El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Del inconveniente de trabajar. Kafka y La Metamorfosis

¿Quién no se ha sentido alguna vez «transformado en un monstruoso bicho»?

Ilustración de Antonio Santos para La Metamorfosis de Nórdica Libros.

No es mucho lo que se pueda agregar a lo que han dicho sobre La Metamorfosis, sobre todo porque en sí misma ya es una obra que lo dijo todo. Sin embargo, ¿quién que haya disfrutado de un plácido domingo descansando o dedicándose a lo que verdaderamente amaría hacer todos los días de su vida, no se ha sentido el ser más miserable del mundo al recordar que debe madrugar a trabajar? Cuando suena la alarma el lunes y a la mente se viene la certeza de que deberá tomarse un bus que cruce toda la ciudad para llegar a una oficina o a una bodega, ¿quién no se ha sentido en ese preciso instante transformado en un monstruoso bicho?

Kafka es uno de los autores más estudiados y queridos del mundo; cada uno de sus libros, su vida y hasta su muerte son un paradigma para quienes se dedican a la literatura, para sus lectores en la mayoría de las lenguas hegemónicas, y La Metamorfosis es tal vez su libro más recordado, pero cada día se acentúa más en mí la impresión de que este es un autor que describe mejor las circunstancias, las pesadumbres y las frustraciones de quienes no lo leen, de quienes no lo leerán nunca. Por otro lado, siento que las personas que sí lo leen hacen parte más bien del grupúsculo horrible cuyo comportamiento él critica en sus libros: profesores de literatura —sobre todo aquellos que miden su prestigio a partir de sus puntos de investigación en el currículo, y no de una obra consolidada—, escritores de oficio —los que gestionan firma de libros en los colegios, por ejemplo, los que han escrito cien veces el mismo libro asqueroso—, cualquiera que sea un jefe de otro o que tenga cierto tipo de autoridad sobre otra persona, aún en el mundo de las letras, burócratas de la cultura, burócratas al fin y al cabo.

Gregor Samsa padece del inconveniente de tener que trabajar a costa de sus propósitos reales, pero toda la familia depende de su sueldo, no por las circunstancias sino por mera ineptitud. Se siente responsable de su hermana, que bien podría valerse por sí misma. Razones que lo llevan, desde el mismo día de su transformación, a pesar de que reconoce que los empleadores vigilan que los empleados produzcan y no se salten los procesos que sólo a ellos les sirven, a mostrarse incapaz de desobedecer, de ir en contra de las figuras de autoridad. No asume su verdadero problema, el de ser un bicho ahora, con toda la metáfora que esto acarrea, y prefiere buscar la manera de seguir produciendo con el fin de tener a gusto a su familia, y al apoderado, su jefe inmediato, quien va hasta su casa, a la mayor brevedad, a reclamar a Gregor Samsa de vuelta en el trabajo con tal de no frenar la producción, acentuando de ese modo que a lo mejor el verdadero conflicto de la novela no es el del hombre metamorfoseado, sino el hecho de tener un trabajo, de tener que conservarlo a como dé lugar, de tener que rendir cuentas, en fin, el personaje se ha contagiado de un mal europeo muy viejo: el capitalismo, que viene con la cara de la modernidad.

Y si sentimos que las palabras de Kafka entonces nos son muy familiares, se debe al hecho de que lo que somos hoy nació en su época, de que en su tiempo se empezó a gestar, con tanta fuerza como en la colonia, la pérdida de nuestra libertad individual.

Sigue a @amguiral en Twitter.
Suscríbete al canal en Telegram de este blog: t.me/elpeaton

 

Referencia:

Kafka, F. La Metamorfosis. Nórdica Libros, Madrid: 2015. Trad. Isabel Hernández. Ilustraciones: Antonio Santos.

 

Comentarios