El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Elogio de los libreros

Un homenaje a las personas sin quienes no amaríamos tanto la vida.

Camilo Rico, librero de Hojas de Parra, Bogotá.

A la memoria de Alfonso García, librero, santo

Esta semana murió Alfonso García, mi librero de infancia, mi primer librero. Según él, había vivido la mayor parte de su vida en Bogotá, extrañando cada día las montañas y los cafés de su amada Santa Rosa, a donde regresó para fundar a inicios de milenio, con todos sus ahorros, la librería El búho lector. Allí íbamos los muchachos de entonces a escuchar sus relatos de la capital: «lo más frío de esa ciudad no es el clima», decía, refunfuñando. A escuchar sus recomendaciones de libros de literatura regional —nos enseñó a amar lo que somos—, a presenciar sus alegatos contra la godarria de la región, contra los políticos de turno e, inclusive, contra la religión: «no tengo las mejores referencias de Dios». Alfonso García me fio, como a muchos de mis amigos, los primeros libros que leí en la vida; me consiguió los primeros ejemplares de Borges, de Amílcar Osorio y de Plath que tendré siempre en la biblioteca. Sin él, sin su apuesta fallida por la librería que fundó y que, al parecer, no le satisfizo, muchas personas, como yo, no seríamos lo que somos, nuestra hoja de vida de lectores sería otra, o no sería.

Hoy, al evocarlo, me da la impresión de que los libreros de viejo, aparte de mecenas de lecturas, de amigos entrañables, de seres de luz que nos dejan un poco más pesimistas cuando parten, son también confidentes y sabios. Y magos, como en el caso de Juliana Arango Álvarez y Luis Alberto Arango, en la librería Palinuro, en Medellín. Quienquiera que les haya visitado buscando un ejemplar cualquiera podrá afirmar que algo en su vida cambió al escucharles, al revisar sus estantes prodigioso. En sus palabras la luz es mejor que en la vida, discurre por ella el encanto de los mejores tiempos que sólo saben vivir en los libros y en la amistad sincera que a su alrededor surge.

Pero también los libreros son dealers. Como Georg Trakl en su farmacia enardecida, nos venden el remedio para la ansiedad, disminuyen a su antojo, o aumentan, nuestra paranoia. Los lectores para ellos somos almas en pena, adictos irredentos al lenguaje, y saben conseguirnos, nadie sabe cómo ni dónde, la dosis exacta que podrá salvarnos, o perdernos. No podría llegar a este punto sin hablarles de Andrés Moz, conocido en San Salvador precisamente como El dealer de los libros. Va por esta ciudad maravillosa que cada día y a cada segundo de su historia está en todo su esplendor, con su cigarro encendido a cada instante, con sus gafas oscuras de salsero y su melena de romántico de primera generación, con una maleta llena de libros donde bien pudieran estar las obras completas de Roque o los diarios de Blaise Cendras en Panamá. Te consigue el ejemplar que quieras, aquel con que soñaste siempre, que te parecía de leyenda, y te lo lleva a la casa o te lo entrega en algún café insólito donde te espera como todo un capo di tuti capi de la literatura.

Este elogio es para todas las personas que, como si fueran taxidermistas, se dedican a este oficio milagroso. Por otro lado, sería injusto decir que sólo son imprescindibles las librerías de viejo. Nunca podré olvidar que fue Casa Tomada la primera librería que acogió mis libros de poemas cuando nadie daba un peso por mí. Este lugar cortazariano de libros nuevos en Bogotá es en realidad un punto de encuentro de la cultura, un café con libros donde son muy felices los caminantes.

Asimismo, nadie que visite o habite la ciudad de Silva y que ame la lectura podría quedarse sin conocer la librería Hojas de Parra. Sé que en este punto estoy hablando de la familia, de dos de mis más queridos cómplices de la vida, Santiago Sepúlveda y Camilo Rico, quienes hacen posible que esta librería exista a pesar de la pandemia, pero les aseguro que visitar este santuario es una experiencia única. Hojas de Parra es la casa de la literatura colombiana, es el lugar que acoge a las editoriales artesanales e independientes del país; además, realiza una curaduría muy rigurosa y especial de los libros que ofrece: rarezas, ediciones únicas, libros que se pensaba habían desaparecido. Y, como si fuera poco, Camilo, su librero, doy fe de ello, les atrapará tanto con su conversación erudita, con su palabra extasiada, con sus recomendaciones perspicaces, que no querrán salir de allí nunca.

Para quienes amamos los libros, la figura del librero o librera es imprescindible y vital. No podríamos vivir sin estas personas que nos dispensan el bálsamo de Fierabrás que anima nuestros perdidos espíritus. Amamos los libros, por consiguiente, amamos a quienes nos los procuran, a quienes nos esperan para conversar en sus rincones encantados cuando la locura del mundo termine. Amamos los libros, amamos la vida.

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