción, la violencia y la injusticia, todo se soluciona con eufemismos, vueltas de tuerca y giros lingüísticos estrafalarios. Pero ¡bienvenida sea esta ley! Desde ahora me siento un poco mejor y más tranquila porque al menos en Colombia ya no tengo que tragarme la humillación de explicar que uno de mis oficios recurrentes es el de una triste, vulgar y corriente «negra literaria». No. Desde ahora soy, orgullosamente, una «afrodescendiente literaria». Así es que cuídense mucho los foristas de lo que me vayan a poner a partir de ahora en sus comentarios, porque ya saben… El que avisa, amigo es.

Y puesto que volvió a salir la literatura, algo que sucede casi siempre en este blog, me pregunto: si fuese colombiano y no haitiano ¿seguiría Dany Laferrière titulando hoy en día su novela Cómo hacer el amor con un negro sin fatigarse?

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