El último pasillo

Publicado el laurgar

En el siglo de Dorian Gray

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La culpa de este devaneo es de Casisocio, con quien tengo, o trato de tener en realidad, negocios que no nos llevarán a ninguna parte porque él es muy usurero, adorable, pero usurero, sin embargo esa es otra historia. Lo cierto es que Casisocio vive obsesionado con la eterna juventud y la muerte. Con la eterna juventud porque a sus cuarenta y tantos se siente viejo (entonces yo ya no sé qué es ser joven). Creo que ese lugar común que es «el peso de los años» se comienza a vivir a cierta edad, es verdad, pero creo también que Casisocio exagera. Luego, su obsesión con la muerte es un poco más provechosa porque al menos algún libro ha quedado con el tema de la muerte paseando por maravillosas líneas (recuerdo, por ejemplo, que por sus obsesiones leí “Las intermitencias de la muerte” de José Saramago, un libro inquietante en cuanto al tema: nadie muere y todos están condenados a una especie de vejez perpetua).

Hace poco tuve que hacer un viaje largo fuera de Santiago y para que me hiciera compañía me llevé (por equivocación) a don Oscar Wilde con “El retrato de Dorian Gray”, esa novelita maravillosa que a ustedes les debe ser muy familiar y que cuenta la historia del joven y hermosísimo Dorian Gray, del narcisismo que lo apresa cuando se ve reflejado en un retrato que desvela toda su hermosura y que a la vez le provoca un deseo irresistible de ser eternamente joven y conservar su belleza. Dorian desea entonces que sobre el cuadro recaigan todos las manifestaciones que deja a su paso el tiempo y el cuadro no sólo registra las arrugas y canas, sino que también es espejo fiel de sus gestos de maldad. Por supuesto, tiene un trágico final. No pude evitar relacionar la historia de esta novela y los excesos y hedonismo de su protagonista con Casisocio, aunque manteniendo las proporciones, claro está. Digamos que Casisocio sería algo así como un Dorian Gray adorable cuyo retrato no sufre las consecuencias del mal comportamiento del retratado.

Pero, dejando de lado las bromas con Casisocio, creo que sinceramente estamos en el siglo de Dorian Gray. Por eso este libro es un clásico, porque los clásicos son aquellas obras inmunes al paso del tiempo, no importa cuando fueron escritas, ni en qué contexto histórico, no tienen fecha de caducidad: son eternas. Decía que estamos en el siglo de Dorian Gray y no lo decía por chiste. Fíjense ustedes: ¿no es deseo de eterna juventud lo que llama a la puerta del consultorio del cirujano plástico? ¿No desean tantas mujeres (y hombres) que esas fotografías digitales de hace un par de años carguen solas todo el peso de arrugas, cinturas rollizas y canas, mientras ellos se mantienen apolíneos? Todos nos resistimos de alguna manera a las costras que deja el tiempo cuando pasa, sobre todo cuando pasa por nuestro cuerpo, y esa resistencia se ha transformado en algo tragicómico en lo que va de este siglo. Lo trágico – y yo lo he observado en Chile y Argentina, ya me dirán si en Colombia pasa también, es posible que sí – se manifiesta cuando algunas muchachas irrumpen de repente en la pantalla de la televisión, del computador o en las páginas de los diarios, portando enormes cicatrices, quemaduras, moretones y toda clase de deformaciones, producto de someterse a cirugías precarias con cirujanos inescrupulosos. No pocas han muerto.

Lo cómico se encuentra, principalmente, en los reinados de belleza. En estos días mi buen amigo Gustavo Faverón escribió algo al respecto en su delicioso blog, Puente Aéreo, puesto que las respuestas de las reinas pueden clasificarse, a estas alturas, como un “género” aparte y mencionó algunas de las más “notables”. Yo me pregunto, entonces, si uno de los precios amargos de perseguir a costa de sudor y sangre – literalmente – la eterna juventud y la belleza, no será el del atrevido ridículo que trasciende fronteras. Puede ser.

Hace varios meses me salió una cana. Mi mamá me lo hizo notar con un gritito. Hace un par de días me recogí el cabello en una moña y un amigo me hizo notar que tenía dos canas bien visibles. Ya van tres entonces. “Estás vieja”, me dijo, como si con eso me fuera yo a picar. No solo no me teñiría las canas, si es que continúan naciendo tan prematuramente, sino que las luciría feliz. No quiero con esto hacer una apología de la belleza natural, ni declarar la guerra al quirófano, el bótox o el gimnasio. Cada quien finalmente decide qué pócimas bebe (o padece) para lucir siempre joven y por lo demás es absurdo librar batallas perdidas de antemano: habrá que aceptar pues que el cincel de nuestros días sea el bisturí y el yeso la silicona. Y si no, el hambre, todo depende del objetivo que requiere moldear el cuerpo.

Simplemente me llama la atención que, después de tantos años de haberla leído por primera vez, esta obra de ficción que es “El retrato de Dorian Gray” se me convirtió en una metáfora de los narcisismos del siglo XXI. Otra cosa es que no deja de ser perturbador encontrar tantas correspondencias con la vanidad de nuestros días, en una historia que – aún escondiendo una poderosa crítica de su autor a la sociedad de su época – finalmente es fantástica y está escrita utilizando en buena medida (pero de forma estética) el recurso literario de la exageración, recurso que por lo demás está tan malogrado por estos días, pero que a Wilde le salía tan bien.

Hace años ya, en uno de los intercambios epistolares más bellos de mi vida, hablábamos con un excelentísimo escritor sobre nuestros respectivos abuelos y entonces yo le contaba que: «Yo me crié entre viejos, los vi soportar a todos sus enfermedades, los vi sonreír sin dientes, los vi enloquecer y los vi luchar batallas cruentas contra la soledad y los vi perder. Pero a esas edades, no pude verlos levantarse, sin embargo, muchos de ellos, antes de irse, me levantaron un par de veces y precisamente como libros, dejaron que me alimentara de su enseñanza.» Y transcribo este trocito de carta por una razón especial, una confesión en realidad: es que en el fondo me entristece un poco que las personas ya no quieran envejecer.

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