El Peatón

Publicado el Albeiro M. Guiral

El origen de todos los poemas

La vigencia de Hojas de hierba, en estos tiempos en que la humanidad parece asomarse al colapso, es más que evidente.

Walt Whitman fotografiado por Thomas Eakins.

En 1855 Walt Whitman tenía 39 años y acababa de publicar el libro por el que sería recordado por todas las generaciones siguientes, un libro lírico de aliento epopéyico que influenciaría a todo tipo de poetas posteriores, una celebración de la vida humana relacionada en intimidad con la Naturaleza. Un libro atemporal, como todos los grandes libros de poesía, indefinible. Cósmico y telúrico, místico y profano, Hojas de hierba, sin embargo, para los contemporáneos del poeta no iba a ser más que un libro obsceno escrito por un tipo en exceso arrogante. La sociedad neoyorquina de la época iba a rechazarlo por considerar que tenía en sus versos cierta apología a la homosexualidad, pero no iba a proferir ni una sola crítica a su estilo, a su estética, ni iba a enfocarse en dos aspectos que sí hacían de esta publicación una revolución en sí misma: por un lado, la ruptura con la tradición en el sentido en que usaba el verso libre de formas nunca antes vistas: ritmos desenfrenados como fogonazos de trenes nocturnos y metros largos como rieles que iban al infinito; y por otro lado, su marcada simpatía por la democracia, la abolición de la esclavitud en su país —que no iba a declararse sino hasta ocho años más tarde de la publicación del libro—, la paz con México y la aceptación de los migrantes. No. Como podemos ver, los contemporáneos del poeta se perpetuaron hasta hoy.

A pesar de esto, dos figuras de la filosofía del momento lo defendieron aunque se ganaran rencillas entre la gente. Ralph Waldo Emerson recomendaba la lectura de Hojas de hierba, con entusiasmo, entre sus conocidos y sin importarle el disgusto de estos, se atrevió a autorizar la publicación de una carta elogiosa suya en la segunda edición que salió en 1856. También, la fama que este poemario ganaba cada día, debido a su reputación, hizo que Henry David Thoreau, como un santo, abandonara su cabaña tranquila, donde tan bien se sentía, para ir a visitar al poeta en varias oportunidades y así entablar una comunicación entrañable.

En nuestra lengua, tal vez haya sido Jorge Luis Borges uno de los más reputados admiradores de esta obra. La traducción que le hizo en 1969 es impecable. En el apartado más célebre del libro —y con justa razón—, Canto de mí mismo, condensa muy bien la potencia del yo plural de Whitman, la unión del ser humano con la tierra y con todos los demás seres.

La vigencia de Hojas de hierba en estos tiempos es más que evidente. La humanidad parece asomarse al colapso irremediable. El abuso de su poder sobre la naturaleza, y el hecho mismo de que se vea como un agente externo de esta, la han puesto entre la espada y la pared. La gente de las ciudades tan solo tiene ahora la memoria o la imaginación para saberse parte del mundo, de las aguas de ríos y mares que siguen corriendo y bullendo, de los otros animales que no la necesitan para seguir viviendo.

Mientras la pandemia nos acecha y nos cerca, y mientras nos damos cuenta de si vamos a tener como especie una segunda oportunidad, acerquémonos a Hojas de hierba, en cualquiera de sus ediciones, y dejemos que venga a nuestro espíritu asolado por la incertidumbre, la voz del más bello poeta de West Hills: «Quédate conmigo este día y esta noche y serás dueño del origen de todos los poemas».

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